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Una tarde hablando de infidelidad, de instinto y de pareja (“Seguiré viviendo” 43a. entrega)

En la segunda de mis tres hospitalizaciones por el cáncer, Irma se convirtió en mi enfermera predilecta. Su gracia, su figura menuda y proporcionada, y su juventud me devolvían a mis sueños juveniles.

Un día su ensimismamiento me puso al tanto de sus aflicciones amorosas. Su ánimo alegre y expresivo repentinamente estuvo ausente. Cuando le pregunté el motivo sus lágrimas se desgranaron y su mutismo se hizo trizas; estaba ávida de contar su desengaño. Con tanta fluidez y detalle me relató su noviazgo, que me llegué a sentir partícipe de su romance; y en cualquier calle que me hubiera cruzado con Carlos o  Lucero, al momento los habría reconocido.

Días después me contó que le habían llamado la atención por haberse perdido del servicio esa mañana; pero el par de horas en que me contó su desventura, dijo, lo valía con creces; había sido una verdadera catarsis que le había hecho más llevadera su tragedia. De nuevo la consolé con ternura, y como un experto la conduje por las venturas y adversidades del amor. Comencé por leerle un texto que había escrito pensando en los neófitos:

«Amar con tranquilidad requiere conocer el sentimiento, disfrutar su dulzura y aceptar sus riesgos. Disfrutar no demanda instrucción mayor; no sufrir exige conocimiento y tolerancia. Quien ama se bate entre el gozo celestial y el averno abismal, entre la dicha sublime y la tristeza más profunda. El amante que desconoce el poder maléfico de los celos, que ignora el peligro siempre latente de la infidelidad, y no concibe el hastío y la extinción del amor, está expuesto a padecer sus desventuras. Para amar hay que conocer la realidad del amor, tomar ciertas precauciones y vivir intensamente».

Pero Irma buscaba más el diálogo y la relación personal que una lectura que resultaba fría. Confundida por su desengaño urdía contra el amor. Decía que lo iba a esquivar siempre, que acabaría con el hombre que la había engañado.

–Irma, hay promesas que jamás se cumplen. Nunca y siempre, las palabras predilectas del amor, habitualmente son mentira, aunque se digan con sinceridad. Nunca se ama para siempre, y nunca deja el amor de seducirnos. Las dichas del amor se pagan con espinas, mas no por ello hay que dejar de disfrutarlas. No porque la muerte aceche dejamos de vivir. Cuando toca, ahí me ves, aprendemos a convivir con ella. El amor es breve, más por lo menos que la vida. La pasión se agota, imperceptiblemente se evapora. Cuando te das cuenta no es más que una costumbre. Esa es la forma menos penosa de extinguirse. Pero también puede truncarse abruptamente, por la infidelidad o por la muerte.

–Pues muerto lo hubiera preferido, al menos me quedaría un mejor recuerdo.

–No puedes convertir en odio cada amor que se termine.

–No puedo sentir de otra manera.

–Debo advertirte que más hiere el odio a quien lo siente que a quien es el objeto de su embate. Un arma mejor es el olvido.

–Si pudiera olvidar no me vería sufriendo. No puedo sacar a Carlos de mi corazón ni de mi mente. No puedo imaginarlo al lado de Lucero.

–Sólo cuando te apacigües entenderás que el daño que el amor nos causa también es culpa nuestra.

Y me atreví a decirle que tenemos una naturaleza egoísta que no tolera la infidelidad. Le afirme, temiendo ser recriminado, que ese egoísmo nos insta a destruir al ser amado que no se nos somete y que el propósito del infiel no es causar daño. También que el infiel se debate entre aflicciones y dilemas por culpa de su instinto; que sufre, pero a diferencia de su víctima, no hay quien lo consuele, porque nadie siente compasión por el verdugo.

–Esa es su visión masculina –me dijo con tono de reproche.

–Indefectiblemente. Pero al igual que tú he vivido los mismos desengaños. La atracción entre hombres y mujeres parece proporcional a nuestras diferencias. Sentimos y actuamos de forma diferente y no es pretendiendo cambiarnos  como logramos vivir en armonía. El enamoramiento nos cambia sin esfuerzo pero en forma tan fugaz, que termina por ser una ilusión que poco cuenta. Es comprendiendo y tolerando que le prolongamos al amor sus días. Ustedes sueñan con un prototipo masculino que no existe, y pese a la realidad que las golpea siguen cultivando la idea del hombre fiel, hogareño y detallista. Otra sería la suerte si la mujer se formara sabiendo lo que puede esperar de su pareja. Manzanero, el eterno compositor romántico, afirmó a pesar de lo que dicen sus canciones, que las mujeres encuentran en un solo hombre las virtudes que un hombre en una sola mujer no encuentra. Lo mismo que te estoy diciendo. No por atraernos vivimos afinados.

Irene asentía, pienso que más por respeto que por convencimiento, de pronto por un acto inconsciente, tal vez porque le hablaba con cariño.

–Habíamos hecho tantos planes juntos, ¿dónde quedan sus promesas?

–Los enamorados no mienten aunque sus juramentos sean irrealizables. Viven convencidos de sus promesas desmedidas. Su lenguaje está llenó de afirmaciones superlativas e infinitas, dichas de buena fe y con una ingenuidad de la que la realidad se burla.

Me acongojaba su dolor como si fuera propio, siempre había sucumbido a las lágrimas y a la tristeza femenina, hubiese querido acariciarla, pero mi cuerpo escuálido sentía vergüenza de aproximarse a su belleza. La suerte de mi impulso quedó sellada con la llegada de la jefe de enfermeras: de nuevo un llamado de atención.

Durante algunos días dejé de verla. Cuando volvió su pena era cosa del pasado.

–Señor Robayo, le hice caso y sacrifiqué mi orgullo. Dejé que mis sentimientos me llevaran. Como dice usted, somos contradictorias. Me moría por verlo pero me resistía con tal de castigarlo.

–Y fuiste tú quien más padeció con la venganza.

–De pronto sí –dijo enviándome un beso con la mano–. No deseo más llamados de atención.

Y se alejó del cuarto.

Continuará…

La caja gris de las amantes (“Seguiré viviendo” 45a. entrega)

Luis María Murillo Sarmiento

Seguiré viviendo“Seguiré viviendo”, con trazas de ensayo, es una novela de trescientas cuartillas sobre un moribundo que enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a todo lo visto y lo vivido.

Por su extensión será publicada por entregas con una periodicidad semanal.

http://luismmurillo.blogspot.com/ (Página de críticas y comentarios)

http://luismariamurillosarmiento.blogspot.com/ (Página literaria)

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