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Ahí van los tontos que regalaron sus sueños
sus ilusiones, sus dientes;
como si no les fuese posible vivir el próximo día.
Pendientes de los instaurados perfectos,
que a su autoridad les dicen poco del mundo…
Pero mucho de su lugar
de sus límites, de las malditas inconveniencias
en que -a todo- les hacen culpables.
Se arrastran sobre viejas esperanzas -
de alcances cortos
a los reales posibles- ya viciados de reiteraciones.

Mendigantes de oídos, al bravo que les convoca
y grita al dolor de su garganta los varoniles reclamos
por lo que le hieren temerosos los ruines servidores
ante la inmovilidad patética
de los al cuido confundidos.
Tontos que no se hacen a su mayoría
aspirando a caracoles que les abriguen en los miedos
que a la quietud les solape ante la gula de los buitres
sabedores de la cautela a sus garras -que exhiben
siempre amenazantes- y la nulidad
de los cobardes que archivan opiniones. Ausentes
de las sanguíneas explosiones a la razón que libera
que eleva sobre las calamidades al hombre.
Han quemado las memorias tempranas
regalando la justicia a los rufianes-
hasta agotarse los posibles sostenes-
en el desgano pueril que les vence los deseos
en que alguna vez se hicieron a la tarea
de cabalgar a la luz sobre los filos ciertos.
Se desnudan -resignados- antes los lobos
que disfrutan al estudio, ostentoso, de fatales dentelladas
a la mayor mortalidad que les crece las ganancias
posibilitadas por los desmemoriados -ya amarillos
de tanto ignorarse-. Que no mencionan
oposiciones a disputarse.
y se obvian las tremendas disimilitudes
se alejan de los enconos
riendo los improperios.
La vista al suelo para el seguro paso
en la meta de sobrevivir a su tiempo
-pobre filosofía que abrazan-.
Duelen en su fatalismo
en su hozar los derechos, en sus meretrices súplicas
que les despoja de merecimientos
les regala a los traga mundos
que a su favor les usan, les insignifican.
Vestidos de sombras niegan las hombreadas soluciones
y ahogados en el mar de sus pequeños imposibles
se conforman a la muerte.
Se regalan a lo oscuro desperdiciados de oficio
sin aspirar a elevarse de la tierra que les tiene
al ocio de maltratarles. Y van cerdos voluntarios
callados al matadero. Conformes en su silencio
aceptan ser condenados al olvido que les porra
en aras de guardarse la sangre en que se desmayana
los giros del mundo,
que de sus ganas les marea
sin la menor lucha.
Esperando el retorno del Mesías
-y dicen que su venida será a los quietos la gloria-.
Pobres los que mal se vencen confiados en el paraíso
que les prometen los dados a la buena mesa. Mas ellos
se obligan en mucho repetírselo -para a bien creerlo-.
Les siguen a paso de rumba -alborotosos-los pícaros
que les bailan la comparsa de la vida que no hacen.
Achicados -idos de los valores de la certeza-
se dejan usar sin empeños para sus propios usos
redoblando, a la orden, los tambores que les obligan
para el ajeno gozo en que los vividores del prójimo bailen
encarnados en los que saben temerosos de los días ríspidos.
Y cazadores agazapados a los discrepantes
que cierran los puños
a las rugosidades, sin detenimiento al dolor
que les sangra los nudillos.
(Falsos chillan y acusan de diabólicas -demenciales-
filosofías antinaturales –
porque por algo han de existir
pobres y ricos, dueños y parias; tal dios lo ha querido
-inculcadas por anticristos que sueñan la anarquía de la igualdad
donde la fortuna sea: del hombre sus propias luces
y el trabajo: la dignidad que enorgullezca al amor
por la virtudes en que se empobrezca el oro lustral
que hace las malditas disensiones que encumbran al poder.
Van con el pecho a toda rabia golpeando por las luces
con la voz alta en las sinceras gargantas; que no cuidan
ante las amenazas de los guarecidos al temor sutil
que aspiran en sus armas -mal sostenidas- detenerles
(hijos desnaturalizados, malditos remunerados...).
Vienen en avalanchas de argumentos que ya desbordan
de los impuestos cauces, pequeños para ese gran río
que hace crecer la historia que llueve sobre los lamentos
hidratando secas sangres que han revivido los siglos
en que se vertieron fáciles sobre sudada arcilla
dúctiles a las manos que a bien sepan ganarse el mundo.
Se nos hace, por encima del suplicio, la esperanza
al renacer de los que van de pecho contra los límites
que imponen a su bienestar los encumbrados impíos
en regaladas facultades -que a su gusto se otorgan-.
Gracias a los merecidos tenemos un horizonte
en que enrumbar los deseos abiertos a los posibles
y dice el indio de sus antepasadas glorias.
Y ya coinciden intereses y se regresa al patriarcal idioma
en que todo se hace nuestro y nos reconoce.
Vestidos de razones -armados con las ideas que subliman
-apartan las nubes con sus manos inmensas de hacerse
y ofrendan por señalar el sol que a bien nos regalan.
Lástima que el pavor a lo nuevo encandile a muchos
y les haga pírricos desagradecidos, que al cuido
de sus pequeñeces se hacen caracoles.
Esperándola individual suerte de las posibilidades reas
que les dicen los privilegiados de las elocuencias
los pillos que viven de cegarnos.
De a su bien negarnos
un pedacito de cielo.

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