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LA FRAGUA Y EL CINCEL

Los ojos se buscan, se encuentran, se inquieren, se profundizan,

se apropian, se pierden...

Y la distancia de a poco se acobarda

cediendo al imperio de una llama apenas perceptible segundos atrás.

Y ya no ven, ya se entornan y se absorben cuando la proximidad

impone una pausa al espacio cada vez más difuso

hasta que el roce de su respiración en la mía deja de ser un escollo

para ese breve, preciso, anhelado primer beso.

El primero de dos... tres...cada uno menos efímero que el anterior...

cinco...hasta perder la cuenta… hasta encontrar y descubrir la creciente audacia

que se intuye mientras mis dedos se deslizan y enredan suavemente en su pelo.

Una nueva fragilidad desplaza la conciencia y acelera el pulso,

sin recordar si balbuceamos algún susurro imperceptible

antes de sellar los labios como un mágico marco,

donde su lengua se pierde y la mía la invade.

Imposible descifrar en que momento y a tientas

la epidermis bajo su falda descubre mis manos...y se estremece

como se estremecen nuestros contornos

mientras mi cintura comienza a ceder su propiedad

y su cadera de a poco deja de pertenecerle…

y anuncia que todo es nuestro...que todo es uno.

La razón se desdibuja...y la habitación se desvanece

al percibir su vientre imantado al mío sin comprender cuándo y cómo

las prendas comenzaron a desaparecer... si es que alguna vez nos vistieron…

y su delicado busto me incendia derrumbando mis restos de cordura

junto a su sostén.

Las caricias encienden aún más la ternura,

la humedad cada vez más sedienta,

y la naciente turgencia se apodera del instante

en que los torneados muslos que franquean su espera se rinden,

como una fragua que sucumbe al cincel cautivo

que no deja de esculpir el ardiente interior de su escultura.

Sin permiso y sin censura...y cada vez más uno y mas nuestros…

el tiempo enmudece y el suspiro ahogado se agiganta

hasta atronar el sublime aliento postrero...contenido...liberado…

Y el éxtasis nos alcanza mientras cada trazo de piel se resiste a difuminar los límites

y sólo ansía perpetuar la magia primitiva del sudor ungido... que invade y que invita,

que provoca y aguarda...el próximo breve, inocente,

eternamente dulce primer beso,

que proponga y desate una vez más el caos imprescindible

de la pasión que vuelva a cincelar su fragua urgente…

sin censura...y sin más permiso que aquel tal vez imperceptible susurro.

 

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