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Devastado me encuentro ante el cadáver de mi padre,
expuesto sobre el frío mesón de la morgue;
frío, sudoroso, su cuerpo,
lo veo  cubierto con una sábana blanca que,
más que de los despojos que allí residen,
me protege del pavor de la parca oscuridad,
para así no ver el último gesto de vida,
el primero de muerte,
que exudo mi padre
al final de su agonía.

Un profundo e incontrolable espasmo
se apodera  de mi pecho
y emito un quejido
que sacude las paredes blancas de este sitio que,
más que un hospital,
parece una pesadilla de la cual no sé cómo despertarme.

El dolor me invade, me permea,
se hace indivisible en todas y cada una de mis células;
las lágrimas brotan a borbotones
y gimo ante la realidad de ver al hombre que fue mi padre.

No tengo palabras,
y sólo el consuelo de mi madre
me estimula a balbucear una palabra: ¡PAPÁ!

El tiempo ha pasado,
la verdad de la pérdida se impone
y una frase me atormenta a cada instante:
¡YA NO TENGO PAPA!;
y a pesar de que la lógica del duelo
se hace inamovible,
siete meses después de su partida,
aún musito aquella palabra que el dolor entonces
no me permitió gritar: PAPÁ.

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