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Las caucheras, resorteras o inapropiadamente llamadas hondas, eran un arma que usábamos los niños del pasado para causar daños. Por lo general estaba compuesta por una horqueta en forma de Y de madera o de hueso; dos tiras de caucho de unos 40 centímetros y una badana donde se colocaba la piedra o la bola de cristal (esta última era de niños ricos por el costo, después se hizo popular en las confrontaciones con la Policía porque podía quebrar los escudos.

Los niños provincianos en general teníamos arsenal de caucheras que escondíamos es diferentes lugares de las casas o en escondites secretos en el campo. Esta precaución porque cada vez que había daños considerables como vidrios rotos, tejas quebradas o cabezas descalabradas, todos los padres hacían una redada buscando estas armas y las quemaban en la estufa. Si, en la estufa; es que es esa época todas las casas tenían estufas de carbón y allí se incineraban nuestras amadas caucheras.

Una de las competencias normales era el tiro al blanco, por lo general utilizábamos las latas de los comestibles como sardinas y atún, no muy comunes en esos tiempos, además las mamás y las abuelas las usaban para sembrar maticas; bueno, a veces esas maticas eran el blanco y muchas muendas de rejo se debieron a esa práctica. También recogíamos frascos y botellas y los llevábamos lejos por aquello del reguero de vidrios.

Como en la vida todo cansa decidimos buscar nuevos pasatiempos y salíamos a recorrer los campos de la sabana de Bogotá a matar pajaritos. Recuerdo a mi amigo Manuel G. el campeón indiscutible de la cauchera asesina, en una jornada podía matar 30 o más copetones y chisgas (avecitas extinguidas, creo que nosotros colaboramos en ese crimen), pero de nuevo nos aburrimos y decidimos jugar vaqueros e indios (imitando las películas de la época), pero, en lugar de actuar como los demás niños con armas de juguete, nosotros nos enfrentábamos a física piedra y ni modo que el herido alegara que no me dio (como sucedía con las pistolas de juguete), ahí comenzó la decadencia de nuestras amadas caucheras. Muchos descalabrados y cicatrices por todas partes. Olvidaba decir que nos enfrentábamos a muerte con los vecinos de otro barrio que traían refuerzos de personas mayores, pero los maestros en el arte de la cauchera éramos nosotros y los sacábamos corriendo.

Por supuesto, llegaron las demandas y la policía citó a nuestros progenitores. Con caución de por medio y palizas en cada casa, con cremación de caucheras, el placer de la cacería y las batallas a piedra se fue perdiendo. Además, llegando a la pubertad dejamos de lado la piedra y nos aficionamos al fútbol, por derecha las niñas empezaron a ir a nuestros partidos y una cosa va y otra viene el amor acabó definitivamente con la alegría de las caucheras. Nuestros hermanos menores no disfrutaron de este deporte porque todas las armas habían desaparecido en la hoguera de la Inquisición.

Edgar Tarazona Angel

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