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Anterior: Sí creo en brujas V: La visita nocturna

Después de la visita nocturna, la rutina diaria pareció salir de su curso habitual en la casa. Sucedían cosas raras cuando no debían pasar. El lado oscuro de la ley de Murphy parecía descender sobre nuestro hogar y permanecer en él impidiendo progresar. Cualquier cosa que iniciaba, terminaba mal. El ambiente de oscuridad era innegable, por lo que terminamos haciendo la única cosa que parecía lógica en ese momento: buscar ayuda.

La ayuda llegó mediante la invitación de una amiga a ir a una liturgia en la iglesia ortodoxa griega de Bogotá. Nosotros nunca habíamos ido a la iglesia, aunque todos (menos mi hermano) fuimos bautizados, pero la situación ya estaba tan desesperada que requería de medidas igual de desesperadas: buscar la ayuda en el templo de Dios.

Fue una experiencia maravillosa que nos permitió asirnos a una realidad que explicaba y daba fuerzas para sobrellevar el momento por el que estábamos pasando. A partir de esa liturgia una vela comenzó a arder en un improvisado altar en nuestra sala, debajo de tres íconos: uno de Jesús (traído de Rusia), el segundo de María y el tercero de Miguel Arcángel. Los últimos dos fueron pintados por otra amiga rusa, quien nos los regaló en alguna ocasión.

Tener esa vela prendida nos daba fuerza y esperanza. Las cosas no cambiaron de la noche a la mañana, pero comenzaron a mejorar un poco. Y después de ese domingo y durante un par de años más, iríamos casi todos los domingos a la liturgia.

Por lo pronto, comenzamos a ser más conscientes de la vida espiritual y, siguiendo la sugerencia del padre, comenzamos a prepararnos para el sacramento de la confesión. Ese proceso duró algún tiempo, ya que la terquedad de nuestras propias mentes (o eso quiero pensar), nos ponía obstáculos de por medio. Sin darnos cuenta, salíamos con excusas tipo: “Este domingo no, mejor el otro”: “no me siento bien para hacerlo, lo dejaré para después”; “Me da como pereza hoy”; “Tenemos cosas que hacer, mejor salir rápido de la iglesia”.

Y fue entonces cuando la vela, que ardía mientras alguien estuviese en la casa, comenzó a comportarse de forma extraña. La llama botaba humo negro, pero eso no era lo que más nos preocupó. Fue la forma en que la vela se derretía. No importa si la vela se cambiaba por una nueva. Toda vela que uno encendía, terminaba por derretirse dejando paredes en forma de rejas, algo impresionante y que, a la fecha, nadie ha podido explicar, quedando así:

Después de que esto sucedió con cuanta vela encendíamos, en el transcurso de más o menos dos meses, ya no pudimos hacer ojos cerrados a la realidad. Algo muy raro estaba sucediendo. Así que fuimos a la iglesia a hablar con el padre y contar todo lo que estaba pasando y nuestras “aventuras” con los brujos, desde que el wayuu apareció en la casa. El padre nos escuchó y preguntó si había libros sobre el ocultismo, a lo cual la respuesta fue un obvio sí. Él pidió que los trajéramos para él realizar un ritual (ni idea cual). Le hicimos caso y el siguiente domingo trajimos todos los libros que teníamos. También nos pidió deshacernos de todo lo que estaba relacionado con brujería y ocultismo; a lo que hicimos caso de buen grado. Quemar todo eso en la chimenea, no lo niego, me generó una sensación de bienestar.

Unos días después, las velas dejaron de formar paredes enrejadas. No sabría decir si fue por el ritual del padre o no, pero lo cierto es que después de más de dos meses de rejas en decenas de cirios diferentes, la vela comenzó a derretirse en forma normal sólo después de que entregamos esos libros al padre.

Algunos días después nos confesamos.

A diferencia de la iglesia católica, en la ortodoxa la confesión se hace al frente de todos. No, uno no tiene que gritar los pecados a los cuatro vientos. Uno se arrodilla al frente del padre, quien está delante del altar, frente a los asistentes; lo cubre a uno con un manto y pregunta por los pecados. No sé qué clase de “magia” rodea el sacramento, pero la audiencia no oye absolutamente nada de lo que dice el que se confiesa. Pero el padre, sí.

Personalmente fue la experiencia más maravillosa que he tenido. Cuando comencé a decir mis pecados, mi cuerpo comenzó a temblar. Miedo o ansiedad, dirían algunos, pero para mí fue algo liberador; imposible de transmitir con palabras. Lo único que puedo decir: que sentí que me crecían alas invisibles y durante unos cuantos días me sentí ingrávido, libre de todo peso y culpa; sentía que todo me era posible y, lo más importante, me sentía feliz.

Más tarde mi hermano sería bautizado en esa iglesia y después se casaría en ella, pero eso es otra historia.

Después de la quema de los libros y cosas relacionadas con el ocultismo y la confesión, las cosas comenzaron a mejorar en la casa y en el trabajo. El proceso fue paulatino, pero era evidente. La presión de la oscuridad que se sentía en la casa después de la visita de ese ser, desapareció. La energía negativa fue reemplazada por positiva y pequeños milagros comenzaron a suceder en el hogar; a veces pedidos y a veces no – pero de seguro eran milagros.

Algunos meses después, la vela comenzó de nuevo a abrirse de forma poco natural: en forma de una flor de lis. Tomamos eso como señal de paz y equilibrio. Y hasta el día de hoy, una vela siempre está ardiendo bajo los mismos tres íconos en la sala de la casa.

Octubre 3 de 2023

 

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