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Todos los días, al salir del trabajo, pasaba por aquella plaza e invariablemente, él estaba ahí. Sentado al borde de la fuente con su carita triste y la mirada perdida. Era un muchacho joven, con rasgos de niño, sus ropas eran incoloras de tan viejas, la carita pálida, de las mangas de la playera agujereada asomaban dos brazos flacos que le colgaban a los costados, los hombros caídos, la tristeza abatiendo su cuerpo.

Su presencia diaria en ese lugar ejercía en mi cierta curiosidad mezclada con fascinación. Un día me decidí y comencé a investigar su procedencia. Después de interrogar largamente a los vendedores de la plaza supe que el chico era el único hijo de una mujer que aparentemente trabajaba en el edificio de enfrente como afanadora. El muchacho padecía algún trastorno que le ocasionaba cierto retraso mental, la madre no tenía más familia en el mundo que él y mucho menos dinero para pagarle a alguien que se hiciera cargo mientras ella trabajaba. Por lo tanto, lo dejaba en el parque hasta terminar la jornada, de cuando en cuando, salía para llevarle algún pan o fruta que conseguía tal vez regaladas o quizás echando mano de los restos del desayuno o la comida que los oficinistas echaban a la basura.

Me quedé sentada en una banca cercana a la fuente para observarlo fijar la mirada en las palomas que caminaban cerca de él. Una discreta mueca, tal vez el intento de una sonrisa se dibujó en sus labios. Luego, una mujer flaca con el rostro surcado de arrugas, la espalda encorvada a fuerza de llevar tanto peso encima, se acercó a él y con un ademán seco le ordenó que la siguiera. El chico se puso de pie y comenzó a andar detrás de ella con pasos torpes y la cabeza baja.

Esa noche no pude dormir. Me atormentaba la existencia del chaval tan carente de amor, porque la pobreza puede sobrellevarse, pero la soledad...esa sí que era insoportable. ¿Sabría él lo que era un abrazo?

A la mañana siguiente llamé a mi jefe y le pedí permiso para llegar tarde. Salí de casa a la hora acostumbrada y me planté en la plaza. Ahí estaba, sentado en el brocal de la fuente como siempre. Me paré unos metros cerca de él y me colgué al cuello el letrero de colores brillantes que hice durante la madrugada, y por si acaso no sabía leer, con la voz más potente que pude anuncié:

-Acérquense. Se regalan abrazos. Se regalan abrazos.

Al principio, los que pasaban me miraban con curiosidad y hasta burla. Pero fue el único recurso que se me ocurrió para ofrecerle un abrazo sin que se sintiera mal. De pronto se acercó sonriendo una mujer gorda y con una gran sonrisa me abrazó fuertemente, al poco rato, un señor barbado, luego un niño, una anciana, un grupo de estudiantes...Yo estaba fascinada. Nunca imaginé la cantidad tan grande de gente que vive el día a día necesitando un abrazo. Experimente toda clase de sensaciones: algunos lo hacían en broma, otros con efusividad, con cariño, con tristeza...

Se acercaba la hora en que debía retirarme. Con resignación, me quité el letrero que había quedado bastante magullado y al levantar la vista lo descubrí frente a mi, evadiendo mi mirada, torciendo con sus manos el gastado suéter para canalizar la vergüenza.

Sin preámbulos abrí mis brazos y él entró como un cachorro sin hogar, recargando su cabeza en mi hombro, dejándose mimar. Le acaricié el cabello, pasé mis manos por su espalda, deseaba transmitirle mi solidaridad con él, el amor y la ternura que me inspiraba. De pronto, sus manos estaban también recorriendo mi espalda de arriba a abajo. Cuando nos separamos, ambos llorábamos. Lo miré a los ojos y le dije con todo mi corazón: Te quiero mucho.

A partir de ese día, cuando llega la hora de comer, salgo a toda prisa hacia la plaza, ahí me espera mi muchacho. Le llevo comida hecha en casa por mi misma. Lo veo correr tras las palomas con los brazos extendidos mientras ríe a carcajadas y con mi alma llena de contento pienso ¡Cuánto puede cambiar la vida de cualquier ser humano gracias a un abrazo fraterno!

Elena Ortiz Muñiz

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