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Identificarse

A veces te toca estar presente en el inicio del ciclo y también en el final, sin ser el protagonista, solo alguien que es utilizado por el destino para formar los caminos extraños con los que éste forma los laberintos de la vida.
Y en esta historia me tocó ser inicio y ser final, ser sonrisa y ser lágrima y ternura y amor y lágrima y sonrisa finalmente.
Yo no viví la historia, pero la se.
Y tal como la conozco se las dejo a ustedes.
Sabrán sacar sus propias conclusiones.

Aquel verano de mediados de los ochentas fue el mas hermoso y triste de toda la temporada, allí en el pueblo, José y yo esperábamos el bus de las cuatro de la tarde junto a todos los paquetes y cajones que contenían las pertenencias de la familia de José. Amontonados en el rincón de la casucha que servía de parada para el destartalado bus que pasaba a esa hora, estaban todos los bultos casi milagrosamente equilibrados y nadie podía imaginar la cantidad de objetos que cada paquete, cajón y atado tenía dentro. Cuando ayudé a José a meter todo aquello dentro de los dichosos paquetes temía que en cualquier momento fuesen a reventar de lo llenos que estaban, sin embargo no pasó nada y ahora estaba todo apilado bajo el cobertizo a un lado nuestro.
José miraba el camino con aire perdido, yo no atinaba a decirle nada, también me sentía triste, José era el único hermano que la vida me había concedido.
Yo, huérfano desde muy pequeño, vivía en casa de mis padrinos ya muy ancianos a quienes ya nadie visitaba desde mucho antes de llegar yo a esa casa.
José estaba triste, pero mucho mas que por mí lo estaba por la pequeña Angélica, la vecina hija del dentista que vivía detrás de su casa.
Trece años y era toda una belleza, José se enamoró de ella por cómo lo despertaba cantando todas las mañanas, mientras regaba el jardín de su casa siempre muy temprano.
Desde que Angélica llegó todo fue diferente, ya éramos tres, pero la niña a mi no me movía un pelo, con mis 18 años encima ella solo era una niña juguetona y traviesa que le encantaba embobar a José, que siempre caía redondito al cepo, como animal al matadero.
José siempre fue sensible (y mucho), sus 14 años soñadores estaban destrozándolo ahora en la puerta del anden. Y Angélica no venía.
A las cuatro con veinte minutos apareció Angélica, corriendo, llorosa y con un papel en la mano, yo estaba esperándola con otro papel en la mano. José se había marchado ya hacía 15 minutos.
Le di la carta de José y sin parar de llorar la leyó.
Luego me miró y lloró abrazada a mi.
Solo atiné a acariciarle la cabeza mientras se desahogaba. Lo mismo había hecho con José que se fue triste al no ver aparecer a Angélica. Ya desesperado me lanzó el papel desde la ventanilla pidiéndome que se lo diera a Angélica cuando la viera.
He dejado a la niña en la vera de su puerta y cuando me iba me pareció que ella no entró. Me volví y la vi corriendo por el campo que se abría verde detrás de su casa, aquello hizo que volviera la tristeza a mi alma recordando las veces que corríamos por allí cuando le jugaba una de mis acostumbradas bromas a José, me tentaba abusar un poco de él por su carácter soñador y porque yo era como un hermano mayor a quien debía obedecer.

Pasaba el tiempo y pasó mucho tiempo, pero José nunca escribió, Angélica iba casi todos los días al gran almacén del pueblo a preguntar a don Pancho si no había llegado nada y siempre recibió la misma respuesta: NO.
Yo me sentía defraudado y traicionado por aquel silencio que también me había incluido a mi, aquello de no escribir a Angélica podía entenderlo si había otra niña allí donde el se había marchado, su corazón enamoradizo tal vez le jugó una mala pasada y ahora sus sueños los coronaba otra personita que había reemplazado a Angélica, pero yo..., yo era su amigo ¡caramba!.
Fue pasando el tiempo y yo me desentendí de la niña que ya se iba convirtiendo en una preciosa mujer y me desentendí del recuerdo de un amigo ingrato.
Tuve que abandonar el pueblo el día del funeral del querido dentista papá de Angélica, su corazón débil dejó de latir y dejó a la niña y a la madre solas.
El bus no pasaba mas que una vez a la semana y no pude dejar de tomarlo, cuando fui a despedirme de ella solo me preguntó si yo también la olvidaría, le prometí que no, que le escribiría por lo menos una carta al mes.
Nos abrazamos y yo me fui, con el corazón triste por tener que dejar toda mi vida atrás para ver si en la gran ciudad me iba mejor que en este pueblo semimuerto.
Le escribí a Angélica ni bien llegué a la ciudad, calculaba que en dos o tres semanas tendría una respuesta.
Me llegó su carta dos semanas después de enviarle la mía. Estuvimos en contacto así por cinco meses, en los cuales supe que el querido dentista no había dejado mas herencia que la tierra donde vivían; Angélica y su madre estaban trabajándola como podían.
El contacto se detuvo por casi un año, ni recuerdo bien porqué, pero se que fue por una tonta pelea con la loca aquella, siempre tuvo su carácter y siempre terminábamos peleando, era José quien nos reconciliaba de nuestras constantes discusiones, y como José había desaparecido, no hubo quién nos hiciese recapacitar, así que como consecuencia del hecho terminé separado de aquella niña.
Después del año de separación me enteré que la mamá de Angélica se había casado de nuevo y que el padrastro era muy bueno con ella.
Supe muchas cosas mas, de la llegada de sus dos hermanitos mellizos (que hizo casi quebrar la parca economía de la familia) y, dos años después, de la llegada de una hermanita. Yo pensé que eso alegraría a Angélica, pero no, la noté cortante y me dijo que se iría de la casa lo antes posible.
Tres meses después me escribió la madre de Angélica diciéndome que ella se había ido de la casa y que no sabía donde buscarla.
En otra carta le contesté a la señora que no se preocupe que yo tendría los ojos abiertos por si la veía en la gran ciudad.
A partir de allí Angélica se volvió una incógnita para mi.
Al que si me lo encontré fue a José, claro que para eso ya habían pasado casi veinte años de no vernos. No lo reconocí, solo cuando nos nombraron para presentarnos las otras personas que estaban allí nos dimos cuenta de quién era quien (la vida suele ser cruel con el cuerpo, y aunque jóvenes aún, habíamos cambiado muchísimo desde nuestra vida en el campo).
José y yo hablamos mucho, allí me contó que sus padres murieron en un accidente ni bien habían salido del pueblo, él cayó mal herido y casi pierde la vida, estuvo enfermo por meses, lo curaron en un hospital de la ciudad y lo pusieron a vivir en un orfanato al descubrirse que no tenía ningún otro pariente vivo, se sorprendió mucho que nadie haya sabido nada del accidente. Yo recordé que algo se mencionó, pero jamás salieron sus nombres a la luz y por lo tanto ese accidente fue olvidado.
Me dijo que nunca se decidió a escribir al pueblo porque estaba resentido con aquellos amigos que lo dejaron olvidado allí en un cuarto de hospital y en un orfanato donde aprendió a vivir una realidad demasiado dura y difícil.
Yo lo entendí, si mi resentimiento aquella vez había logrado sacarme a José de la cabeza, imagino lo que pudo haber hecho con aquel adolescente que se creía abandonado y sin nadie que lo protegiera, supongo que debió odiarme mucho en aquella soledad...
Después fue que hablamos de Angélica y me di cuenta que aun se le ponían tristes los ojos al recordarla (a veces el primer amor nunca se olvida).
Después nos felicitamos por seguir solteros e invulnerables y nos fuimos de juerga para recuperar el tiempo que la vida nos había quitado.
Durante los siguientes dos años fueron muchas juergas, muchísimas.
Teníamos ya cuenta abierta en varios locales públicos de la ciudad, tanto de alcohol como de mujeres, estos últimos son los que comenzaron a preocuparme con respecto a José, la soledad lo martirizaba mucho y solo allí encontraba un amor ficticio que lo hacía sentir vivo, nunca fue un hombre muy atractivo, pero tampoco era como para ser allí el único lugar donde busque lo que necesitaba.
Un día, en media borrachera en uno de aquellos lugares a los que José se había vuelto aficionado, me dijo que había encontrado la mujer perfecta para casarse, que no buscaría mas y que yo la vería en un momento.
Era pelirroja, de grandes ojos y cuerpo muy bien cuidado, ya con sus añitos encima pero no se le notaba mucho.
José se abalanzó a ella y me la presentó, se llamaba Marisa. Marisa me extendió la mano y me la apretó mas de lo suficiente y no quiso soltármela.
Estuvimos toda la noche bebiendo, Marisa trataba de emborrachar a José para que la dejara en su casa mientras me miraba con extraña insistencia, tenía los ojos de loba cazadora y a mi me daba lástima que José haya elegido a aquella mujer solo por sentirse solo.
José se levantó y se fue para el baño y sin que yo lo esperase Marisa se lanzó a mis brazos y me besó mientras el no estaba allí, me acarició con lascivia y esperaba que yo hiciese lo mismo, me quedé estupefacto y frío, tan sorprendido que no atiné a separarla lo suficientemente pronto de mi, debí de hacerlo, lástima, José volvía ese instante y nos vio, se hizo un escándalo de Dios y señor nuestro. Marisa huyó y tuve que dar unos buenos golpes a José para que se calmase, todos en el lugar se alteraron y estuvo a punto de armarse una gresca general.
Adelantaron el show de la noche para calmar los ánimos de la gente que estaba allí.
Cuando comenzó la canción nos quedamos como piedra José y Yo, por entre bambalinas salió la figura delgada y diminuta de la estrella del lugar, no cabía duda, era Angélica, que cuando nos vio tardó un poco pero nos reconoció, tiró el micrófono al piso y salió huyendo.
Fuimos tras ella y la encontramos casi a punto de tomar un taxi.
Apenas la convencimos para que se fuera con nosotros.
Nos llevó a su apartamento y allí vimos a una niña de unos catorce años que dormía plácidamente.
-Es mi hija- nos comentó, y algo en la mirada de José se rompió.
-No, no me casé- se apresuró a contestarnos cuando la miramos y estábamos a punto de abrir la boca -Fue mi padrastro, que una noche que no estaba mi madre me violó y quedé embarazada, tuve que escapar antes que se me note la barriga-
-Pudiste haberlo buscado- le dijo José señalándome.
-No había tiempo, la panza me crecía muy rápido y además me dio vergüenza y miedo-
-¿Qué hiciste entonces?- preguntó.
Me vine a la ciudad, trabajé de todo, en todo y cuando tuve a la bebé me di cuenta que los hombres me miraban mas que a otra mujer, de allí conocí a una chica que trabajaba en esto y el dinero que ganaba lo repartía entre mis cosas y mi madre-
José la miró intensamente, muy intensamente y le dijo:
-¿Quieres volver al pueblo?-
-¿Y qué haría yo allí?- le respondió ella sorprendida mientras yo me apartaba y los escuchaba.
-Vivir como mi esposa-
-¿Estas seguro?- volvió a preguntar Angélica
-Te perdí una vez y no pienso hacerlo de nuevo-
-Pero... tu sabes lo que soy, lo que fui- dijo titubeante
-Allí nadie sabe de donde salía tu dinero y tampoco nadie preguntará, tengo el suficiente como para empezar algo nuestro. ¿Que opinas?-
Ella dudó y yo esquivé su mirada, luego de un momento de mirar en el vacío le respondió a José que si.
-Si... me voy contigo, no quiero que mi hija viva como yo ni siga viendo lo que ve-
Yo me despedí y los dejé solos.
José me llamó dos días después diciéndome que había vendido todo y que estaba listo para volver al pueblo con su esposa bajo el brazo, les deseé un buen viaje y mucha suerte en su nueva vida.
Los vi partir desde un rincón apartado de la terminal de buses, no quería que me vieran.
Casi un año después de aquello volví al pueblo, encontré a José ensimismado y triste, Angélica lo había abandonado hacía ya tres meses y le había dejado al cuidado de su hija.
-No lo entiendo- me dijo mientras tomábamos un café -lo tenía todo, todo, aun no entiendo porqué se fue. Y lo que es peor, abandonando a su hija, que gracias a Dios es una buena niña y se está comportando a la altura, he llegado a quererla como si fuera mía- Sus ojos tristes me miraron interrogantes mientras sorbía el café, yo escudriñé en su mirada y a pesar de todo ya no tenía esa soledad aturdiendo sus ojos, amargando su vida, la había perdido.
-No lo se realmente- le dije -pero a veces cuesta mucho dejar una vida como esa, tu sabes, es mas fácil, y se adquieren algunos vicios que seguro aquí ya no podía encontrar y tú solo eras un recuerdo de otra vida al que se aferró por un tiempo pero que no pudo sacarla del hoyo en que se hundió. Ella lo decidió así, solo ella, nadie mas-

Me fui dos semanas después y mientras caminaba a la parada de buses recordé cómo aquella tarde de finales de primavera, cuando tenía 17 años, había conocido a la dulce niña hija del dentista cuando llegaban al pueblo, yo les ayudé a meter los cajones y las cajas a la casa, en la tarde la llevé a la plaza a tomar un helado y allí conoció a José, el nunca mas se separó de ella.
También recordé cómo había vuelto a encontrar a Angélica hacía ya cinco años atrás en un burdel de la ciudad y que no la había reconocido por mi embriaguez y la mala luz, pero que si reconocí su dulce voz mientras cantaba haciendo su habitual desnudo, allí hablé con ella, allí me contó todo. Turbada con los vapores de la droga que fumaba me dijo que se vengaba de José y de su padrastro en cada hombre que aceptaba, pero que si encontrase a José de nuevo, lo dejaría todo, cuando lo terminó de decir se rió burlonamente y me dijo: -Probablemente ya está casado y tiene hijos, estará gordo y casi calvo...- y volvió a reírse.

Llegué a la parada de buses justo para ver a la hija de Angélica venir a despedirse y desearme buen viaje.
Detrás de ella habían dos muchachos que la esperaban.
Subí al bus y me tomé de un sorbo el refresco que tenía en la mano, vaya, acabo de recordar que hoy comienza el verano...

FIN

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