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Jimmy me ha llamado por teléfono y me ha dado un susto de muerte porque todo el mundo sabe que él nunca llama a nadie, ni siquiera a la gente que lo quiere. “Patricia, tenés que venir porque me estoy yendo” ha dicho con esa su voz de hombre honesto y fiel a su estilo torvo de torero analfabeta me ha colgado de modo casi brutal.  Bajo un cielo encapotado de viernes festivo he llegado media hora después al único café de la ciudad que yo sé él visita cuando quiere algo de ruido urbano para remover los escombros de su soledad.

He llegado a la hora en que decenas de funcionarios de uniformes de bancos y bufetes se arremolinan en las gradas para almorzar en el café-terraza donde he viso a Jimmy  clavando la mirada en una revista de la Rolling Stone. Lo he visto con un cigarro en la mano y un café bajo una columnita de humo blanco que él siempre ha dicho que son las hilachas del alma de todos los hombres que él ha sido antes de ser simplemente Jimmy, el chico que hace comedias en el canal público de TV.

Me ha visto con sus ojos color miel y sin levantarse me ha entregado esa sonrisa amarga que sólo le sale cuando se siente derrotado. Lo conozco desde que éramos niños y yo nunca lo he visto derrotado, pero al verlo intuyo su derrota espiritual: la cara se le escurre sobre el mentón, se le pierde entre su pelambre desordenada de rocanrrolero loco por el blues y su campera jeans descolorida parece cubrir a un hombre que poco a poco se va haciendo más pequeño.

-      ¿Cómo es eso de que te vas? No me digás que a la mierda, porque me vuelvo a lo de novio. Me has dado un maldito susto con eso de llamarme…

Sus ojos cambiaron, ahora era como un padre orgulloso de su nena deportista.

-No me hablés de tu novio que sabés que nunca he perdido la esperanza con vos. A vos no te podría decir una frase como “me voy a la mierda”. Ya sabés que pese a mi reputación de indeseable y vulgar, en el fondo… soy un caballero.

Rió sin ganas, como autocompadeciéndose por una broma tan estéril que esta vez no le había sacado esa carcajada tan campestre que había traído de nuestro pueblito rural y que él no se cuidaba de soltar cuando estaba por hacer alguna de sus fechorías.

Me dijo que se iba, que ya no tenía que hacer nada más en la ciudad, que abandonaba todo, que estaba harto, que le dolía mucho…

Le pregunté si era por una mujer y me dijo que él no era tan pendejo como para sufrir por culpa de una mujer.

-Jimmy, te conozco, siempre has sido tres cosas: un genio de la impostura, un egoísta infantil y un cobarde, pero de los machos. Y ahora estás huyendo de algo más grande que vos.

-¿Esas intuiciones violatorias de la intimidad mental masculina las aprenden la chicas que han sido la primera novia de un tipo como yo?… Sí, es una mujer, pero no es una mujer como la morena de ojos verdes con facha de tahitiana y uniforme de funcionaria de banco que está almorzando sola en la mesa de al lado. Esas no me importan. Es LA mujer y me voy de aquí para preservarla de la corrosión de mi presencia.

Pensé que este ya no era Jimmy, este empezaba a tener sentimientos y la verdad es que me desconcertó. Para alivianar la charla le pregunté desde cuando fumaba y me dijo que él no fumaba, pero ella sí. “Son manías suyas que me han parasitado ¿sabes?, sus gustos ahora son míos y siento aquí adentro que es como si siguiera conmigo y no me la puedo sacar”, dijo aún con el cigarrillo en la mano, sin fumarlo.

La morena con facha de tahitiana me preguntó la hora con una voz de esas que son como sedantes y que jamás pasan por alto en los oídos enfermos de los hombres. Él se le quedó mirando.

-Vos no cambias…

-A esa chica que trabaja en el banco le rompería el corazón. Primero la encantaría y luego cuando me aburriera, simplemente me la sacaría de encima y listo, y empezaría todo de nuevo como siempre, pero a la otra, a la chica del cigarro y de sonrisa deslumbrante no sería capaz de castigarla con mis malditas depresiones y obsesiones, y mi apocalipsis interior que empieza todos los días una y otra vez y me calcina las buenas intenciones y arrastra al abismo de mi fuego autodestructor a todos los que me quieren. Por eso no los llamo. Ella es una chica de genio, de ingenio, de belleza… y yo soy torpe, una bestia que la…que la… la “eso” demasiado como para soportar verle la cara cuando llegue el momento en el que ella aprenda a odiarme como lo hicieron y lo harán todas las demás. Me queda el consuelo de que al menos no maldecirá mi nombre cuando lo recuerde.

El hombre al que yo le había dado mi primer beso cuando niños estaba destruido, pero yo confiaba que fiel a su carácter aquello se le pasaría pronto. Sus lecturas eran su fuerza, eran la musculatura que contenía y canalizaba toda esa increíble violencia interior que emanaba de él sin convertirlo, al menos por el momento, en un peligro para los demás.

Le pregunté qué se llamaba ella y entonces Jimmy dijo: “Yo ya no estoy aquí”. Se levantó, dio dos pasos, le dijo algo a la chica del uniforme bancario, ella sonrió con sus bellos ojos verdes y su ‘boca de caramelo’ y él se sentó con ella e hizo como que yo ya no existía. Así era él. En ese momento acababa de transformarse una vez más en un cazador desalmado y por lo menos ese día sería un poquito feliz. Me levanté y mientras bajaba las escaleras hacia la calle volví a oír esa carcajada suya que era estridente y simpática y me alegré por él y entonces empezó a llover.

Creo que seis meses después lo volví a ver andando por el centro de la ciudad. Me lo encontré de frente, lo vi más pequeño que la última vez, como si algo lo hubiera ido disolviendo, desgastando, comiéndoselo, como si lo hubieran cortado desde los pies. Ya no medía más de un metro con veinte o treinta centímetros. Hice todo lo posible para que no me viera llorarlo, le busqué los ojos para abrazarlo, pero lo que me había dicho aquella vez en el café era cierto. Él ya no estaba aquí. 

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