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En un bello, mágico y encantador país, donde el jardín florece en cada amanecer; donde el cántico de los turpiales suavizan y endulzan los oídos de los caminantes, donde las mejores construcciones las hacen las hormigas y con su esfuerzo hacen gala de su grandiosa labor; un territorio donde el ágil aleteo de las mariposas muestra con su grito la voz de un pueblo que clama la libertad; donde la pálida noche descubrió dormidos al valiente, al cobarde, al viento y a la ilusión. 

En ésta sublime patria nació Sara, una hermosa mariposa, que desde sus primeros días de vida el viento abatía su cuerpo, pues era demasiado débil para volar. Un día, en sus primeros intentos de alzar vuelo, el viento la llevo a una hermosa plaza; en esa fría mañana su madre preocupada la llamó desde la cumbre del jardín.

-Saaaaaaaraaaa…Saaaaaaaraaaaa..- repitió hasta enmudecer.

Al no tener respuesta alguna, su ágil y exuberante vuelo solo guardo silencio, pues la comunidad de las mariposas le dijeron angustiadas que un cazador se había llevado a sus espaldas a su pequeña, y con su mochila se había alejado hasta perderse en el espesor del bosque. Aquel cazador de mariposas era Martín, un pequeño que a su escasa edad no entendía los problemas de los grandes en un país tan hermoso como el suyo, quien a sus 9 años era victima del conflicto que se vivía por la búsqueda de poder - palabra que no dimensionaba y por supuesto no entendía - .

Su padre había sido asesinado al intentar rescatar del cautiverio a Maria, su madre, quien un día soleado había salido para la ciudad a comprar los regalos de navidad para su abuelo y el resto de su familia; así lo recuerda Martín, quien desde sus 7 años había perdido las ganas de vivir, de soñar, de amar, de continuar, y es ahí donde por razones ajenas a su voluntad, decide irse a la montaña a buscar a su abuelo; un viejo ermitaño amigo del agua, de la tierra, del aire y de la soledad, quien en sus tardes libres se sienta a la orilla de manantial  a escribir poesías acompañado de Guardián - su perro y compañero por muchos años, y este con su lamento en las noches de luna llena, pide a Dios vida e inspiración para su amo al momento de desdibujar sus pensamientos sobre el papel.

-Hola TIN TIN, pues así era que lo llamaba su abuelo, su viejo amigo. Con su voz entrecortada avanza Martín, abre sus brazos como el águila al viento y sin decir palabra alguna abraza a su abuelo como jamás imaginó abrazar a su madre, quien ya llevaba cinco años lejos de su lado; pues tristemente, los que a diario abrazaba era el olvido, y con un beso grabado en la frente del viejo ermitaño empezó a llorar hasta quedar dormido…

- ¡Martín!.. Martín!…, es hora de levantarse – dijo su abuelo -.

Ya el sol brillaba en el horizonte y el canto de las aves componían una hermosa melodía, que al interpretar sus notas daban cuenta de una melodiosa canción. La luz entraba por las ventanas de la humilde choza y sin permiso alguno cubría de calor aquel lugar olvidado, un calor que se hacia insoportable y lo mejor era salir de allí.  En el camino hacia el bosque, el ermitaño contó a su nieto todas sus aventuras, sus amores, sus ilusiones, que de joven le hicieron gozar… y le relato, con el corazón lleno de tristeza y dolor, cual fue el ultimo día que vio a Maria, su hija, en una tarde de Diciembre cuando cansada llegó y depositó en su mano un hermoso reloj de pulso, que aun guardaba en su bolsillo y que con su sonrisa alegró esa noche de navidad. Con lágrimas en los ojos, el abuelo detalló uno a uno los momentos de dolor cuando la guerrilla irrumpió la tranquilidad del lugar y sin decir nada le arrancó a su hija como cual rosa del rosal, dejando aquel hermoso jardín revestido de zozobra y soledad. Ambos guardaron silencio, mientras guardián con tristeza observaba el mutismo de los dos hombres macilentos,  recostados en un árbol de aquel bosque insonoro. Las horas pasaban y sin decir nada los dos hombres recogieron la leña y regresaron a su hogar.

Ahora el pequeño Martín tiene 9 años, con el deseo de ser igual a su abuelo frecuenta el manantial, y allí se refugia en el sonido de su flauta, en la soledad del bosque y en el dibujo de sus pensamientos. En una noche estrellada se le ocurrió una gran idea, vender los versos de su abuelo y la letra de sus canciones a los enamorados del pueblo. Su sueño fue cogiendo eco hasta llevarlo a la realidad. Todos los días, sin descanso, ofrecía a las parejas, una rosa, una estrella y un verso, hasta que el niño fue conocido por todos. Pero un día, al acercarse al pueblo, un gran bullicio se generaba, la gente corría y Martín con ansias de saber que era lo que pasaba, también corría con su mochila azul. La gente le gritaba – Maaaartin, Maaaartiiiiiiiinnn…él sin detenerse y agilizando los pasos, pies mugrosos y heridos por el bosque, seguía avanzando.

- ¡Ah! Falta una cuadra para llegar al parque y venderé todas mis rosas, porque el pueblo esta de fiesta, no me detendré.

- Maaaartin, Maaaartiiiiiiiinnn …decían a lo lejos,– no, no, no… me falta poco, seré testigo de esa gran fiesta.

Boom, boom, y todo permaneció en silencio y en tiniebla. Martín había muerto. Un disparo sin dirección había atravesado su corazón, al desplomarse con sus ojos marchitos por el dolor, pidió a Dios perdón para quienes habían acabado con la vida de su padre, con la libertad de su madre y con su vida.

Cuenta su abuelo en sus versos, que el parque se llenó de tristeza al ver que entre los escombros se hallaba el cuerpo sin vida del niño y en la camisa blanca, junto a su bolsillo al lado del corazón, había posado Sara, una hermosa mariposa de colores. La bala terminó con la vida de la mariposa y las ilusiones del niño. A Sara no la había apresado un cazador, la apresó el viento y la llevó al corazón de Martín al momento de morir.

Desde ese día en lo alto del cielo brillan miles de estrellas y en el parque de aquel viejo pueblo, posan miles y miles de mariposas que recuerda con dolor al cazador de ilusiones.

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