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Tal vez no llegues a creerme, y estoy más que seguro que si fuera tú tampoco lo haría; tomaría la primera oportunidad que se diese para lanzarme sobre el teléfono y clamaría por ayuda. Por esta razón, espero que entiendas el por qué debía traerme este seguro. Pero no me malentiendas, si me es evitable no querría dispararte.

 

Hace una semana yo maté a mi esposa Ellen. De seguro te resulte extraña mi confesión, digna de alguien desquiciado. ¿Después de todo, no había ella tomado un café aquí esta mañana? Te equivocarías de gravedad al contestar. Esa cosa no era Ellen.

 

Recuerdo la última semana a tal detalle que, sabiendo lo olvidadizo que soy, me aterra hasta los huesos. La mañana del viernes le había dicho que debía asistir a una importante reunión de trabajo en la capital, táctica común que llevaba a cabo en mis días libres. Era la única manera que se me ocurría para librarme, al menos por un día, de su apresante presencia. Sólo me sentaba en el auto y vagaba sin rumbo. Sin embargo, esa vez fue muy diferente. Me sentí ante una señal cósmica cuando, a un costado de la ruta, vi abrir una pequeña tienda llamada «El viejo cazador». No tenía un camino el cual frecuentaba, cualquiera que me llevara a las afueras del pueblo era susceptible a elección, pero en mis recuerdos difuminados jamás había visto tal lugar. El dueño, un alemán con los años venidos encima vestido de camuflado, me mostró su cortesía con un saludo mientras sacaba el cartel a la entrada. No sé el por qué detuve el coche, una fuerza curiosa e incomprensible me jalaba la atención.

 

Claramente le mentí al viejo; no tenía gusto por la caza, más bien aborrecía su violenta naturaleza, pero la jerga de cazador de mi padre había encontrado al fin utilidad tras tantos años. Me miró desconfiado de pies a cabeza recostado sobre el mostrador, acariciándose la barba. Sudaba ante la duda de que su penetrante mirada desvelara mis obscuros deseos, nebulosos incluso para mí. Él sonrió de forma que espantaría a cualquier familia incauta y traería pesadillas a los niños que les inducirían al más alborotado de los llantos. Convencido de una necesidad que no expresé, el alemán caminó a la bodega de detrás sin dejar que pasaran más de cinco segundos sin voltearse a verme, y regresó con el Winchester que ahora ves frente a ti, pero fue lo que contenía la pequeña caja de textura rugosa que apoyó al lado del rifle lo que de verdad me heló la sangre.

 

El vulgar hombre levantó la pesada tapa y, sin extraerlo, me enseñó con vigorosidad el objeto que definió como el más valioso en su tienda. Era una antigua daga de hoja negra, algo herrumbrosa y sin mucho filo a simple vista, con un grabado en alguna lengua olvidad de la que jamás había oído, en un mango que semejaba estar hecho de hueso. Insistió en que la tomara y, a pesar de mis dudas le obedecí. Era más liviana de lo que aparentaba en un inicio; el filo no era metal, sino una especie de roca tallada, y en la parte trasera del mango, la cara oculta desde la vista del interior de la caja, tenía una imagen grabada en bajorrelieve. Se trataba de una figura amorfa de la cual se desprendían largos apéndices con un estilo propio del cubismo, posiblemente interpretable como una especie de octópodo prehistórico. Pasé la mano sobre la mueca central de la criatura, donde se visualizaba una pequeña boca circular con finos colmillos. De pronto un punzante dolor me recorrió la mano, arrojando la cuchilla devuelta al mostrador. El dedo me sangraba, el terror me invadió como una corriente helada al notar las marcas de mordedura. La figura de la daga se retorcía. Empecé a descomponerme, perdía las nociones de dónde estaba. La choza se mecía en una tiniebla creciente incentivada ante la carcajada silenciosa del viejo. Flotaba en un aterrador paisaje onírico que me arrastraba hacia una bruma sin fondo, difuminada como un reflejo en las negras profundidades del agua. Un mundo de cabeza, inconmensurable, frío y geométrico, con estructuras de roca negra con ángulos imposibles. Sólo una palabra me alcanzó tal susurro en mis oídos, acompañada por un gélido aliento que me trajo a la realidad: «Hazlo».

 

Desperté arrodillado a un lado de la carretera, observando la negra agua de un lago. Podía escuchar el motor encendido del auto cerca. Las manos me titiritaban, mis ahogados respiros liberaban en vapor el poco calor que me quedaba, mas mi atención permaneció clavada ante la daga del anciano en mis manos. Volteé a los alrededores desorientado y corrí al vehículo sin mirar atrás. No pude creer en ese instante si era algún deseo inconsciente, un indicio de que estaba perdiendo la cabeza o una maldición, pero la daga parecía pegada a mi mano. Asustado la arrojé en el asiento del acompañante y salí de allí con el auto a toda marcha, sin frenar en ningún momento.

 

El sudor me nublaba la vista y tuve que aflojarme la camisa para respirar. Baje del auto aún influenciado por la desorientación, el caminar se percibía un arte de dominio reducido. Me adentré al departamento en un tosco silencio, y allí estaba ella. Ellen descansaba en el sofá frente a la televisión, iluminada sólo por el tenue ruido blanco de la señal finalizada. Agradecí que estuviera dormida. El silencio desprovisto de sus insultos y quejas, los cuales nadie creía posibles ante su dulzura externalizada, me tranquilizó. El miedo de lo vivido dio paso a la razón por la que había salido y parado en aquella tienda. Me acerque despacio, desprovisto del balanceo irregular del mareo. Sentí la tensión endurecerme el brazo y negarles a mis ojos la oportunidad de parpadear. Tambores sonaban en la lejanía, intensificándose por cada paso. Al detenerme detrás de ella, viendo su desprotegida figura, con esa expresión adormilada, entendí que no eran tambores lo que escuchaba, sino el eco de voces que gritaban la misma palabra que el anciano; «Hazlo». Insistían como un tumor en el cerebro que crecía con un dolor tormentoso para arrancarme la existencia. Un aura infernal revelaba los silenciosos gritos blasfemos proveniente de lo que sostenía en mi mano, esa maldita daga negra.

 

Ellen despertó. Me reconoció con su insolente actitud, sus ojos color avellana discriminaban mi existencia. Entonces sucumbí a la tentativa. Silencié sus maldiciones para siempre. Fui al cuello no una, sino tantas veces que me eran imposibles de contar. Sentía rabia y un deseo violento impropios, no podía ser aquel hombre reflejado en la pantalla que acababa de acribillar a su bella mujer. La sangre bajaba por la hoja de la daga atorada en el tórax, su mirada inmutable seguía clavada en mí, acusándome. ¡No era mi culpa, me obligaron! ¡Sólo fui una marioneta en este juego macabro! Tenía que hacer algo, no podía ir a prisión por esto.

 

Cuando estuve seguro de que estuviera bien enterrada junto a la daga dentro de la tumba del Dr. Ferdinand, quien había muerto hace sólo unos días atrás. No pude librarme de la sonrisa que se me dibujaba de oreja a oreja. Jamás la encontrarían, nunca se les ocurriría profanar a un hombre tan querido por el pueblo. Ya no tendría que soportarla. Adiós a sus maltratos. Adiós a su malgenio. Adiós a sus insultos y menosprecio. Al fin me volvía a sentir libre tras tantos años. Ni siquiera el cuidador, ese senil de Morgan, tenía la menor sospecha de lo ocurrido. Era de conocimiento público que, a cierta hora de la noche, él se encerraba en algún mausoleo para alimentar sus enfermas perversiones. Pero ya podría juzgarlo, yo acababa de matar a mi mujer. Regresé al auto, sensibilizado por la adrenalina. Esa noche dormí en calma. Y debería de haber continuado así por el resto de mis días.

 

La madrugada del lunes hallé la puerta abierta al ser despertado por un horrendo quejido. Un rastro pantanoso se dibujaba desde la puerta hacia la penumbra del pasillo. Temí el volver a cerrar la puerta, incluso si era presa de otra alucinación me tranquilizaba el tener una vía de escape. Tomé un intento de arma improvisada y seguí al reptante indicio sin parpadear. Como un desplazamiento evolutivo, el tosco arrastre se tornaba en pisadas de formas morbosas hasta que, al cruzar la sala en dirección al baño, imitaban a las humanas. En el umbral de la puerta de madera resplandecía el pobre reflejo amarillento de la luz encendida. Tomé el frío pomo, pero no lo giré. Batallé en eternos conflictos internos hasta el crítico punto en que el hormigueo me invadió el brazo, entonces con una precisión quirúrgica lo comencé a rotar a milímetros para evitar ruido alguno, hasta que el pestillo estuvo corrido por completo. Sólo el terror a lo que podría encontrar al otro lado me mantenía despierto y tensionado. Entonces la abrí con un rápido azote.

 

Estaba vacío. El rastro acababa dentro, pero no había nadie. Revisé la ducha y hasta el pequeño botiquín, incrédulo. Me llevé las manos a la cabeza al borde de las lágrimas, era consciente de que vislumbraba el abismo del desquicio y no era la primera vez. El rastro sólo podía ser el derrame de mi cordura. Caí al suelo, sollozando. No recuerdo cuanto tiempo transcurrió, pero fui vencido ante el cansancio. Ya era de día cuando abrí los ojos de nuevo, deseoso de que todo estuviera como debía estar. Sin embargo, no fue así.

 

Un débil ruido blanco provenía de la sala de estar. Alguien estaba en el sofá, frente a la televisión encendida. La delicada mano de una mujer acarició el apoyabrazos. Caminé hacia ella y… ¡Por todos los santos! Sentí mis piernas doblarse y desfallecer. Me ahogaba en el aire, el tinte latino de mi piel se desvaneció y mi corazón se paralizó ante el horror más inhumano. Sólo mis ojos quedaron clavados en aquella mirada penetrante de color avellana, esa misma que me atormentaba en mis malditas pesadillas mientras estaba despierto. No me dignaba a creerlo, era la cúspide de la malicia de una mente perturbada. La cosa sonrío, vestida con el rostro de mi esposa, Ellen.

 

¿A quién demandarías ayuda en esta situación? ¿Quién querría creer tal perjurio a lo conocido cuando la muerta lo negaba? Al menos el Dr. Ferdinand me hubiera hecho creer que sanaría con algo de terápia, pero jamás me llenaría de pastillas que nublaran mi ya desquebrajado juicio como lo hizo el inexperto Dr. Olivetti. Incluso cuando Ellen vivía, expuesto en todo momento a sus sádicos deseos, nunca experimenté tal indefensión. Una muñeca de trapo contaba con más libertades que las que yo podría imaginar, postrado en la cama del cuarto de visitas.

 

La tarde del jueves fue la última vez que vi a mi carcelero, el Dr. Olivetti, convencido de la falaz dulzura de Ellen para invitarlo a cenar. Él, extasiado ante la lujuria, no tuvo su peculiar cuidado al obligarme a ingerir sus drogas y, como el zorro provechoso de toda oportunidad, les encontré escondite bajo la lengua. Esperé durante horas hasta que el silencio fuera completo y la luz del umbral desapareciera. Me arrastré a la puerta aún adormecido por la antigua dosis, o quizás alguna podría haber conseguido pasar mi barrera. Anduve descalzo por el pasillo, más lento de lo que esperaba. Revisé la sala y la cocina, pero nada sobresaltaba de la ilusoria normalidad. De pronto un débil ruido retornó mi atención al pasillo del cual venía.  La cosa aún estaba despierta, la puerta del que era el cuarto de Ellen se había entre abierto.

 

Arrastrado por una atracción fatal, miré a través de la rendija. Como todas las noches antes de aquel fatídico día, Ellen se sentaba frente al espejo del cuarto y pasaba horas para prepararse. Y así era lo que podía observar. Ella se acariciaba la larga cabellera como si tocara un fino instrumento de cuerda. Dudé entonces de mis visiones. ¿Había realmente matado a mi esposa? ¿Acaso el Dr. Olivetti tenía razón, todo esto no era más que una invención de mi estresada mente? ¿Ese viejo alemán a un lado de la carretera nunca existió? ¿He perdido la cabeza? Pensé en abrir la puerta y abalanzarme en un fuerte abrazo, de esos que ella tanto odiaba, y disculparme con mi esposa. Y ese fue el momento en que entendí la verdad, sobre la mesa de noche junto al espejo reposaba la antigua daga de hoja negra.

 

Ellen dejo el cepillo y presionó con sus largos dedos en su frente. Jamás olvidaré ese horrendo sonido, traedor de pesadillas a la vida. La piel se despagaba a tirones, expulsando un fétido aroma a podredumbre que me descompuso los sentidos. Sin embargo, no era punto de comparación ante el horror que experimenté cuando vislumbre, al oprimir mi repugnancia, lo que se ocultaba bajo la máscara de rostro humano. Ni la más espeluznante figura del imaginativo religioso serían capaz de tal blasfemia a la naturaleza, de aspecto húmedo y morboso, repleto de apéndices penumbrosos que se desplazaban tales raíces o serpientes. No vi ojos, boca o rastro animal semejante, pero sabía que podía ver y alimentarse. Corroídos sonidos de palabras imposibles se vomitaban del abismo de la fisura en lo que, a interpretaciones mías, podía llamarse su cabeza. Mi instinto me sacudió hacia atrás, golpeando uno de los cuadros colgados en el pasillo. La cosa se volteó hacia mí y la luz reventó ante su estridente chillido.

 

Congelado ante el abismo frente a mí, sólo pude escuchar. Sus pisadas, lejanas de toda humanidad, se acercaban casi reptantes. Su respiración era tan tangible como la pared que me sostenía. Y con un pavoroso grito donde vomité todo rastro de lo que me quedaba de cordura, corrí en dirección cualquiera, soportando los golpes con todo lo que se me cruzase en las tinieblas. Pero la cosa se acercaba sin demora como el ente infernal que era, evitando y destrozando todo obstáculo con el que tropezaba. Al encontrar una puerta me adentré sin miramientos, y maldecí mi suerte al no tratarse de la salida. Pude sentirla al otro lado, su altura se percibía inmensamente mayor al modesto metro sesenta de Ellen. Me era inconcebible comprender qué era aquello, de anatomía imposible e incomprensible bajo estándares de humano conocimiento. Sin embargo, mi tiempo era contado. La cosa había descubierto dónde estaba, o quizás ya lo sabía de antemano, cuando un viscoso deslizar se filtró entre el espacio de mis pies en el suelo. Dudé en encender la luz, me aterrorizaba la idea de volver a verlo y descartar la idea de que todo era una vívida alucinación, mas no había de otra.

 

Y de pronto lo vi, atravesando el umbral, un largo y flexible apéndice repleto de púas o colmillos que parecía observarme. Imagina por un momento cuán perturbador fue el presenciar cómo le nacía ese desgraciado ojo color avellana. La cosa lo sabía perfectamente, sabía cómo realizar esa inconfundible mirada, la misma que desencadenó toda esta ola de histeria. Rugí desde lo más profundo de mi alma y lo aplasté con fuerza renovada. La cosa chilló de dolor, retirando su flácido miembro con rapidez, y la luz parpadeó con violencia. No pude evitar el burlarme al escuchar los sollozantes gritos de la cosa, mas su venganza feroz me recordó el terrible error que había cometido. Largos y filosos dedos tales garras a travesaron la puerta y fui tragado como si la madera misma me devorara. Volé sobre el sillón e impacté contra la pared de la sala, escupiendo todo el aire de mis pulmones. En aquel entonces, envuelto en pánico y con una tos de ahogo, no atiné a darme cuenta de lo devastada que resultó mi pierna derecha, hecha jirones por la madera al desquebrajarse.

 

Me alcé y corrí, rengueando hacia la esperanzada puerta de salida, ahora iluminada su dirección por el agujero que daba al baño. Escuché sus estridentes quejas al pasar por el portal de mi salvación, y en cuanto entré al auto, bendita sensación tuve al notar a la criatura refunfuñar sus incoherencias desde la entrada de la casa. Sin tentar a mi renovada suerte, salí de allí al instante en que el motor me lo permitió. Conduje toda la noche, sin descanso. Había un lugar al que tenía que llegar a toda costa en búsqueda de respuestas.

 

Todavía no acababa de salir el sol al estacionarme al costado de la carretera frente a «El Viejo Cazador». Las manos me temblaban más pálidas que nunca, hacía un frío infernal o había perdido demasiada sangre. Entre las hebras de tela rasgada del pantalón, bañado en sangre seca, fui testigo de la negrura y el pus en batalla por alimentarse de pierna derecha. A pesar del ardor y la repugnancia, rasgué la tela impregnada en la herida. No podía contener las lágrimas, era imposible que esta fuera mi pierna derecha. Como podrás ver en mi inestable paso, no tuve de otra que amarrar la carne y rezar que resistiera lo suficiente. Consideraría una suerte bendita sí en emergencias sólo fueran a amputar bajo la rodilla y salvaran lo demás. Sin embargo, sería irrealista.

 

Deseaba que todo esto fuera sólo un sueño, que aún siguiera adormilado junto al lago negro o en la cama junto a Ellen. Ya no me importaba volver a escuchar sus críticas o insultos, siempre y cuando fuera ella nuevamente. Fui incapaz de no ahogarme en los lamentos de mi desesperación, nada había tenía sentido en los últimos días. «Un hombre no llora, siempre debe mostrarse fuerte», recordaba el dicho de mi padre mientras me deshacía en lágrimas.

 

Junto al sol la niebla también se abrió paso en la carretera. Pasaba la hora de apertura del local, pero nadie había llegado. La pocilga se veía más deplorable que la primera vez, plantas crecían entre las maderas sucias, el letrero era casi ilegible ante el desgaste de la pintura y el alambrado a medio arrancar en la puerta. Al decidirme a bajar, note en el espejo retrovisor el antiguo rifle Winchester acostado en el asiento trasero, aquel que me ofreció antes de enseñarme esa condenada caja. Lo había olvidado, y la tensión de estos días no habían sido ideales para recordarlo. Ni siquiera me pregunté el cómo llegó allí, sólo lo tomé y abandoné el auto. Fui hasta el local con un dificultoso caminar, cada centímetro en el que me acercaba la verdad se tornaba clara. La odiaba terriblemente. Parecía abandonado por décadas, las ratas corrieron entre la fauna de escombros abandonados. Si había perdido la cabeza, ese hubiera sido el momento idóneo de revelación; pero el lugar existía, tenía que haber sido real.

 

Negado ante la derrota, escarbé entre la decadencia, pero vanos fueron los esfuerzos. Salí molesto y desesperado, el mundo se me apetecía de cabeza. Me las ensañé con este rifle, mi única prueba fehaciente de que yo no era el loco.

 

¡El mundo es el desquiciado, decidido a ignorar la verdad! ¡Me obligaron a matarla y me arrancaron de las manos a mi bella Ellen! La cosa quería venir a este mundo, querían su cuerpo, «eso» es el culpable. Supe que debía matarla mientras aún era capaz de usar el raciocinio, convencido de que me había tornado en un cabo suelto. Conocía su enloquecedor rostro, sabía que me buscaría. Sin embargo, debía de actuar, continuar con la obra de mi descontrolada mente. Esa era mi arma.

 

Subí al auto y regresé a la casa. Ella no estaba allí. Todo había sido limpiado, creado a imagen y semejanza al recuerdo anterior al asesinato. Al igual que ese viernes por la noche, sentí el llamado de la daga, aún reposante en el cuarto de Ellen. Era lógico, si esto la había traído, también debería expulsarla. Ese era mi anhelo.

 

La vi salir de aquí, inmóvil la observé seguir la rutina fantasma. No fue azarosa la hora de mi visita, sé que volverá. ¡Observa mi pierna y la daga en mi cintura, las mentiras no son dueñas de mis palabras! No soy un hombre desesperado, no estoy loco, he abierto los ojos ante la morbosa luz de una verdad incoherente. Jamás he sentido tal fidelidad con lo real.

 

Y por eso ahora comprendo, lo torpe fui desde los inicios. La voz lo susurraba de camino; no es que nadie me creyera, sino que todos lo sabían y querían mi silencio. Los susurros siempre tuvieron razón. Dejé caer el Winchester y mi mente fluyó a la inexorable verdad, aquella que va más allá de lo cognoscible. La daga de hoja negra se afianzó firmemente a mi mano, atada por una fuerza que me sobrepasaba.

 

«Hazlo», resonó la voz del ser en mi oído, más claro y entendible que la lengua humana. No pude hacer cosa otra que rendirme a obedecer hasta que el predestinado fin llegara.

 

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