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--Olga, mujer donde estás?

--Que pasa Ramiro a que se debe tanto alboroto?

--Es que me he ganado un viaje, al campismo por el trabajo.

--Vaya, menos mal que algún día te reconocieron lo buen trabajador que eres.

--Pueden ir cuatro personas así que llevaremos a los nietos.

   Ramiro, tiene 60 años y nunca a podido disfrutar de unas vacaciones en la playa, ahora que ya está a punto de jubilarse, por sus meritos laborales le han dado cuatro días en la base de campismo del arco iris, esta muy entusiasmado, por lo menos allí hay piscina y comida buena.  Olga, se encarga de preparar los maletines y Ramiro avisa a sus nietos Carmita y Daniel.

--Abuelo y cuando nos vamos?

--Es este sábado hijo.

--Tenemos transporte, abue?

--No, mijita eso si que no, tenemos que ir por nuestros propios medios.

--Bueno, nosotros podemos ir en bicicleta. --dijo Daniel.

--Y nosotros vamos en la guagua hasta el arco iris y después yo creo que hay carretones que llegan allá.

  Llegó por fin el esperado día, la entrada era a las dos de la tarde y salieron con tiempo, los dos jóvenes se fueron en bicicleta con los maletines y los abuelos se dirigieron a la parada de la guagua.

  Después de dos horas esperando llegó la ruta 2, a pesar de que fueron los primeros en llegar a la parada, pudieron subir casi los últimos porque alguien detrás de ellos los empujó y al fin se cerró la puerta. Comprimidos como sardinas en lata llegaron después de una hora al campismo pues por suerte los sábados la guagua llegaba hasta ese lugar.

   Allí los muchachos los esperaban y se fueron a la recepción, les entregaron la llave de la cabaña y por fin respiraron tranquilos.

--Nosotros vamos a la piscina, --dijo Daniel.

--Pues nosotros vamos a comer algo, --dijo Olga.

   Olga y Ramiro fueron a la cafetería.

--Quien atiende aquí?

   No había nadie, después de esperar un buen rato, salió un joven con cara de sueño de la parte de atrás.

--Que quieren?

--Que tiene de comer?

--Ustedes no saben leer, está puesto en la tablilla.

--Ah, disculpe, es verdad, nos puede dar dos panes con tortilla y dos refrescos?

--El pan se terminó y los refrescos están al tiempo.

--Bueno, nos da las tortillas sin pan y el refresco caliente.

   Se sentaron y esperaron pacientemente su pedido por más de media hora mientras Ramiro sentía el ruido de sus tripas, gritando de tanta hambre.

   Por fin llegó lo que para ellos era su almuerzo y después de terminar preguntaron.

--Oiga joven a que hora es la comida?

--Tiene que anotarse en esa lista. ---Dijo el mesero mientras le señalaba una hoja de papel que estaba en una tablilla en la esquina del mostrador.

   Ramiro y su esposa, escribieron los nombres de los cuatro y se retiraron a la cabaña, necesitaban descansar un poco.

--Mujer, ahora voy a dormir, estoy muerto. Pon el ventilador que hace tremendo calor y me llamas a la hora de la comida.

--Ramiro, aquí no hay ningún ventilador, dejaré la puerta abierta para que te entre fresco, mientras yo me daré una ducha.

   Olga abrió la ducha y se enjabonó todo el cuerpo el agua estaba deliciosa, pero de pronto dejo de caer, se quedó toda enjabonada.

--Ramiro, Ramiro, Ramiroooo.

   El pobre hombre que había comenzado a dormirse dio un salto en la cama.

--Que te pasa mujer?

--Nada, que se acabo el agua y me he quedado enjabonada.

--Pues sécate, yo saldré a ver que puedo averiguar.

   Mientras los nietos en la piscina se divertían, Ramiro trataba de encontrar algún responsable que le pusiera el agua en la cabaña, se dirigió al lugar donde ponían la música, que estaba tan alta y tuvo que gritar.

--Oigaaa, joven en mi cabaña no tenemos agua, mi señora se ha quedado enjabonada.

--Yo no tengo nada que ver con eso mi viejo, lo mío es la música.

   Después de su frustrado intento se fue a la cafetería y se encontró al mesero sentado en una silla con los ojos enrojecidos y sin poder articular palabra de la borrachera que tenía. Ya cansado regresó a la cabaña, el tiempo había pasado y era la hora de la comida.

   Olga se resignó a vestirse medio enjabonada y Ramiro a no bañarse, mientras los nietos que les daba lo mismo se secaron y vistieron y juntos se fueron al restaurante.

   Después de esperar un buen rato los recibió una joven muy amable.

--Sus nombres por favor.

   Ramiro dio los nombres ya mas tranquilo, pues por fin alguien los trataba con amor.

--Lo siento pero ustedes no están anotados en la lista de la comida.

--Señorita yo mismo anoté los nombres.

--Lo siento, aquí no están van a tener que esperar, para ver que puedo resolverles.

   De nuevo a esperar, pero después de un rato la amable joven les hizo el favor de pasarlos al comedor y Ramiro le quedó muy agradecido.

--Se nos terminó el pollo y las hamburguesas, pero tenemos arroz blanco, frijoles negros y croquetas.

--Tráiganos eso mismo.

--Van a tomar cerveza?

--Sí, claro.

--Es una por persona, lo único que no están muy frías, pues tenemos la nevera rota.

   Llegó la comida y todo estuvo bien.

--Desean algo más?

--Aquí dice que hay flan y dulce con queso, queremos de todo esto.

--Lo siento pero solo me queda un flan.

--Tráigalo por favor y nos pone cuatro cucharitas.

   Llegó el flan que era del tamaño del platico de una tacita de café, y como bien llevados lo dividieron y tocaron aproximadamente una cucharadita cada uno.

   Salieron del restaurante y se sentaron una rato a escuchar la música y tomar el fresco mientras los muchachos bailaban y se divertían, hasta que Ramiro y Olga ya cansados se fueron a dormir. Entre el calor, los mosquitos que se colaron por la puerta que Olga dejó abierta por la tarde para que entrara fresco y la música alta, hicieron imposible que Ramiro pudiera pegar los ojos. Ya como a las dos de la mañana, llegaron los nietos a acostarse y nadie apagó la música. Olga se durmió porque estaba medio sorda, pero el pobre viejo salió al patio. Recorrió todos los rincones del lugar, todos los huéspedes se habían ido a dormir y la música seguía tan alta como cuando comenzó, se dirigió a la cabina donde estaban los equipos de audio, la puerta estaba cerrada y no se veía ni un alma. Tocó a la puerta, pero nadie contestó.

   Así dando vueltas de un lado a otro con la esperanza de que apareciera alguien que lo salvara de aquel tormento vio amanecer y miró su reloj, eran las seis de la mañana, cuando la puerta de la cabina de audio se abrió y se asomó el joven que ponía la música.

--Abuelo, que hace levantado tan temprano?

--No, hijo yo no me levanté ahora, es que no me he acostado, esa música no me deja dormir.

--Ah, lo siento es que me quedé dormido, y se me olvidó apagar el audio, pero  ya lo apago y usted se puede ir a dormir.

--Son cosas que pasan.

Fin

                                                                                       

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