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SEGUNDA PARTE

Aún hoy cuando lo imagino a Wilfredo muriendo bajo de mi cuerpo pese a que lo amaba mucho, me estremezco. Tal vez antes de morir el pollito gritó: Piiiiiiu piiiiiuu piiiiuu piiiiuuuu…Lo que en lenguaje de pollos quiere decir: “Apartate amarillo de mierda!!!!”, y claro, después me dirigió su último pensamiento pidiéndome que lo vengara. Ya no quiero hablar de Wilfredo…

Bueno, debo explicar cómo Wilfredo me volvió ateo.

La mañana en que encontré a Wilfredo aplanado en la cama, mi madre había vuelto a su empleo de enfermera y yo lloraba a moco tendido. Fue entonces cuando en la Tv escuché que empezaba uno de esos programas de la fe en el cual cientos de personas en vivo alababan a su divinidad y un tipo en mangas de camisa, agitando un libro negro, hablaba de vida eterna y otras cosas que en ese momento le hacían falta a Wilfredo. Entonces yo, un chico de siete años, aún creyente, levanté el cuerpo muerto del pollito y encima de un plato de plaqué lo puse delante del aparato de la Tv.

Con un fervor que no me conocía me sumé a los rezos de la gente en la Tv, supliqué a Dios para que reviva a Wilfredo, cerré los ojos con fuerza rogando por que volviera (a ratos abría yo un ojo para ver si ya me habían escuchado allá arriba y Wilfredito estaba de pie, mirándome con sus ojos de pollo niñito). Pero nada, el pollo seguía tendido, planito y aplastado como si fuera de juguete. Aún así, no caí en la desesperación (a estas alturas ya saben cómo acaba este relato, pero igual lo voy a terminar). Pensé que mis rezos no servían de nada porque Dios desde el cielo no podía ver a mi pollo por culpa del maldito techo del cuartito de alquiler donde mi vieja me dejaba encerrado cuando se iba a trabajar. Así que en el platito de plaqué en el que lo había puesto a Wilfredo, lo saqué por la ventana y lo puse en una mesa que había arrimada en la pared por el lado de afuera.

Allí lo vería la divinidad, que aguijoneada por mis súplicas inocentes, me haría el favor de darme bola. Seguí orando y al rato, ya no estaba el pollo. Asumí con alegría que éste ya se había levantado y estaba comiendo retoños de pasto en el patio de la casa, pero lo que había ocurrido era exactamente lo que ustedes están pensando: Un gato corría con Wilfredo en el hocico sin que yo pudiera hacer nada. Yo le había fallado a Wilfredo dos veces. Había prometido protegerlo, y lo había matado; lo tenía que resucitar, y más bien lo entregaba para que un gato se lo comiera como si fuera un animal muerto. Wilfredo no era un animal, era mi amigo.

Entonces me volví con rabia hacia la tele y violentamente cambié el canal en el que predicaban “la palabra” y lo dejé en uno que mostraba a Jerry corriendo por su vida mientras Tom estaba que lo alcanzaba.

Allí fue cuando me dije que si EL no podía revivir a un triste pollo niño por el pedido de un chico libre de todo mal (o sea, algo súper fácil ya que él era Dios pues), entonces yo no podía creer que él haya creado el universo. Aunque claro, tal vez como él había creado todo, y podía darse el lujo de ser bueno o ser malvado si le cantaba la voluntad, entonces bien podía no darle la gana de revivir al pollo. Pero yo fui intransigente, no habían excusas que valgan: Renuncié a EL de plano y me juré a mí mismo que por pura represalia a su intransigencia yo no le haría caso en eso de matar a mi madre. Y no lo hice. Creo que estamos a mano.

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