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Como un pubis vegetal, un tramo de selva se enclava en medio del desierto arenoso y tórrido de la llanura africana. Cruzando los límites imprecisos y notorios, demarcados por el verdor de las plantas y las palmeras, se extiende el sol que hacia lo lejos, recalienta el paisaje sin sombras. En esta parte, donde el mismo sol se filtra entre el follaje de un claro abierto por la mano del hombre, una sucesión de chozas de barro y paja se alinean al costado de un camino liso y seco que se pierde zigzagueante en el monte, como un complejo sendero de hormigas gigantes.

Hay revuelo entre los nativos, muchos están en estado de alerta; un nuevo suceso repetido a lo largo de la historia del hombre está por repetirse inexorable. En una de las chozas, los gemidos de una mujer y las voces de otras que ayudan en el parto, se mezclan con el silencio de los hombres que esperan afuera.               

Finalmente, un llanto infantil quiebra el silencio del monte y los pájaros vuelan asustados. La antigua voz de un ser humano hace alusión a su presencia. Ha nacido un niño, de ojos redondos como dos cerezas negras y un pelo ensortijado le modela el contorno de un cráneo de primate evolucionado.

La comadrona que ayuda a la parturienta se acerca al padre y le hace una seña silenciosa para que entre a reconocer al hijo. El hombre, con un manojo de ornamentos entre sus manos y las primitivas armas neolíticas que usó su propio padre, comienza a pasarlas por sobre la cabeza del recién nacido. Susurra unas palabras en lenguaje arcano y con un gesto de ojos elevados parece implorar al cielo no se sabe qué cosa. Desde una manta en el suelo, el niño agita los bracitos y estira las piernas de ámbar negro mientras pareciera que se despereza de un largo sueño.

Un nuevo gesto en la expresión indiferente del niño, consigue que los pocos presentes se miren y aprueben en silencio. Sin duda, confirman que es el anciano que ha reconocido sus utensilios de labranza y de guerra, corroborando así, que ha regresado al fin del largo viaje que separa a los vivos de los muertos.

El padre sale de la choza. Radiante y satisfecho grita a todos los habitantes de la selva que su padre ha reencarnado. Los escasos habitantes festejan, están contentos con el regreso del abuelo que un tiempo atrás se había ido, dejando su deshabitado cuerpo en el mundo de los restos. La esperanza renace, ha venido vestida con una nueva piel dentro del cuerpo del recién llegado. Ese ser que crecerá sin infancia, con la responsabilidad de su abuelo, intentando recordar su anterior vida para que todo siga como era entonces, cuando la muerte se le hizo ajena.

Aunque quizás a nuestros ojos occidentales sea injusta la propuesta, el niño no tendrá derecho a la inocencia; en su aprendizaje, los adultos tratarán de ayudarlo a recordar como era su mundo de entonces. Sin saberlo, se amamantará de los pechos de su nuera y su hijo, el actual jefe de la tribu, le dejará el trono que le pertenece, apenas recobre la memoria con los años.

Eduardo Arcuri Márquez

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