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Pero al fin podré vencerte
ave y rayo secular,
corazón, que de la muerte
nadie ha de hacerme dudar.
El rayo que no cesa
Miguel Hernández

El primero en llegar a paso ligero a la cumbre escarpada  fue Nicanor. Su cuerpo desgarbado, arrugado por los años, se doblaba como caña de bambú  agitada por un viento irracional, arriesgándolo a una caída vertiginosa, peligrosa para su débil  y cansado cuerpo. En la cima pronunciada no se vislumbraba  ni la más mínima sombra de un animal, ni un caballo; ni una solitaria cabra pastando el inexistente verde clorofila. 

El  terreno agonizaba árido y agreste sin posibilidad de reverdecer; de  un reaparecer de nuevo resurgiendo de sus cenizas.  Con el suelo arruinado, sólo revestido de algunas rocas redondeadas y de crestas escarpadas, alguna vegetación espontánea desafiaba la falta de agua. Esta se adaptaba a sobrevivir con su camuflaje bajo y áspero, comiendo los restos de los muertos acumulados.

El único habitante perdido en este infernal desierto era Nicanor, exceptuando el cardenal rojo que le acompañaba.  La pequeña y solitaria ave reclamaba la atención de Nicanor con su sublime canto. Revoloteaba encima de él  describiendo círculos perfectamente  concéntricos y señalándolo como una posible  diana, para que  los expertos cazadores pudieran acertar de lleno en su tiro mortal.  Su plumaje rojo intenso y su máscara negra desde los ojos al cuello, con su alta cresta, recordaba a Nicanor  los ancestrales ritos de chamanismo. La miró  con pavor esperando en cualquier momento su transformación en el temido y odiado don Florentino. La metamorfosis de una criatura paradójica y sobrenatural en otra codiciosa, que le traicionó y engañó... Y le parecía vislumbrar su dedo interminable e inmortal señalándole con alevosía, buscando su perdición, negándole la salvación.

Nicanor volvió la cabeza atrás, olfateando el aire en busca de un rastro humano, afrontando que la temida maldad le pudiera alcanzar. Sus ojos desorbitados se movían violentamente; casi fuera de sus esferas hipnotizadas.

Dio un traspié con su pie derecho. Su blanco tenis, sucio por el uso quedó igualmente marcado por la piedra afilada, que le laceró como si de una navaja se tratara. Retornó la  mirada extraviada a su  espalda, pero no divisó a nadie.”Tal vez los había perdido,  tal vez me habían perdido”, pensó esperanzado Nicanor.

Un rayo iluminó el cielo espantando al huidizo pájaro. El ruido ensordecedor de un trueno retumbó poco después, inyectando de  temor  al endeble corazón de Nicanor. Este llevó su mano derecha al bolsillo del pantalón buscando un cigarro en un intento de serenarse, de olvidarse del reloj., ese maldito reloj y la tormenta; el pueblo y de sus furibundos perseguidores. Pero este se encontraba vacío.

Precisaba  buscar un refugio resguardado para protegerme de este temporal. . Me inspiraba respeto las tormentas  y no era la primera vez que soñaba que un relámpago mortífero me alcanzaba, como un gusano de fuego bailando, retorciéndose  con una melodía sorda a los oídos ajenos.

En mi cerebro retumbaba una voz cansada que me repetía: << Nicanor, debes de ser bueno, sino Dios te castigará…>> Y aquí estaba Dios castigándome, en medio de la nada.

 ¿Qué he hecho de malo? Vosotros no lo sabéis, pero queréis saberlo…Lo he confesado, así que estoy perdonado. Pagué mi pecado con cinco avemarías, y tres padrenuestros. Y ahora pensándolo bien, por una simple tentación, con una penitencia más pequeña  me hubiera sobrado…. Lo confesé buscando una absolución, un  perdón para mi mente torturada ,un  olvido de mismo… pero este no llegó, como tampoco consigue nacer un esqueje de hierba que crezca vigoroso  en esta zona desértica, alejada de la mano de Dios, obligada a sobrevivir en este infierno dantesco olvidado de todos  excepto de mis implacables y despiadados depredadores.

¡No quería robar! El séptimo mandamientos es no robarás…pero el reloj resplandecía y me atraía con una fascinación fatídica… La muñeca enseñaba con desvergüenza la joya invitando a cogerla. Una mano pequeña, con unas uñas arregladas pintadas de rosa claro. Miré su cara ovalada, con unos coloretes sombreados en exceso, y una boca perfilada en marrón, con un simple brillo en sus labios regordetes. Entablé conversación:

 -¿Tiene hora? -¿Que mejor forma de iniciación que ir directamente al asunto?

-Son las cuatro, contestó Daniela, sonriente los ojos y con una voz suave que resaltaba su juventud.

-¡Bonito reloj! ¿En que joyería lo compró? quisiera hacer un regalo…

- No lo sé, me lo regalaron- indicó la muchacha con timidez.

Quería tocar esa mano, para estar más cerca del reloj, que me llamaba con su brillo dorado. De esta  joven no recuerdo nada más…

¡Luego vinieron con el cuento de que la había asesinado! ¡Que le había robado su reloj! Yo había confesado que me atraía el reloj.  Lo confesé y pagué.  Ahora me culpan de su muerte, una muerte inocente. Y en este momento me persiguen. Inocencia que no puedo demostrar, el cura ha declarado que lo he confesado, y esta tormenta viene a atormentarme.

 

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