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Llevaba planeando este viaje desde hacía meses; era la primera vez que iba a bucear y estaba emocionado, aunque no podía decir que la idea de sumergirme en el mar, con la vida pendiendo de un tanque de oxígeno me atrajera del todo. Por fin estaba en la sala de espera listo para abordar el avión que me llevaría a Cartagena. Mientras pasaban esos últimos minutos, como siempre en cámara lenta, aparecían en mi mente algunos incidentes que me habían sucedido antes del viaje, y que si fuera supersticioso, hubieran podido interpretarse como una advertencia para no realizarlo.

Mientras pensaba en ello, mi atención fue atrapada por una hermosa mujer que se sentó unos metros delante mío. Parecía extranjera; tenía puestos unos zapatos negros abiertos de tacón corto, y llevaba una minifalda negra que dejaba al descubierto unas hermosas piernas de piel bronceada y suave. Llevaba puesta una blusa blanca sin mangas y un saco de cachemir color tabaco que cubría sus hombros. Es curioso, pero por esas épocas siempre que salía de viaje solo tenía la ilusión del típico “idilio de verano”, así que observaba a las mujeres que viajaban conmigo buscando a la que podría ser la posible “coprotagonista” y en este caso esta mujer cumplía con todos los requisitos. Obviamente, después de unos segundos, aterrizaba y dejaba de divagar pensando en pendejadas, ocupándome de cualquier otra cosa. En este caso no fue distinto y me puse a revisar si la fecha de regreso del tiquete estaba correcta, si llevaba suficiente efectivo, etc, etc. Esta vez la distracción me salió cara, porque cuando alcé la mirada unos segundos después, ella ya no estaba;  miré para un lado y para otro, pero no había dejado rastro alguno; había desaparecido como un espejismo. En esos instantes llamaron  a abordar y me quedé esperando con la intención de ver si la encontraba en aquella fila que se me presentaba interminable. Aunque esperé hasta último momento, nunca apareció.

El avión iba totalmente lleno, pero la fila en la que yo viajaba estaba desocupada, cosa que me alegró la existencia, y más, sabiendo que había sido el último pasajero en abordar. Pocas cosas se pueden comparar con tener la suerte de viajar en clase turista con tres puestos a disposición de uno. Mientras acomodaba mi equipaje de mano, súbitamente escuché una voz que me pedía permiso para dejarle pasar. “Se me acabó la dicha” pensé, pero al voltearme me topé con mi “espejismo” de la sala de espera. No podía creer la suerte que tenía, con más de 100 sillas en el avión y precisamente la mujer que tanto me había atraído estaba sentada en mi misma fila, y entre nosotros, la única silla desocupada del avión. Al sentarnos nos miramos como quien no quiere la cosa, cruzamos una corta y sutil sonrisa, para luego ocuparnos cada uno de nuestros asuntos.

Miré por la ventana mientras pensaba en una buena manera de entablar conversación, pero no se me ocurría nada; estaba hecho un manojo de nervios. Nunca se me había hecho fácil hablarle a una desconocida y admiraba a los hombres que tenían esa facilidad innata para romper el hielo. Me recriminaba por mi poca creatividad,  más sin embargo en el fondo lo que pasaba era que no soportaba mi falta de coraje para dirigirme a ella sin prevención alguna. El problema era que mi frágil ego no podía aguantar el rechazo, por lo cual había dejado escurrir de entre los dedos más de una oportunidad de conocer a la “mujer de mi vida”. Aunque sabía que realmente eso no era así, y que al fin y al cabo cruzar algunas palabras no tenía por lo general mayor problema, con dificultad me sacudía y hacía de tripas corazón para decir cualquier cosa. Creo que más bien mi tara residía en querer parecer inteligente, mientras que tal vez lo que más importa en esas situaciones es sonar divertido.

Al decolar, el avión se movió más de la cuenta, lo cual me sirvió para hacer un comentario suelto acerca de lo horrible que se sentía cuando los aviones se “estremecían” de aquella manera. Ella me miró y con cara de terror asintió con la cabeza, para luego contarme el terrible vuelo que le había tocado vivir hacía un par de días viniendo de Europa. A partir de ahí tuvimos una conversación muy animada hasta llegar a nuestro destino. Era una mujer de risa fácil y buen sentido del humor; se le notaba el mundo que había vivido pero también cierto provincialismo del cual no se había podido desprender del todo. 

Estuvimos tan entretenidos hablando que nos sorprendió lo rápido que llegamos a nuestro destino. Una vez pisamos tierra todo cambió; ambos caminamos pensativos sin cruzar palabra hasta el lugar dónde se recogen las maletas. Mientras estábamos en esas, ella me comentó que iba a pasar esos días de fin de año con su familia y su novio, noticia que me cayó como un baldado de agua fría. “Era demasiado bueno para ser verdad” me dije. Luego ella me preguntó que con quien iba a pasar Navidad, a lo cual le respondí que por el momento no tenía planes, y que lo más probable era que lo hiciera solo. Ella replicó diciéndome que eso no podía ser, y que me invitaba a casa de sus padres a cenar esa noche. Al principio pensé que lo había dicho por pura cortesía, pero una vez recogimos las maletas y salimos del terminal, me dio su número telefónico y me dijo que la llamara sin falta para ir en Nochebuena a su casa.

Estuve durante un par de días buceando sin volver a pensar en nada de lo que había pasado durante el viaje. El 24 regresé a las 5p.m. a Cartagena con la sola idea de descansar. Pero sólo fue que pusiera un pie en tierra para que me asaltaran un montón de dudas. ¿Será que me invitó por pura cortesía? ¿Será que llamo y me disculpo de ir con cualquier pretexto y así la libero de un compromiso tan incómodo? ¿Será que voy? ¿Será que simplemente no me aparezco y punto? Para cada pregunta se me ocurrían mil respuestas, así que después de darle muchas vueltas en la cabeza al asunto, decidí que llamaría y me disculparía, ya que, como dicen por ahí, “lo cortés no quita lo valiente”. Al fin y al cabo las reuniones familiares siempre me habían parecido inmamables y no me imaginaba cenando la noche de Navidad con una familia desconocida y con el novio de “mi levante” haciéndome cara de puño todo el tiempo.

Me recosté con la idea de dormir un rato pero estaba tan cansado que cuando abrí el ojo ya eran las 8:30p.m., y no había tenido aún la decencia de llamar a disculparme. Tomé el teléfono y marqué el número que Silvana me había dado; me contestó una señora que me dijo que Silvana no estaba pero que volvía en unos minutos. Enseguida me comentó que ella era la madre de Silvana y me solicitó muy amablemente que dejara el mensaje, a lo cual le respondí pidiéndole que le dijera que Esteban la había llamado y que por favor me devolviera la llamada tan pronto regresara. Cual no sería mi sorpresa cuando me dijo que Silvana les había dicho que yo iría a cenar y que me estaban esperando. Quedé tan estupefacto que lo único que atiné a decir fue que estaba un poco retrasado pero que ya iba para allá. Al colgar caí en cuenta de lo que había hecho y me recriminé por la manera en que había actuado, pero ¿cómo me iba a negar ante tanta amabilidad?

Me alisté tan rápido como pude y bajé cual ráfaga de viento al lobby del hotel donde tomé un taxi. Tardó únicamente 15 minutos en llegar al Centro Histórico, pero había sido tanto el afán que sólo caí en cuenta de que no había llevado un detalle cuando estaba llamando a la puerta. - ¡De malas! Me hago el bobo y ya. - me dije mientras esperaba. Al abrirse la puerta apareció Silvana enfundada en un vestido negro enterizo que le sentaba de maravilla, dejándome casi sin respiración. Me invitó a seguir y subimos a la terraza. Me sorprendí al ver que únicamente estaban sus padres y una persona invitada, pero ni rastro del novio. Todo indicaba que ya habían cenado, puesto que estaban comiendo una torta en ese momento. Cené un poco a disgusto, ya que me sirvieron pernil de cerdo y por esa época estaba en la onda del vegetarianismo extremo, pero ante la situación, ni manera de negarme, así  que hice de tripas corazón y me lo comí. En todo caso fue un rato entretenido, aunque algo angustioso, ya que no sabía en qué momento el dichoso novio se iba a aparecer, pero tampoco me atrevía a preguntar nada en ese sentido. Luego de un rato sonó el teléfono y Silvana se apresuró a contestarlo; no hice más que parar oreja y a través de la conversación me enteré de que el hombre estaba en Santa Marta con su familia y, además, pude darme cuenta de que estaban peleando. A los pocos minutos la otra persona invitada se retiró y los padres comentaron su deseo de ir a dormir. Eran apenas las 11:00p.m., así que Silvana y yo decidimos salir a dar una vuelta a ver cómo estaba el ambiente de la ciudad, y la verdad fue esa, porque empezamos a caminar sin rumbo determinado.

Mientras andábamos, íbamos conversando sobre cualquier tema y, como quien no quiere la cosa, terminamos en la Plaza de Santo Domingo. Nos sentamos en una mesa y pedimos una botella de vino tinto. Hablamos de mil cosas, de lo divino y lo humano, pero en realidad lo que estaba dándose en esa  mesa era un juego de “fina” coquetería; una mirada, un roce, una sonrisa, un comentario suelto… Así estuvimos hasta las 2 de la mañana, momento en el cual se terminó el vino. En ese instante nos miramos fijamente a los ojos, esperando cada uno la reacción del otro, y yo decidí jugármela insinuando que pidiéramos media botella más. Ella dudó por unos segundos, pero finalmente prefirió que nos trajeran la cuenta. Pagamos y la acompañé hasta su casa.

En la puerta hice un último intento invitándola a pasear por la playa, a lo cual respondió:

-   Me encantaría, pero no debo. –

Hice un gesto de conformidad y nos despedimos con melancolía por aquello que deseábamos pero que no podía ser. El beso de despedida demostró todo lo que había sucedido aquella noche, porque mientras se acercaban nuestros rostros, nos miramos a los ojos y en el instante previo a que nuestros labios se tocaran, ella hizo un leve movimiento de cabeza, haciendo que nos besáramos en la mejilla, aunque rozándonos deliciosamente la comisura de los labios. Inmediatamente ella se perdió tras una hermosa puerta de madera maciza y yo tomé un taxi que me llevaría directamente al hotel donde me alojaba.

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