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Esa vez no pude frenar mi mano, la que casi al descuido descansé sobre el muslo de Inés. Noté el brillo de sus ojos negros y su lengua que, nerviosa, se paseaba por sus labios carnosos y sus comisuras, como intentando lamer los restos de algún alimento. Me levanté de la mesa de su casa y salí al traspatio. Me adentré un poco en el sembradío de caña, y esperé.

Desde donde me encontraba la vi traspasar la puerta y volver su rostro de un lado al otro. Apresuradamente sus pasos se dirigieron hacia donde sabía que me encontraba: aunque el sol estaba en lo alto, y la luz era tan intensa como puede serlo a las doce del día, los juncos de la caña nos protegían de posibles miradas desde la casa. No teníamos mucho tiempo, por lo que nuestras bocas se unieron ansiosamente y pude comprobar, una vez más, que sus labios eran más dulces que la caña. Apenas mi mano bajó por sus nalgas y la sentí temblar. Tímidamente pasó un dedo por la cresta de mis senos que asomaban por el escote y logró que la mitad de mi pecho derecho saliera del sostén. La yema de su dedo tocó mi pezón achocolatado, y este se espigó, acercó su boca y sustituyó su dedo con la humedad de su lengua y, luego, con la parte interna de sus labios. Mi pecho subía y bajaba entre jadeos sutiles, y yo misma alcé mi falda y llevé su mano entre mis piernas. Me estorbaban las bragas que ya sentía húmedas. Restregué mi sexo contra su mano, e Inés la retiró. La miré alejarse mientras me punzaban las entrañas.

El huapango suena con sus requintos largos, y el vuelo blanco de los vestidos ondea al ritmo del zapateo. Las piernas de Inés de María apenas asoman bajo las enaguas del vestido, pero en los giros completos y seguidos los volantes se elevan hasta dejar al descubierto parte de sus turgentes muslos envueltos por los encajes de los blumers.

Sus ojos negros parecen tener estrellas, y su juventud grita en el quiebre de su cintura. Soy un par de años mayor que ella, pero no tengo su misma frescura ni su mueca adorablemente infantil, a veces luce tan joven como una adolescente.

Son las fiestas dedicadas a San Juan Bautista que cada mes de junio festejamos en Tamazunchale. Fue la primera vez que desee abrazarla, cuando ya había dado a luz a su primer hijo.

Por casualidad la encontré en aquél afluente del Moctezuma, después de días y noches de seguirla con la mirada cuando iba al mercado, o cuando la miraba salir los domingos por la mañana de la iglesia. Con eso me conformé durante años, pero aquella mañana en que se me había antojado un chapuzón en el río la vi llegar cuando me encontraba en el agua. Me saludó con la mano y se quitó el vestido, y así, en ropa interior, subió ágilmente por entre las ramas de un árbol, para equilibrarse y lanzarse en un clavado casi perfecto desde la rama más alta. Nadando llegó hasta mí. Parecía una chiquilla y no la madre de los dos hijos que para entonces ya tenía. Su belleza morena resaltaba entre el verde claro del agua. Desde entonces, cada semana volvía al río y ahí estaba ella. Por eso, y por algo que emitía su lenguaje corporal, fue que me animé a besarla por vez primera. Comprobé, entonces, que mis temores de rechazo fueron infundados: Inés de María respondió a mi beso como soñé durante muchas noches que lo haría.

Una mañana que habíamos acordado encontrarnos en el río, Inés no llegó. Tampoco se presentó al día siguiente, ni al siguiente. Escuché rumores de que Gilberto, su marido, le había propinado una golpiza. Los chismes corren rápido en un pueblo como Tamazunchale: pronto todo el pueblo comentaba que porque era frígida. La indignación y el coraje me revolvieron el estómago. ¡Cómo se atrevían a hablar así de ella! ¿Qué podían saber ellos? Yo la había sentido temblar de deseo entre mis brazos. Muchas veces le pedí que nos fuéramos de ahí, pero nunca pude convencerla.

Cuando sanó de los golpes reanudamos nuestras citas, de manera apresurada, como siempre. Fueron muchos años de encontrarnos a escondidas. Nos apañamos para que yo pudiera entrar a su casa de vez en cuando. Inés le decía a Gilberto que se aburría, y él le había dado permiso para invitar a sus amigas ocasionalmente. Algunas veces Gilberto nos encontró con alguna costura en las manos a la que nunca dimos más de tres o cuatro puntadas. Algunas otras, acompañábamos a los muchachos a pasear al kiosco, mientras ellos se divertían como correspondía a su edad, nosotras nos conformábamos con sentarnos juntas en alguna banca de la plaza bajo la sombra de los nogales, o a alguna mesa de la refresquería del pueblo a beber café. Nadie dudaba de mi honorabilidad, pues a mis casi cincuenta años, todos dan por hecho que soy una solterona respetable.

La semana próxima vuelven a celebrarse las fiestas de San Juan Bautista; no es que sienta especial atracción por estas, pero no puedo olvidar que fue en una de esas celebraciones en la que quedé prendada de la belleza de Inés de María. ¡Cuántos años han pasado! Pronto cumpliré sesenta. Si Inés viviera, tendría apenas dos años menos que yo. De vez en cuando me encuentro con sus hijos: Juan Gilberto ya está casado, y su hermana, Amelia, se ha metido de monja.

Inés fue mi único amor. Aún ahora, mis sueños le pertenecen. Aún ahora, sigo deseándola como cuando la miré bailando al ritmo del huapango. Nunca pude poseerla como hubiera querido. Pobre Inés, su martirio fue tener que soportar al bruto de Gilberto. Aparentando, fingiendo y, muriendo golpeada e insatisfecha.

Y el mío, haberla gozado siempre a medias…

Tras haber matado en la última golpiza a Inés de María, se escucharon rumores de que Gilberto se había emborrachado tanto, que se resbaló en uno de los barrancos.

Yo sé que no fue así.

 

Issa Martínez Ll.
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