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Corre el año 1700. A las afueras de París, en un pueblo trabajador y sembrador, un vagabundo corre como loco, escondiéndose entre la gente del mercado callejero, mientras tropieza con carretas de cebolla, canastos de fruta, y plantas medicinales. Mira atrás con desespero de persecución, y los ojos desorbitados Como caballo desbocado, seguía sin rumbo alguno cruzando el mercado. Luego de un rato de estar huyendo, habiendo esforzado demasiado sus pequeñas y flacas piernas, cae frente a la puerta de madera de la casa de Theo Bastidas. Muy conocido y popular, por ser un hombre de clase media en este lugar con comodidades que no todos poseen, en una París decadente y miserable.

-- ¿Hombre qué te pasa? ¿Estás loco? (Pregunta Theo), al salir después de escuchar el estruendo en la entrada de la casa.

-- Ayúdeme buen hombre- (Contesta agitado y desesperado el vagabundo), mientras saca de su chaqueta de pordiosero una botella verde, con algo de barro a su alrededor, ya sin etiqueta de lo golpeada.

--Deme algo de dinero por este objeto señor, ¡se lo suplico!-

--¡Vete de acá! Obstruyes el pasó.- Contesta Theo con voz recia.  

-- Sé que parece algo vieja, pero en su interior hay mucho PODER!  tanto! que puede cambiar su vida.! No habrá obstáculos para sus propósitos. (contesta el vagabundo) pero si la pierde! Todo lo que posee lo perderá.-

-- No hombre, yo no necesito baratijas me es suficiente con las que tengo.

-- Por favor, ayúdeme Señor.

-- ¡Está bien, está bien!.  Te daré algo. Dice el hombre entrando en la casa. Luego de  regresar con dos libras (2 monedas) -- ¿y el Vagabundo?  ¿qué se ha hecho? ¿dónde está? ¿No recibió las monedas y dejó su botella vieja?

El vagabundo nunca volvió. Desapareció como la llegada del viento en una mañana de abril. Pasó algún tiempo de no saber de él.  

Theo coloca la botella en la alacena, la mira por un momento sin quitar el corcho. Y a su mente llegan todas las palabras e imágenes del vagabundo. Theo comenzó a notar que todo había mejorado en los negocios, y en su vida, todo lo que deseaba lo lograba y mucho más. Pensó: es el poder de la botella todo lo que dijo el mendigo es ¡cierto!.  

Todos los días abría la alacena, tomaba la botella en sus manos por un momento, acariciándola suavemente y la volvía a su lugar. Tiempo después llegan unos familiares de su esposa, mientras  Theo no estaba en casa por sus ocupaciones.  Al llegar en la tarde, encuentra el pequeño festín de su mujer, riendo, y celebrando con copas. Esta lo recibe muy cariñosa y le dice: cariño gracias por el vino que dejaste en la alacena, está muy delicioso!. Muy considerado de tu parte.   

Los ojos de Theo quedan desorbitados, mientras escucha a su mujer.   

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