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Minuto cuarenta y cuatro, segundo tiempo. El cuarto juez, con el fuliginoso uniforme, víctima de la exaltación amante del deporte rey, reveló la codiciada paleta que, azarosa, escupió el tiempo de reposición, un minuto.

¡Un mísero minuto y nosotros perdiendo! Le dije al anónimo entusiasta del lado que vestía una casaca igual de bella a la mía ¡Juez barato! Grité desde el gallinero.

Lo que olvidábamos los fanáticos entrañables como yo, por recelo al fiasco, era la presencia de la gacela en el césped, de la bomba central hacia arriba, el arma infalible que nos haría alzar la copa. La gacela era el héroe que nos había revivido todas las esperanzas para este campeonato, luego de más de veinte años ganándonos sólo derrotas.

Lo vi, sigiloso, desplegarse por el margen derecho, haciendo honor a su legendario alias. Gracias a mi virtuosa periferia visual, debido al deporte contemplado desde siempre, percibí a la vez, una señal del cielo, despejado, para celebrar nuestro regreso a la gloria. El mota valencia, aguantaba la pecosa, en el punto medio al tiempo que mi gacela se perfilaba.

¡Si! Dije sin temor al error, persiguiendo mi intuición ¡En esta sí es gacelita linda! Rugí por mi ímpetu de rumiar el alza de la copa nuevamente luego de tanto sufrir ¡Vaya, vaya, suya es!

Todos nos pusimos de pie con la parada de pecho para dormirla en sus coloridos botines y con el quite que superó al último defensor auto habilitándose, para quedar mano a mano con el arquero larguirucho que, justo ése día no dejaba pasar nada.

¡Pecho! ¡Taquito! Grité asombrado.

Todos en posición. El manos largas y mi gacela, los trapos prestos a ondearse por el tanto, y yo, enmudecido, vaticinando el gol del astro para igualar el compromiso. Con un regate glorioso, dejó rezagado al arquerito y.

¡Penal! ¡Penalti, aquí y en China juez!

El árbitro escuchó mi orden y como nunca más acertado, señaló el punto medio de las cinco con cincuenta con su delicioso brazo derecho, mientras tronaba su pito haciendo enarbolar las banderas como si se hubiera ganado el trofeo, tras la colgada del tobillo de la gacela por parte del vencido guardameta, evitando la anotación.

El corazón se me salía del estadio. Todo mi amor y devoción a esos once gladiadores y a ese escudo que colgaba galante en mi corazón, parecía haber dado fruto y yo estaba por darle una mordida, saciando mi sed de estrella.

La gacela pidió el balón y lo enterró en el punto penal mientras le dibujaba una arqueada cruz encima. Tozudo, se impulsó sólo un paso, demostrando la casta de pateador de penales. Se clavaron por ultima vez las miradas, libero y atacante, ignorando a los setenta mil sin aire, antes del anuncio del juez para emitir el cañonazo. El tiempo se estancó mientras la gacela dio el paso. Los únicos seres en el estadio eran ellos dos, frente a frente dos héroes, uno por dar esperanza y otro por dar gloria.

Todavía me latía el corazón cuando nuestro artillero preferido pateó la esférica, con elegancia certera, con estilo de astro, como sólo él la tenía. Se me detuvo cuando, mi artillero, botó el cuero por encima del travesaño, haciendo levantar las manos del golero triunfante y las de otros tantos.

¡No, porque a mi! ¡Antílope barato! Era lo único que podía escupir por la mezcolanza de sabores que me agitaban el alma. ¡Ése penal lo mete una sirvienta con el trapero, mirando novelas! Mi gacela, había regalado el torneo miserablemente.

Creo que me revivió nuevamente, al pitar del arbitro, ahora señalando con las dos manos el punto central, seguido del crepitar de las gentes eufóricas, que se tomaron el templo, entre quienes me combiné pérfido, con los ganadores que buscaban, luego de derrumbar las barreras entre la silletería y el césped, a sus jugadores preferidos, ahora campeones, ahora flotantes entre la gloria y la tierra. Mi reflexión inicial, fue ir a su encuentro, decirle, Gacela, por qué, por qué a mí, el más enamorado del uniforme y de las ganas de levantar la copa, el más, estoy seguro, endeudado para venir a acompañar sin penas ni rencores a mis once del alma, por qué, por qué si las velas encendidas a cada uno de mis santos tendría un día que dar fruto, decirle que tal vez no llegaría al otro año para verlos campeones, por la enfermedad que me atormentaba cada día más.

Sólo unos metros nos separaban ya. La gacela y yo, para saldar cuentas, en medio de la confusión de personas corriendo de aquí para allá, nos vimos las caras. La gacela y yo, lo que había soñado desde que lo conocí, jurando tenerlo en frente mío. Luego de verlo indefenso ante mi embestida, camino hacia él, me lancé contra su humanidad y me transforme.

Desde donde cavilé todo eso, desde mi escalinata preferida para verlos perder, desde donde vi salir el balón por encima del palo, se veía cada vez, inevitablemente, más pequeña mi gacela, entrando a los camerinos, con la mirada clavada en el botín que lo hizo fallar, ése mismo que hubiera querido yo, con mala suerte y todo, qué más da, autografiado.

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