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No era nuevo para nadie ver la estatua de cemento aferrada al Parque de la Luz, con la piel serena y gris, y una silueta delineada en trazos de carboncillo, nada torpes para ser tan estáticos como la mirada reveladora en su rostro inmóvil y sus labios impávidos a punto de sonrisa.  Moldeada por las manos de un artista sin nombre que quizá la había hecho a imagen y semejanza de su amada, en una época en la que así eran los amores, sublimes e imperecederos como lo pretendía la mujer de cemento.


Pero todo era nuevo para Acevedo quien había llegado horas atrás a la ciudad y con dificultad se las arreglaba para caminar hasta el parque esa tarde amena; repleta de cabezas colándose a empujones sólo por permanecer dentro de la circunferencia del parque, como si sus existencias se hicieran más interesantes por el sólo hecho de haber atravesado aquel espacio lleno de árboles y banquitas.


Acevedo cojeaba con tal parcimonia que parecía divertirse en medio del desorden de la muchedumbre.   Era día de feria y varios vendedores se habían estacionado en distintos puntos del parque.   Así que Acevedo optó, como casi siempre, por ir en contra de todos, y llegó agitado hasta el centro, donde varios niños giraban alrededor de la estatua, cuyo cabello revoloteando, al parecer movido por una brisa suave e invisible, se veía mucho más oscuro que el resto del cuerpo.  Su vestido largo hondeaba con asombroso movimiento irregular, en la imaginación de aquellos que sabían verla; como Acevedo que se había quedado deslumbrado por su opaca belleza.  Casi enternecido por sus ojos que amenazaban con mirarlo cada vez que osaba ponerlos a prueba ladeando la cabeza para llamar su atención.  Era él quien había imaginado que lo estaba mirando y no ella quien le dedicaba sus ojos ni siquiera por un segundo, o al menos eso tenía él casi por seguro; ya que acostumbraba dejarse llevar por un lapso inconsciente de ensoñaciones difusas y controvertidas como la que un día le hizo creer que le habían salido alas, y hasta fue a mirárselas en el espejo perturbado por tan increíble fenómeno.


Ningún transeúnte reparó en el interés de Acevedo por la mujer de cemento.  Tenía a caso la intención de grabarse muy bien su rostro?   O era su pretensión identificar a la delicada figura para reconocerla?   O estaba tal vez estudiando la técnica empleada por el escultor?


De un misterioso encantamiento se había apegado Acevedo.  Cojeando fue hasta una de las bancas y se sentó a seguir observándola una, dos y tres horas.


Durante toda su corta vida el joven se había propuesto nunca enamorarse; puesto que de lejanos recuerdos, todos malos, estaba compuesta su idea del amor, para él era claro que jamás tendrían lugar en la estrechez de su pecho esos sentimientos que atormentan y sólo sirven para intoxicar la existencia con pretensiones trascendentales y del tipo irreal.  En otras palabras, Acevedo quería evitar entregar su tranquilidad a un espécimen femenino (tampoco lo haría con uno masculino, claro está).   Ya bastantes vueltas le había dado al tema, y por eso en varias ocasiones se curaba en salud alejándose de las pueblerinas enfaldadas de su temprana adolescencia o tratando de ocuparse de asuntos menos riesgosos para su imperfecta felicidad.


Por supuesto en ninguna de sus reglas de oro para evadir el instinto afectivo que le era innato, había tomado en consideración la posibilidad de enamorarse de una estatua.  A estos objetos inanimados se les podía acercar sin ningún temor, podía incluso tocarlos y apreciarlos con todo el detenimiento que fuera menester.  


Así que Acevedo pasó varios días de poco sueño, mucho trabajo y ambiguos, pero ciertos sentimientos de admiración por la estatua a la que cada vez tenía más definida como una construcción inspiradora.  Caída la tarde salía a detallar sus formas y por la noche los rasgos de su rostro insistían en quedarse a pernoctar con él, y su consabido insomnio que le había dotado de unas ojeras incondicionales y ya propias de su fisonomía.  Al igual que al amanecer la idea de encontrarla en el centro del parque hacía insignificante la tentación de seguir durmiendo.


Un Domingo despreció Acevedo el exquisito placer de quedarse hundido en su cama tras el fastidioso estrépito de las alarmas que provenían de los distintos cuartos de la posada, y sin el menor titubeo se deslizó de la cama para alistarse a salir, aún cuando no era día de trabajo.


Tan fría estaba la mañana, que al salir Acevedo tuvo que volver por saco y bufanda para evitar escarcharse con el sereno helado que abundaba en el aire.  Con los brazos cruzados como si pretendiese abrazarse a sí mismo avanzó de manera desigual en dirección al parque.   Un par de cuadras antes de llegar ensayó su primera mirada sobre la mujer de cemento que blanqueaba borrosa por la neblina anclada a sus pies.  Conforme se iba acercando Acevedo intentó ensanchar el abdomen para tomar aire y alentarse, pero percibió una novedosa emoción en el estómago, sólo comparable a la fatiga; parecida también al miedo de pasar al tablero en clase de Física y Geografía.  La estatua se iba aclarando más y más, y el latir del músculo en su pecho ya no se podía disimular.  Las calles no sólo vacías, sino también mudas, le parecían intimidantes, y por primera vez evitó los ojos de la imponente figura de pavimento.


Un pálpito insoportable aquejó todo su ser.  Quiso dar media vuelta y abandonar su obsesión delirante, pero el impulso interior era más fuerte que sus ganas de olvidarlo todo.  Llegó hasta el centro del parque donde ella permanecía más fiel que nunca a su belleza escultural, tan frágil y tan dura a la vez; pero sobretodo tan inmóvil, que bien podía ser la roca impermeable en la playa donde Acevedo creció, para la que nunca tuvo el menor reconocimiento.

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