- Que tienen una manera distinta que querer. ¿Cómo te llamas?
- Karla.
- Yo soy Andrés Acevedo.
Karla era una mujer un tanto robusta, su rostro era encantador. De tez blanca. Dos hoyuelos graciosísimos aparecían en sus mejillas cuando se reía, su espontaneidad inspiraba confianza.
Mientras ella se daba una vuelta por el almacén instalándose finalmente por la sección de Pop; Acevedo moría de ganas por saber de la estatua, de su inmortal belleza, que a pesar de los límites expresivos del cemento, estaba más viva que nunca en su recuerdo. Su afán por alejarse de ella tenía su fin allí mismo, al ver su foto en esa casualidad de casualidades, aunque más bien parecía el destino. La joven volvió al mostrador con un disco que era la banda sonora de una película romántica.
- ¿Lo quieres escuchar? -, adivinó Acevedo.
- Si.
- ¿Y tu vives con tu madre? -, se atrevió por fin a preguntar, mientras empezaba a sonar una impactante sinfonía de violines.
- Ella cumplió tres años de fallecida.
- Lo siento mucho… -. Su rostro se debió ver bastante decaído después de la noticia, pues la chica trató de reanimarlo con una risita melancólica, como intentando hacerle ver que todo estaba bien.
- ¿Con quién vives?
- Mi padre y dos hermanas.
- Son tres hermanas… - lo dijo para sí mismo.
- Si, somos tres. Por favor déjame escuchar la 7.
- Claro -, pensó que de alguna forma estaba comprometido con Karla; tal vez más que comprometido, estaba ligado a ella. Aunque se sintió tonto por haberse enamorado de una estatua, de la estatua de una mujer fallecida. - He visto la estatua varias veces y me parece impresionante -.
- Si, mi madre era lindísima, y tenía muchos pretendientes -, volvieron los hoyuelos.
- ¿Cómo era?
- Linda. Muy buena, nos quería mucho, las cuatro nos peinábamos igual, porque ella tenía el cabello muy largo, nos hacía a mi y a mis hermanas una trenza sólo en la parte de arriba. Aquí, como una balaca.
- Y sus ojos, ¿eran verdes como los tuyos?
- No, no… ella tenía ojos oscuros, tal vez negros como el cabello.
Acevedo estaba haciendo muchas preguntas. Pero tenía ganas de saberlo todo, para correr a verla después de varios meses, tener que decirle que estaba escapando de su asediante mirada, que después de todo sí era negra, y después de todo era real. Para él era dolorosamente irreal… Tal vez ese destiempo de amarla era sólo un escape, ya que sabía que era imposible podía desfogar sus sentimientos en una mujer de cemento.




