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Será esto un castigo?  Tuvo Acevedo un afán premonitorio por saber cómo sería su vida junto a ella, qué miserable suerte le esperaba hechizado por los ojos sin vida de una estatua, por sus labios paralizantes y su rígido encanto natural.  De tanto que quiso estar exento de amar, vino a inundarse la sequía con un torrente parecido a la vertiente principal del océano Atlántico, que llegaba sin aviso a su pueblo natal no importando el tener que arrasarlo en segundos.  Con toda la furia de las aguas que de niño lo asustaban, llegaba a reventarle las entrañas este amor imposible, como si el mismo Eros indignado y fuera de sí, hubiera arremetido contra él refutando su vano intento por desterrar de su vida los encantos del amor.


Acevedo tomó asiento y sintió un dolorcito palpitante en el pecho, volvió su mirada a ella y una molesta punzada resintió su estómago; no sabía lo que era, pero estaba deprimido, triste, obnubilado, inestable y cojo.


Era otra vez su insana manía de inventar situaciones, acostumbrado a recrear momentos como a pintar mariposas salvajes de exóticos colores; era esta otra de ellas, más descomunal que las anteriores, y también dolorosa como ninguna.  Tendría entonces el valor de dejarla ir, para cerrar sus alas y cambiar la gama de tonos alegres por una de tonos grises petrificados?  Pero esta racional idea aumentaba al doble el insoportable desasosiego que entraba y salía por su boca en forma de aire, y en sus ojos se presintieron lágrimas al verla a ella, tan dulce que quería abrazarla, porque sólo a ella quería ofrecerle los días. Nunca antes se había enamorado, y ahora creía que todo era una mala idea, un descuido; desequilibrio por el cambio de ciudad, pérdida del sentido a raíz del exceso de trabajo y el poco descanso.  Se incorporó y se fue a la posada a seguir durmiendo.


Los sueños estaban trastocados por una deidad inconexa de desesperación, y nauseas acompasadas por el llanto de un niño, una caminata larga a oscuras y las calles mojadas, reflexivas, confusas.  Avanzaba lleno de hastío y miedo, apretando los puños y tratando de alcanzar bocanadas de aire.  La oscuridad amansada por la luna le volvía lento el intelecto, sin poder pensar sólo desplazaba el cuerpo con su acostumbrado balanceo.  Terminaba de escurrirse el cielo gota a gota y en sus ojos tuvo lugar una aparición.  Un par de metros de gloria para esculpir dormido su realidad más querida.  Era ella, que había evitado la pesadilla.


Pero cómo podía entonces doblegar su fantasía, salir de ella y reconocer el atropello que cometía el subconsciente al presentársela viva; en visiones viscosas pero provocadoras, míticas pero alentadoras, vacías pero en abundancia densas…  Todo esto lo sabía él mientras seguía en el sueño, con tanto miedo de la proximidad que no llegaba.  Sus pasos (los de ella) eran en falso, y los suyos (los de él) no le desplazaban siquiera un centímetro del punto inicial.   Ya sudaba del esfuerzo que hacía en vano por moverse.  Notoriamente afectado por la caminata empezaba a perder el aliento, hasta que por fin se detuvo y vio con tristeza cómo ella hacía lo mismo.


Abandonó el sueño, apesadumbrado, aunque siguió dormido. Y con la voz ronca pensó en ella, y con las manos frías se inventó su nombre y lo escribió con pena en un libro viejo; aunque siguió dormido la esperó en su almohada día y noche hasta que vino el sol.


Tras un día entero de profundo sueño suspiró en la cama, y estirándose recogió el reloj de la mesa.  Ya se le había hecho tarde para ir a trabajar, pero de todas formas pensaba faltar ese día.   Se sentó lentamente y evitó la luz del sol que bajaba de la ranura de la cortina a desplayarse en su cara.  Con los ojos hinchados de tanto dormir se precipitó en el baño como si de pronto lo hubiera pinchado el segundero del reloj en el trasero.


Salió de la posada muerto de hambre y desayunó como nunca en la tienda de siempre.  Se advirtió a sí mismo que por ningún motivo asistiría a la cita habitual en el centro del Parque de la Luz.  Si algo misterioso se había desencadenado en él a raíz de la obsesiva atracción que le producía la estatua, tendría que dejar de verla por un tiempo, al menos hasta que esto no le causara ese molesto cosquilleo en el estómago.  Con la excusa de padecer de una gripe crónica faltó todo el día al trabajo y estuvo merodeando por la ciudad lejos de la estatua y del barrio donde vivía.  No había tenido ocasión de conocer el resto de la ciudad, y aunque esto le tomaría semanas, visitó algunos parques y en varios de ellos apreció las estatuas de Libertadores de la Patria y demás figuras en distintos materiales.  Lo atrajo en especial la escultura de un caballo metálico perfectamente enorme y robusto; pero no quiso reparar en él mucho tiempo, no fuera también a enamorarse del cuadrúpedo.


Caída la noche regresó con la panza inflada a la posada.   Abrió sin prisas el portón principal, y luego, dejando atrás las rechinantes escalerillas de madera, llegó a su habitación.  Alguien le había lanzado una carta bajo la puerta.  Antes de levantarla del suelo supo por la caligrafía escandalosa y desordenada, que era de su madre.  En seguida la leyó recostándose en la cama y vistió el rostro de sonrisa; sin evitar volver a pensar en aquella imagen voluntariosa y entrometida, que no le dejaba en paz.


Unos meses más tarde… La vida de Acevedo se había dispuesto de tal manera que poco o nada tenía que ver con las ideas alucinantes de su reciente pasado.  Ahora vivía en un departamento lejos del barrio al que llegó por primera vez.  Se había trasladado a otro sector de la ciudad, donde se encontraba muy a gusto trabajando en una tienda de discos muy conocida.  Tenía un par de amigos en el trabajo, lo cual le había caído bastante bien; después de todo, parecía un chico normal.


Una tarde de poco movimiento en el almacén de discos, Acevedo se apresuró a atender a una hermosa quinceañera de cabello negro, largo y ojos verdes.  La joven quería escuchar el último de “Casta Infalible”, un grupo de rock de la ciudad.  Acevedo, que ese día estaba cumpliendo 28 años, la condujo hasta el mostrador y puso el disco a buen volumen, entregándole la caja del mismo.  Ella, por su parte, no se mostró interesada tanto en la música como en el librito que venía dentro de la caja que dejaba ver en la tapa una rata muerta sobre un charco de sangre.  El trabajo musical se llamaba “Rata Muerta”.   Lo abrió y empezó a pasar las páginas rápidamente hasta llegar a la que aparentemente estaba buscando.  Acevedo levantó ligeramente la cabeza para calmar la curiosidad que le producía saber qué había en ésta; a la vez que pensó que la chica querría escuchar una canción en particular para ir leyendo la letra.  Más lo que Acevedo vio fue, para su absoluta sorpresa, la foto de aquella estatua que meses atrás le dio tantos dolores de cabeza.  Se irguió lo más que pudo para poder asegurarse de haber visto bien.  Sintió entonces, aquel desasosiego de quién recibe malas noticias de sus amigos de infancia; como si volver a ver a la estatua fuera saber que es sólo eso.   Pero no se explicaba por qué la chica de ojos verdes tenía tanto interés en aquella; sin dejar de pensar cómo había podido estar esa foto ahí sin que él nunca la hubiera descubierto.  Ciertamente “Casta Infalible” no era su grupo favorito, pero alguna vez tendría que haberse topado con ese disco teniendo en cuenta que los conocía todos.

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