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Era una mujer que pasaba la cincuentena. Sus mejores años ya habían transcurrido y, a pesar de que ella no lo sentía de esa manera, el tiempo no perdona  porque hasta las personas mejor dotadas genéticamente sufren los rigores de los años, de esta inexorable circunstancia no escapa nadie. Había quedado viuda y sin hijos pero heredó la casa y la pensión vitalicia de su marido difunto.

Su mayor problema no eran las molestias propias de su edad. De tanto escuchar acerca de enfermedades, malestares, infecciones, epidemias y demás calamidades que afligen a la humanidad, terminó por convencerse de que, por turnos, estos males se aposentaban en su cuerpo; en resumidas cuentas se convirtió en hipocondríaca y enfermedad nueva que aparecía en la literatura médica, trastorno que se le pegaba.

Al principio pedía cita con el médico de su seguro social pero, invariablemente, el doctor que le correspondía en turno no encontraba ninguna anomalía en su cuerpo y se lo decía de la mejor manera para no ofenderla. Ella seguía insistiendo en que le dolía por aquí, por allá, por dentro y por fuera; la cabeza y el estómago, en fin todas las partes de su anatomía. Los diferentes doctores que la tuvieron en consulta ordenaron pruebas de rutina para salir de dudas y, por supuesto, nada aparecía en los exámenes que le practicaban en los laboratorios, ni en los rayos X; cómo iba a salir nada extraño si en verdad no adolecía de nada.

Convencida de que los médicos la engañaban y le ocultaban una enfermedad terrible que acabaría con su existencia, decidió auto medicarse. Empezó con medicamentos de venta libre: los más comunes para el dolor de cabeza, el mareo, la gripe, ungüentos para el dolor, jarabes para la tos, para bajar la fiebre. En su mente aparecieron términos farmacéuticos como antihistamínico, analgésico, desinflamante, antiespasmódico y otros que aprendió leyendo las envolturas de los remedios. Con dosis mínimas se convencía de que ahuyentaba el dolor pero, noticia que oía acerca de una dolencia nueva, síntomas que le aparecían y píldoras (pepas llaman en mi país)  que entraban en su organismo.

Su mente le acrecentaba los dolores imaginarios y ella aumentaba la cantidad de pastas en cada dosis. Ahora tenía una enorme colección y se le confundían los nombres de los medicamentos, de manera que los clasificó por color: las blancas para dolores de cabeza y dolores leves; las rojas para malestares estomacales;  amarillas para gripes, catarros, congestiones nasales y similares; azules para los nervios; moraditas para adelgazar la sangre; rosadas para los malestares propios de la mujeres, etc. Por esa época le acomodaron el apodo de “La tragapepas”.

Como en su cabeza entraban tantos males y en las pocas droguerías del pueblo empezaron a negarse a venderle drogas sin receta médica, acudió a botánicos, homeópatas, yerbateros, brujos y hechiceros. Con esta nueva mezcolanza estableció horarios para administrarse los paliativos a los males imaginarios: al levantarse dos pepas blancas, una roja y agüita de manzanilla; cada hora una infusión de una yerba diferente con tres o cuatro píldoras: para el reumatismo, para los riñones, para limpiar la sangre, para alejar los malos espíritus, para el gusanito, contra el mal de ojo, para atraer la buena suerte…

Un día salió corriendo a la calle echando espumarajos por la boca y cayó en medio de la calle donde la recogieron los vecinos y la llevaron al centro de salud donde le pusieron un enema y le administraron un vomitivo que le causaron vómito por arriba y diarrea por el otro extremo que le desocuparon el cuerpo y le salvaron la vida. Una semana más tarde salió como nueva (en concepto de los médicos) pero más enferma que nunca (según ella) y se encerró en su casa a consumir todas las dosis que tenía pendientes; sus familiares habían aprovechado para tirar a la basura su arsenal de fármacos, sin saber que ella tenía escondites secretos con abundantes pepas.

Cada día se convencía más que su dosificación era correcta y que era la persona más saludable del poblado, gracias a su perseverancia para administrarse los remedios apropiados para cada malestar y en las dosis adecuadas. Como vivía sola no tenía vigilantes permanentes ni quien la molestara con recriminaciones. Hasta que llegó su sobrino (el hijo de un hermano que se marchó con un circo y por navidades enviaba una tarjeta); el muchacho no tuvo que presentarse, era el vivo retrato del ausente, de manera que lo recibió por unos días mientras encontraba destino.

Desde su llegada el joven demostró algunas costumbres bastante raras. Se retiraba al fondo del amplio solar a meditar y fumar unas hierbas secas que a ella le llegaban en el humo azulado y oloroso. Un día se le acercó y el sobrino se sobresaltó; ella lo calmo y se acomodó a su lado a oler ese aroma tan delicioso que la hacía flotar al vaivén de la música que acompañaba la fumada. A su petición el joven le dio una manotada de hierba para sus infusiones medicinales y, ¡oh, milagro! Comenzó a sentir mejoría en todos sus achaques. Entonces empezó a preparar grandes cantidades de esa tisana tan maravillosa.

A cambio de las hojas prodigiosas otorgó a su familiar el permiso de sembrar todas las plantas maravillosas que quisiera en el inmenso solar. Como el muchacho tenía sus propias pepas, comenzó a compartirlas con la tía y ella sentía que todos sus malestares se marchaban para el carajo. Se hicieron inseparables tía y sobrino y ahora era él quien salía una vez por semana a la capital a proveerse de las pepas maravillosas. Ella consumía las tradicionales de colores de vez en cuando, por no perder la costumbre, pero prefería las píldoras y las hierbas del muchacho que la hacían sentir en el quinto cielo; hasta le dio por fumar esos cigarrillos tan raros y tan olorosos que se le metían en la cabeza y la hacían reír. Las hojas mas verdes le daban ánimos, le quitaban el hambre y el frío, le hacían olvidar las dolencias y la transformaban en un ser lleno de energía. Guiada por su sobrino empezó a masticarlas y, a pesar del sabor amargo, la llenaban de energía y de vida. No le agradaban mucho unas semillas que el joven sacaba de una mazorca parecida a la del cacao porque la adormecían y perdía la voluntad.

Lo cierto es que con la llegada del sobrino llegó la salud. Su pensión llegaba todos los meses y con ella alcanzaba y sobraba para ambos. Ella aportaba casa y alimentación y él correspondía con hierbas y pepas. Ese era el trato y los dos contentos. Como no hay mal que dure cien años ni paraíso sin culebra; lo que tenía que pasar pasó. Cuando ella volaba en otros planetas sentía que a la casa entraban y salían muchas personas, jamás cuando ella estaba lúcida. Sus sueños terminaron el día que la policía allanó su vivienda y se llevaron esposado al hijo de su hermano después de amontonar en la sala varios paquetes de hojas secas y de las verdes, de las mazorcas raras y de la inmensa cantidad de pepas que ellos compartían todos los días.  Era el proveedor de droga de todos los habitantes del pueblo.

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