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Efraín no llegó al salón de clases y su ausencia extrañó a todos los niños de quinto de primaria que encontraban en él a un amigo sin censura. Cuatro días después todos se reunieron alrededor de Efraín que repuesto de sus dolores pudo contar en los quince minutos del primer descanso la tormentosa situación que lo llevó a alejarse de su combo durante tan largo período sin juego.

El sábado llegué temprano, listo para enfrentar el campeonato local de salto. Cantimplora, la yegua que papá me obsequió en mi anterior cumpleaños también estaba lista. Todo se había dispuesto para que ganara ese concurso. Claro, habían otros niños y una niña que querían, igual que yo irse a casa con el premio mayor. Llegó mi turno. Mi mami me ayudó con el casco, mi papi me pasó la fusta y un ayudante me dio el empujón necesario para trepar sobre la negra yegua que me llevaría a la victoria de mi primer gran triunfo. Inicié mi presentación, llevé a Cantimplora a un paso suave, el galope era una marcha perfecta, pasamos el primer obstáculo con un puntaje excelente, luego el segundo, el tercero fue el mejor y el cuarto lo logramos sobrepasar con un breve roce pero sin tumbar el travesaño. Todo parecía definirse en el quinto obstáculo, la meta ya estaba cerca, animé a Cantimplora con un breve fustazo, aceleramos el paso y justo antes de iniciar el salto, la noble yegua sorpresivamente se detuvo frenando de tal manera que salí volando por encima de la valla, sentí que pasaron muchos segundos antes de llegar al suelo, di una vuelta en el aire y sentí al viento arrebatarme mi casco de protección, vi expulsar la fusta por el cielo, vi cómo papá y mamá emprendieron una carrera para tratar de evitar que cayera, pero fue imposible, ya estaba tendido sobre la pista, con los huesos de mi columna reclamando por el dolor. Mis padres me levantaron con todo el cuidado de su amor, y como pudieron me subieron en una camilla. Fue necesario trasladarme al hospital y ahí me hicieron todos los exámenes para rectificar que una parte de mi columna se había maltratado, no para quedar inválido, pero sí como para dejar de montar a caballo por el resto de mi vida. Cantimplora salió ilesa, pero ya no podré jugar más con ella.

La campana sonó y Efraín regresó al salón de clase con todos sus amigos. En el asiento ubicado en la primera fila, mientras todos buscan la manera de apoyar a su buen amigo, Efraín sonríe, pues sabe que lo único que sucedió es que jugando fútbol en el patio de su casa, al intentar patear el balón cayó de espalda, y por consideración su madre sugirió que sería bueno que el niño reposara un par de días para evitar cualquier dolencia futura.

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