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En toda familia existía lo que llamaban la “oveja negra”, así se le decía a ese miembro que era diferente y no cumplía las normas del grupo. Uno de mis hermanos, Francisco, era ese ser que la mayoría rechazaba y tomó la decisión de marcharse del hogar paterno.

Durante años supimos de sus andanzas por algunos conocidos que lo habían encontrado en diferentes lugares del país, él jamás se comunicó, así pasó el tiempo hasta que nos anunciaron que un cadáver que correspondía a las señales particulares de mi hermano estaba en la morgue. Una de mis hermanas identificó plenamente el cuerpo, y también las autoridades aseguraron que las huellas digitales coincidían con los archivos. Todos vimos su rostro durante el velorio y no cabía la duda.

Lo sepultamos en el cementerio del pueblo y, como manda la costumbre, colocamos sobre su tumba una cruz con su nombre. Pasaron unos ocho o diez meses, no estoy seguro, cuando un amigo de toda la vida, que no sabía del fallecimiento, nos visitó y nos dijo que se había encontrado con Francisco y nos había enviado abrazos y muchos deseos por el bienestar familiar. Imaginen la sorpresa, no le comentamos nada al visitante y al otro día fuimos al juzgado a pedir una orden para exhumar el cadáver aduciendo que se había llevado un valioso anillo.

Con la orden en mano acudimos al camposanto y le pedimos al sepulturero desenterrar el cuerpo, digo desenterrar porque su tumba era en la tierra. Acudimos como quince familiares y ayudamos a subir el ataúd, nos sorprendió la ausencia del olor característico de la putrefacción y mayor sorpresa cuando se destapó la caja mortuoria y no había cuerpo, estaba vacía.

 

Edgar Tarazona Angel

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