Identificarse Registrar

Identificarse

A las plazas de Alsina las divide la avenida. De un lado están las pérgolas y los bancos, del otro los juegos. Cuando el sol acaricia las tardes de invierno, me siento en el paredón que las circunda para enhebrar recuerdos de una infancia lejana y me veo en los niños,  jugando en las hamacas, las argollas, el tobogán, el subibaja.

Es que nada ha cambiado en los juegos de las plazas. Los juegos de mis padres, los juegos de mis nietos, se resisten al tiempo y la cibernética. Reinando sobre ellos está la calesita.

Si alguien dijera:

- Inventé un juego para dar vueltas. y mostrara el prototipo, seguramente no habría nadie interesado en el proyecto  y el pobre tipo se iría con el suyo bajo el brazo, derrotado ante tanto.

- No va a andar.

Pero anduvo. Tal vez porque no se lo mostró a nadie o porque así son las cosas simples de la vida destinadas a perdurar.  Me gustaría subir, dar una vuelta, pero el pudor me lo impide y me quedo mirando a los chicos, buscando en ellos al que fui y mi actitud ante la sortija. Ese premio tan ambicionado y  premonitorio. Porque creo, aunque Freud no lo comparta, que en él se manifiesta como en ningún otro caso, la personalidad que hemos de tener en la vida.

El que la pelea hasta arriesgar una caída. El seductor, que pretende con una sonrisa conseguir el favor del calesitero. El simulador, que finge desinterés esperando la oportunidad del arrebato. El perdedor, que ni lo intenta y un sinfín de tipologías dignas de un estudio del comportamiento social.

Pero no me vi reflejado en ninguno. Porque mi padre era  dueño de una calesita.

Por favor comparta este artículo:
Pin It

 

email

¿Quiere compartir sus eventos, noticias, lanzamientos, concursos?

¿Quiere publicitar sus escritos?

¿Tiene sugerencias?

¡Escríbanos!

O envíe su mensaje por Facebook.

Están en línea

Hay 181 invitados y ningún miembro en línea

Concursos

Sin eventos

Eventos

Sin eventos
Volver