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Uno de los borrachos del pueblo cuando estaba tomando hacía cualquier apuesta con quien se lo propusiera. Un forastero le ofreció una garrafa de aguardiente si pasaba una noche en el cementerio a cambio de nada, fue una apuesta rara.

Aniceto, que era el nombre del borrachín, se bebió media botella de trago y entró al cementerio a las diez de la noche, los demás lo despidieron en la puerta que estaba a punto de caer, la luna llena brillaba en el cielo sin nubes.

Anis, como le decían sus amigos, buscó la tumba de alguien conocido, se abrigó bien con la ruana y comenzó a hablar solo, como era su costumbre y se burlaba de las creencias de los compinches de cantina que hablaban de fantasmas, duendes y aparecidos.

Cuando las campanas de la iglesia comenzaron a tocar las doce de la noche, el hombre comenzó a notar que la tierra de la tumba se movía y una mano descarnada empezaba a emerger lentamente. Afuera se escuchó un grito, pero ninguno quiso entrar hasta el otro día y descubrieron que el ebrio se había vuelto loco.

Edgar Tarazona Angel

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