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DILEMA DE AMOR   

El silencio de esta habitación contrasta con el bullicio exterior; solo que este silencio es sonoro: me habla, me quiere decir algo pero no lo comprendo aún, o tal vez, no lo quiero comprender. Me muestra imágenes y voces  que no quiero recordar. Me fastidian sin piedad. ¿Por qué es tan difícil la decisión?

Cuando era tan solo un niño, las cosas eran claras, fáciles de entender, pero cuando adulto, todo se nubló, oscureció; nada fue sencillo.

¿Cómo reconocer el amor verdadero?  ¿Cómo asegurar que  esa mujer es el amor de mi vida y con quien compartiré mi existencia hasta que se extinga? Sentir eso en un momento dado no significa que se sentirá para siempre. ¿Acaso el amor es solo incertidumbre? ¿Dados lanzados al azar y solo debemos esperar que la fortuna nos favorezca? ¿De qué sirve decirle al ser amado palabras románticas, dulces, aunque sinceras en el corazón, si no se perpetuaran en la eternidad? ¿Acaso es una burda mentira que todos queremos escuchar aunque sepamos que son tan débiles como rayos crepusculares?

Claro que dije esas palabras a Elizabeth, muchas veces y fueron sinceras. La conocí en la preparatoria. Una mañana, de esas que no queremos recordar; el equipo de baloncesto me había descartado por mi baja estatura para esos estándares. Estaba recostado en el césped cuando vi su figura: una chica delgada, de pelo claro y ojos negros tan profundos como pozo oscuro. Su mirada me atrapó. Fue esa vez que escuché por primera vez su melodiosa voz:

―No te preocupes Richard, tú vales más que ellos. Solo concéntrate en tus estudios. Estoy segura que tendrás mucho éxito. 

Estaba desconcertado. Si bien la había visto en mi clase, nunca me había hablado. Aunque esas palabras de aliento que me dijo eran simples, las necesitaba y si provenían de una chica, aún mejor. Allí comenzamos una relación más estrecha. Ella luego me ayudó en matemáticas, era muy inteligente. Con los años, me convertí en un agente de bolsa de Wall Street. Ella, también, pero en otra compañía. Éramos el uno para el otro. Cuando me miraba sabía lo que pensaba y ella igual. Una simple chispa en la adolescencia se convirtió en un fuego incontrolable cuando adultos. Solíamos caminar por Central Park tomados de la mano al atardecer y observar la arboleda y abrazarnos fuertemente. Miles de veces nos juramos amor eterno. Yo lo sentía así. Algo tan perfecto no debería ser empañado por nada.

¡Cómo me molesta el silencio de esta habitación! Estoy de smoking porque así me lo pidió mi madre y los padres de Elizabeth. Allí afuera, el sacerdote me unirá a ella en sagrado matrimonio ante la presencia de todos. Será mi esposa ante Dios y deberé amarla para siempre. Enciendo un cigarrillo y el humo revolotea sobre mi rostro mientras mis pensamientos se hunden nuevamente en este bullicioso silencio. Hace un año conocí a Karen. Una fisioterapeuta con una sonrisa maravillosa y un corazón enorme. Todo lo que piensa y dice me fascina. Es tan dulce y con tan profundos sentimientos humanos que a veces me hacen llorar. ¡Oh Dios, por qué el destino es tan cruel y me pone en esta situación! Yo tenía claro lo que era el amor. Sabía con certeza a quien amar para siempre. Nunca lo dude hasta ahora.

Hace dos meses que no puedo dejar de pensar en Karen. Quiero estar a su lado constantemente, saber de ella. ¡Lo sé! No debí dejar que esos pensamientos crecieran en mi mente y corazón pero no lo pude evitar. Comienzo a sentir las mismas cosas con ella que las que sentía con Elizabeth. ¡Sé lo que están pensando ustedes que me juzgan! No amo realmente a Elizabeth. Es una fácil conclusión pero no es la verdad. La verdad es que nadie sabe lo que es el amor. Quien diga que lo sabe, miente. Es un sentimiento esquivo, indefinible y sobre todo impredecible. La eternidad no es su calificativo. Lo efímero su realidad.

Mi cigarrillo se ha consumido y enciendo otro. Puerilmente creo que me serena, aunque parece lo contrario. Vuelvo a pensar en mi dilema y por supuesto no hay respuesta correcta. ¿Qué debo hacer? ¿Seguir adelante y esperar que el amor regrese con Elizabeth o romperle el corazón y decirle la verdad de lo que me pasa? ¡Sí, sí! Lo sé también. No hace falta que Ustedes me lo digan: suspender la boda hasta que aclare mi mente. ¡Esa no es solución! Si cada vez que mi corazón se desvié de Elizabeth debo congelar el universo, detener la salida del sol y dejar que la noche se petrifique solo para aclarar mis ideas, es una conclusión muy ingenua y vacía. Debo afrontar el dilema ¿Pero cómo?

Me deslizo suavemente sobre el sofá y me quedo observando hacia afuera por la ventana, como los invitados hablan, ríen, están felices. Mi alma comienza a placarse y mi corazón a ralentizarse.   

Tal vez el faro que ilumina a los amantes es algo más profundo. Tal vez el amor es tan simple como el compromiso, la lealtad, el respeto mutuo, el deseo, la amistad y la enumeración podría seguir hasta el infinito; un conjunto de sentimientos heterogéneos hacia una persona que nos constriñe a solo ser para ella y nadie más. No es una definición del amor pero si una descripción bastante acertada. En mi vida con Elizabeth estoy seguro que tendré muchos obstáculos, pero debo vencerlos o por lo menos, intentarlo. Estoy convencido que cuando este casado, todos los pensamientos hacia Karen morirán y solo seré para Elizabeth. Me concentrare en su felicidad que es la mía también. Debo defender este amor que he construido con ella ante los embates del destino. Ya falta poco. Cuando el sacerdote diga “los uno en sagrado matrimonio” seré liberado al fin y todas mis dudas se desvanecerán. Cuando sea mi esposa todo será más diáfano.    

―Richard, ya es hora. Vamos querido hijo, el padre Alan está en el atrio y todos esperan ―es la voz de mi madre.

―Estoy listo. Vamos.

EPILOGO

Cuando nos enamoramos, sin duda nos lanzamos al vacío con la única esperanza de poder sobrevivir a la caída.  

      

   

 

   

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