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ÉL


Apenas hay luz en mis ojos pero puedo observar todo su cuerpo frente a mí. Está palpitando y yo estoy a punto de ceder ante el momento y la franqueza de su mirada reclamando el nerviosismo de mi piel, invitándome, seduciéndome con su sonrisa, mostrándome su ternura en el brillo de sus ojos para luego descubrir, lentamente, la forma de mi cuerpo, acelerando con su tacto el recorrido de mi sangre y la combustión de mi superficie; nunca antes me había sentido tan vivo. Mis labios besan cada parte de ese otro limitado a la ensoñación, y me siento conquistando cada esquina sensible representadas en sus suspiros, y muerdo cada curva donde se confunden lunares y cicatrices hasta llegar a su ombligo, hasta el centro de él mismo, y después de ahí ya puedo saborear cada gota de su lindo deseo. Hemos esperado volvernos locos en el instante en que naufrago delicioso dentro de él y llego hasta su propia verdad, no tan rápido, apenas sentirnos, apenas salvajes y compenetrados, en el mejor movimiento, en los minutos de jadeo constante que comparten nuestras bocas y ahí mismo nos sabemos dichosos, y sus enormes pupilas eran las únicas puertas que me faltaban por cruzar, hasta este entonces, porque no puedo pedir nada más que sus manos fuertes y tibias aferrándose a mi espalda como imprimiendo sus huellas en el fuego que arderá silencioso, en su nombre. Ya no hay vuelta atrás y no hay nada que revertir, lo único que queda es repetir y repetimos en una penumbra amable con nuestros cuerpos desnudos, expuesto uno frente al otro, uno sobre el otro, volviendo arena el significado de lo prohibido y lamiendo el placer más delicioso que nunca encontrará otro igual en lo que a la vida le queda de existencia.

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