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En forma paralela a la idea de DIOS me inocularon el concepto del DEMONIO. El primero era un ser Omni: omnipresente, omnipotente, omnisciente, etc., todas las características de la perfección llevadas a un grado máximo; el otro, me lo regalaron como personificación de la maldad en grado extremo y, durante muchos años, perdí la Paz por culpa de este ser con cachos y cola y un tridente horroroso para ensartar pecadores.

No quiero repetir lo que dije en otro monólogo (“Dios y yo”) con relación a las enseñanzas recibidas de las viejitas que me educaron en el Santo Temor de Dios y pienso, ahora, que yo no le sentía temor al Dios de mi infancia sino al Diablo con todos los sobrenombres con que lo distinguen a través de los tiempos y las culturas. A mis cinco años era Diablo, Demonio, Satanás, Luzbel, Belcebú, Mandinga y el Patas, después, en la adolescencia, le perdí el miedo, el respeto y lo convertí en un amigo más. Igual que Dios, estaba en todas partes para ayudarme a pecar y, como yo había descubierto el encanto de la mayoría de pecados, me afilié a la lista de amigos de Satán pero sin ingresar nunca a una secta.

Mi demonio infantil estaba acompañado de una cantidad de seres malvados salidos de la imaginación de mi abuelita y la señora del servicio doméstico. Si yo no comía me asustaban con el Coco; si no rezaba al acostarme las almas del purgatorio me daban una pelotera (una especie de golpiza) y me arrastrarían de las patas (palabras de ellas) hasta la puerta del cementerio. Había demonios para todas las faltas y como me sabía de memoria el Catecismo del Padre Gaspar Astete S.J. cada falta me rebotaba en la cabeza y llegaba a la conciencia. Nunca supe donde queda la maldita pero me atormentó demasiados años.

En esa época llamada adolescencia en que el mundo se pone patas arriba para el que está en ese trance traumático y mal entendido; con un título de normalista en el bolsillo y un nombramiento para ejercer como maestro, intensifiqué mis lecturas prohibidas (el INDEX ya no  existía) y busqué refugio en alguna idea diferente a la doctrina de mis padres y antepasados; ensayé con otras religiones cristianas y todas metían miedo con el Demonio a sus feligreses; unas más que otras, pero igual el infierno era el destino de los pecadores, con torturas medievales y una caterva de espíritus infernales encargados de joderle el alma al desgraciado que cayera en sus pezuñas por toda la eternidad.

Como yo había leído “[[La Divina Comedia]]” y “[[El Paraíso Perdido]]” más otras obras menos serias acerca del tema, el infierno me aterraba en las noches insomnes pero al otro día, a la luz del sol, continuaba averiguando por el Putas (así le llaman al diablo en algunas culturas y una novela de [[Manuel Zapata Olivilla]] titulada: “[[Changó, el gran Putas]]”) y me llenaba de erudición y sabiduría acerca del tema, por ese camino resulté asistiendo a una MISA NEGRA, con sacrificio y todo, en un cementerio de un pueblo cercano a la capital de la república. No quiero entrar en detalles porque es tema de otra historia pero sí puedo asegurarles que la experiencia me marcó de por vida y jamás volvería a repetirla.

Descubrí que la presencia del demonio está incrustada en la historia universal y en todas las culturas. Cuando sentí que ese ente no era de mi exclusividad lo taché de mi lista de amigos y trabajé en mi loca imaginación con los engendros literarios, tan cercanos al demonio pero al mismo tiempo tan diferentes: Drácula, el Príncipe de las tinieblas; La Criatura (no sé porque todos llaman Frankenstein al monstruo, si leen con detenimiento la historia el doctor Víctor von Frankenstein, da vida a un engendro y durante toda la novela se refiera a ese ser monstruoso como La Criatura), el Hombre Lobo, todas las brujas y hechiceros, los espíritus malignos y demás llenaron mis horas juveniles de amistades terroríficas y mis sueños de pesadillas.“[[Las mil y una noches]]”, permanecían fieles muy cerca de mí, al alcance de la mano y tenía varias ediciones; una enorme, completa, en dos tomos, con ilustraciones magníficas; otra, resumida que dejaba el tema pero le quitaba el sabor de la poesía y las citas del Corán y una de bolsillo, en una letra que ahora no alcanzo a leer y que tenía historias completas pero solo una antología. En este precioso libro aprendí a querer el Demonio, no al de la religión que me inculcaron sino al persa, el Ser superior de tantos espíritus divertidos que concedían deseos al frotar una lámpara o un anillo, el que lo hacía volar a uno en alfombras o que lo transportaba mientras uno estaba dormido a países encantados.

Pero, también, mastiqué la idea del demonio sacado de la Edad Media, el de la tenebrosa Inquisición, el que inspiró al Maestro [[Francisco de Goya]] y lucientes sus espectaculares grabados, el demonio que hacía que [[Paganini]] interpretara sus caprichos al violín como los propios ángeles, el demonio que se metió en la cabeza de [[Mozart]] para que la Iglesia lo declarara como un Anti-Cristo. Uno y mil demonios, el caos de mi cabeza me hizo blasfemar contra Dios y cuando me alié con el enemigo Malo, Luzbel, el ángel perdido, el Príncipe de los demonios, también me desencanté. Pensé en forma sacrílega: “Bueno, si este maldito es tan soberbio, tan poderoso, tan grande, tan Putas, porqué no acaba con Dios de una vez por todas y se acabo esta dualidad tan pendeja. De la misma manera pensaba de Dios, tan sobrado y todo porque no acababa con el Demonio y todo el mundo a dormirse en el sopor de nubecitas de algodón.

No sé cuando entraron a mi cerebro los íncubos y los súcubos, dizque demonios machos y demonios hembras, ¿debería decir demonias? O ¿son del género epiceno?, el diccionario no acepta el femenino de demonio y a mí me importa un comino. Los primeros son los diablos machos que con apariencia de jóvenes apuestos seducen a las mujeres y “tienen comercio carnal con ellas”, no sé porque no dicen de una que fornican o copulan, o tiran y sanseacabó, siempre que se trata de sexo abundan los eufemismos; los súcubos son la versión femenina; diablos en cuerpos hermosos de mujer para seducir a los hombres y hacerlos pecar contra el quinto mandamiento que debería ser el sexo mandamiento. Yo creo que tuve encuentros sexuales con muchos súcubos porque después de hacerlas mis amantes me alborotaban los sentimientos, me abandonaban y yo me sentía en lo más profundo de los infiernos. Cuando los alborotos de la adolescencia y la juventud pasan y la razón toma forma en el cerebro encuentra uno alternativas para escoger. No es que siempre se escoja la verdadera pero si la apropiada, la que se acomoda a la manera de pensar de uno y se esfuman los demonios, los endriagos y todos los fantasmas que nos quitaban la paz. Estoy convencido de que el demonio y el infierno son creaciones mentales que cada persona crea en su mente del tamaño que le dan sus complejos de culpa. Gracias al padre Freud fui eliminando mis sentimientos de culpa y por derecha la idea de pecado (no significa que para millones no exista el pecado), me puse en paz conmigo mismo y así es fácil vivir en paz con el resto de la humanidad.

Mis demonios actuales no me pertenecen, son propiedad de la HUMANIDAD entera que los alimenta todos los días: La guerra; El Odio, La envidia y no me alargo en una lista que todos conocen. Como mi Dios me dio la PAZ y mis demonios no me la quitan, no pierdo el sueño ni el apetito y puedo seguir escribiendo y soñando en un mundo mejor.

OSIRIS   

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