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Don Carlos era un carpintero que únicamente fabricaba ataúdes. Nunca recibía encargos para elaborar juegos de muebles, armarios, closets ni nada diferente a los ataúdes de todos los tamaños y estilos, parece que más que un trabajo era una adicción que realizaba con esmero y perfección.

De tanto construir féretros se le fue pasando el tiempo y llegó a los cincuenta años sin esposa ni hijos; y se le metió en la cabeza que pronto se iba de este mundo; entonces, decidió hacer para él un ataúd sin igual a ninguno que hubiera elaborado antes. Dibujó el cajón con todos los detalles y se dedicó a conseguir la mejor madera, herrajes, espuma para el fondo y los lados, la tela para cubrirla, los vidrios, en fin, todos los elementos necesarios y puso manos a la obra.

 

Como le llegaba trabajo con frecuencia, dedicaba a su morada mortuoria unos minutos al día, pero poco a poco las tablas ya estaban cepilladas y listas para ser talladas y ensambladas; esto lo hacía en secreto y cada día cubría con una tela lo que adelantaba para que nadie lo viera. Los años pasaron y, de pronto, se dio cuenta que su obra de arte ya estaba y terminada, sólo faltaba el muerto, o sea él mismo. Fue donde el cura a confesarse y le dijo su última voluntad, que lo sepultaran en ese ataúd que ya estaba terminado y listo. Por supuesto, el sacerdote no tenía idea de lo que le pedía y después de la confesión lo llevó a su taller y se lo mostró; el curita quedó maravillado y le dijo: “don Carlos, ese hermoso cajón es digno de un obispo… o del Santo Padre”.

 

Muy contento por haber terminado su féretro y hablado con el sacerdote para dejar claro su deseo de ser enterrado en su maravilloso cajón, y como tenía poco trabajo decidió tomarse unas vacaciones en la costa Caribe de Colombia. No conocía el mar y soñaba con el momento de verlo y bañarse en esa inmensidad de agua tan hermosa que veía en los almanaques, postales y la TV, así que empacó lo necesario y voló a Santa Marta donde disfrutó de las playas y pensó como había sido de torpe para no realizar este viaje años antes y repetirlo muchas veces. De allí partió para Barranquilla y se asombró al saber que el mar estaba retirado varios kilómetros, pero eso no era inconveniente, así que viajó a Puerto Colombia.

Nadie conoce su destino; lo que ha de suceder ocurre para bien o para mal, el día que se metió al mar en este hermoso lugar, las olas lo arrastraron mar adentro y él no sabia nadar, se supone (porque nunca se recobró el cuerpo de don Carlos) que fue devorado por los tiburones. En su pueblo el taller permanece cerrado con candado porque todos esperan su regreso. Nunca supieron de su triste suerte.

Edgar Tarazona Angel

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