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¿ELEGIRIAS OTRO DESTINO EN TU VIDA SI PUDIERAS?

Desdicha, felicidad, agonía, libertar o esclavitud, sufrimiento o bienestar, y la cadena bilateral de mal o bien seguiría, pero nos debemos de preguntar: ¿cambiaríamos toda nuestra existencia, todo lo que somos, nuestro ser, desde el nacimiento hasta la muerte, por otro destino? Uno a nuestra medida o deseo. Si eso sería posible: ¿qué consecuencias habría?

Eso es lo que le sucedió a Bryan Johnson, un ser elegido para eso. Un Job moderno, o si se quiere, al revés de las escrituras.

Nacido en Harlem, Manhattan, ciudad de New York, era solo un afroamericano más. Nada que lo resalta de otros. Corría los años sesenta y la segregación era la norma. Con sus veinte años, solo deseaba trabajar, tener un empleo decente y enamorarse de una joven mujer de su edad. Hermosos sueños en la oscuridad del racismo.

Lo había logrado. Conoció a Johari que significa “joya preciosa”. En verdad lo era. Sus facciones morenas firmemente alineadas en un rostro casi griego, sus ojos negros profundos como una ciénaga, cejas perfectamente alineadas y sus labios fulguraban sensualidad, pura, inocente, como lo puede ser una joven.

Bryan la amaba, la había conocido en su trabajo en esa vieja pizzería de italianos, que a veces contrataban gente de color, como ellos decían, para congraciarse con esa raza. Nada más.

Dos jóvenes, enamorados, pero sin dinero. Él no le podía ofrecer nada, su salario apenas podía cubrir sus gastos y lo de su madre. Johari no le importaba, porque estaba enamorada, pero eso no era suficiente para construir un futuro, y menos con hijos.

Solo el amor era lo que nos unía pero poco a poco, eso no fue suficiente. Bryan sentía que no era digno de ella.

Una noche, con una profunda desesperación y angustia, casi no podía respirar, decidió lo trágico: morir.   

No podía darle todo a su amada, no podía darle sustento a su madre, solo subsistía en una ciudad indiferente, fría, que solo lo observaba morir cada día, sin un destino, nada en el futuro. Solo ocaso y oscuridad.  

Se paró con hidalguía en el puente de Manhattan y se arrojó al vació, esperando su liberación, la paz, acaso lo que todos buscamos aunque no de esa manera.

Su cuerpo caía lentamente sobre esas aguas heladas que reclamarían su alma inmortal. Su angustia era profunda, deseaba destruir todo su ser, todo lo que era. Mientras caía solo deseaba una muerta rápida, un fin. NO LO TUVO.

Lentamente abrió sus ojos. La cama era suave, de seda. Palpó su cuerpo, y era real. No era un sueño. Observó su alrededor, y era todo suntuoso y lujoso. Marcos de caoba, cortinas finas, el aroma a fresas envolvía la habitación. La luz que penetraba a través de los ventanales, revitalizaba todo a su camino. Las flores sobre el armario, eran rozagantes, todo era vida.

De pronto entró en la habitación un hombre que parecía ser un sirviente bien vestido, y le dijo:

―Señor se encuentra bien.

Bryan no lo podía entender. Lo miró con firmeza y le dijo:

― ¿Qué es esto? ¿Quién eres y dónde estoy?

El servil hombre, solo pudo responder automáticamente, pensando que su amo estuviera adormecido:

― Soy Ernes, su secretario. Usted es Johan Da visón Rockefeller y es Mayo 23 de 1937.

El pobre hombre no podía reaccionar. No lo entendía. Estaba a punto de morir y ahora era blanco, anciano y rico. Un destino que hubiera deseado con toda su alma, con todo su ser, pero sin ser anciano y estar a punto de morir.

Una paradoja cruel. Como la de Moisés cuando Dios le muestra la tierra prometida pero no le permite pisarla.

¿Acaso la vida no sea solo eso, una paradoja?

Con su nuevo cuerpo, trata de incorporarse. Ve entrar a una mujer que el servil hombre, le adelanta su nombre, por si acaso el senil amo de noventa y siete años, no lo recuerda:

―Señor, es su esposa Laura Celestina Spelman.

Bryan, un joven afroamericano, con el cuerpo de un anciano blanco, no lo entiende por completo, pero al mismo tiempo, por una extraña sensación de destino, comprende que es algo sobrenatural. Algo que solo le sucedió a él y a nadie más. Tal vez, una segunda oportunidad ante la vida.

Caminó lentamente, se apoyó en un sillón. Con voz aguardentosa, y con gran educación, besó a su esposa de ficticio. Le dijo que la amaba, para de alguna manera respetar ese cuerpo que no le pertenecía.

Luego le ordenó a su sirviente que le traigan al escribano de inmediato. Dictó su testamento, en la cual escribió una clausula muy extraña:

― Quiero que en el año mil novecientos sesenta y nueve, entreguen  a la señoríta Johari Jakson la suma de treinta millones de dólares. Además, dejo una nota:

Niña, soy Rockefeller, si alguien, tal vez un joven de tu edad, llamado Bryan, te confiesa su amor, tómalo. Es real. Es amor real. Aunque no lo puedas comprender eso en ese momento. Yo lo sé porque lo conozco, sé de su amor aunque no haya nacido aún. No me preguntes cómo lo sé, solo lo sé. Desaparecerá, te angustiarás porque pensarás que te  abandonó y no te ama.  No es así. Solo desaparecerá. Eso es todo. Trataran de impugnar el testamento, sé fuerte, he nombrado albacea a mi mejor amigo y te protegerá de los embates. Usa el dinero para que los de tu raza sea algún día dignos en este país”.

La muerte alcanzó al anciano esa noche.

¿Quién puede elegir el destino y saber que es bueno o mejor? Tal vez, debemos dejar a la providencia que elija por nosotros y vivir ese destino que nos ha tocado, sin tratar de cambiarlo.    

  

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