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La cultura colombiana hace alarde de un personaje fascinante y ejemplarizante: “el vivo bobo” que, mucho más que una persona, es una actitud, un comportamiento que hace parte de la idiosincrasia nacional.  El vivo bobo es el típico lumbrera que siempre cuenta sus hazañas mostrándose como el ganador porque siempre lo asiste la razón; algunos de manera romántica le llaman “malicia indígena” a la astucia y sagacidad para hacer uso del “todo vale” a la hora de argumentar su conducta, sobre todo cuando se trata de evadir normas o responsabilidades en pro del beneficio personal.  Ni hablar del proceder manuelesco que consiste en amenazar con todo tipo de ataque (inclusive matar) dependiendo de la persona, circunstancia, lugar, etc. todo esto articulado para establecer su estrategia amenazante, el vivo bobo sabe muy bien que nunca va a cumplir pero que le permite jugar con el miedo que ello genera en el otro.  Ejemplos tenemos unos cuantos. 

Hay un retén de la Policía de tránsito en una esquina, temprano en la mañana.  Viene un motociclista sin el casco reglamentario que es obligatorio en Colombia.  Este hombre mayo de edad, viene tan desprevenido que no se percata del operativo oficial hasta unos 8 o 10 mt. antes de llegar al retén.  Entonces el adulto frena de manera brusca su motocicleta, gira y se devuelve en contravía, evadiendo así el control policial.  A la próxima esquina gira y se cae, en medio de estruendosas carcajadas porque, según el vivo bobo, se le voló a la Policía y sin darse cuenta que el agente estaba grabando todo el operativo desde su celular… además de que por todas partes hay cámaras, por lo cual, el comparendo (multa, sanción, etc.) le llega a casa del dueño del vehículo infractor.  Pin, pin, pin. 

Hace unos dos años un profesor del área de ética y valores me consultó acerca de modelos de negocios para invertir en finanzas. Le ofrecí algunos paquetes que ofrecen los bancos.  No le gustó, argumentando que él no le iba a regalar su plata a los bancos.  Entonces le hablé de inversión en acciones de grandes empresas como Ecopetrol y recalcó que él no iba a regalar su plata al gobierno.

En aquel momento me comentó que alguien muy conocido del pueblo y muy bien referenciado, le estaba trabajando su dinero y que le daba muy buenos rendimientos.  Me dijo que le había confiado al personaje cien millones de pesos (unos veinticinco mil dólares) y que en tres meses ya se los había triplicado.  Le recomendé que intentará retirar esos rendimientos o disponer del capital invertido, y su respuesta fue contundente, me dejó callada: “NI LOCO QUE ESTUVIERA PARA SACAR MI PLATA DE DONDE ME LA ESTÁN TRIPLICANDO”.

Intenté por todos los medios alertarlo acerca del peligro que representan esas fantasías de rendimientos económicos exorbitantes, pero me calló argumentando que: “ESTE SÍ ES UN NEOGIO MUY SEGURO PORQUE ES CON UN SEÑOR MUY HONORABLE”

Como a los ocho meses de esta consulta, el profe de ética y valores, al igual que otros vivos bobos apenas se estaban enterando de que en este caso, la estafa ya ascendía a más de quinientos millones de pesos (unos ciento veinticinco mil dólares), solo con los del pueblo.

Cursando IX semestre en la Universidad, para el examen final de costos por procesos, el profesor deja un taller de cinco ejercicios de los cuales solo queda faltando por resolver uno, porque ninguno lo entiende.  Cuando el profesor llega a dictar clase se lo hacemos saber y él dedica tiempo a explicarnos con voluntad y profesionalismo.  Al terminar su explicación, el profesor pregunta: “alguien tiene alguna otra duda?  De inmediato se levanta Julio con su mano derecha arriba pidiendo la palabra.

Julio es el inútil del curso; nunca hace una tarea; siempre copia en los exámenes.  Julio es un politiquero del pueblo que se ufana en decir que él solo necesita el título y, que ni le interesa, ni quiere, ni puede aprender; lo único que le importa es el cartón.

Nunca sabe algo de la carrera que está por terminar y, por ende, jamás participa en clase, pero hoy él, sólo él tiene una, solo una, pregunta: “profesor, dice mientras levanta la mano y hace la venia al resto del grupo, dado que ninguno de nosotros ha podido resolver el punto número cinco del taller para el examen final, yo tomo la vocería por todos mis compañeros para pedirle el favor de que nos lo explique”.

Las carcajadas que suceden a la intervención de Julio, todavía retumban en su cabeza sin que este vivo bobo se entere del por qué.

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