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La conocí un día posando su piquito sobre una fina y bella taza de porcelana en que bebía su néctar. Tan delicada e indecisa. Desplegaba las alas y encantaba en su vuelo a quien la miraba, era hermosa y no lo notaba.

Si escarbas en sus ojitos a la pajarita un día le habían venido a arruinar el ensueño con media verdad de su origen. Tenía muchas ganas de decirle que la sangre no le daba linaje sino lo que cosechaba cada mañana.

Mi pajarita era una de los pocos seres con quién me sentía a gusto complacida y cómoda de ser yo misma.

No piaba cada tanto y yo corría a ver qué le sucedía.

Se fue de vacaciones unos pocos días y juro que iba a buscarle posada en su silla. Me preguntaba cómo estaría, si su descanso andaba de mil maravillas.

¡Ay pajarita! Qué majestuoso resulta haberte encontrado en mi camino aquel día.

Qué alegría intensa si supiera que te puedo dar un algo que te cure alguna herida.

¡Te quiero mi pajarita preferida!

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