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Es Septiembre pero en ésta parte del mundo el largo y crudo invierno, húmedo y pegajoso como una hiedra, se resiste y no quiere irse. Apenas los árboles, tal vez ausentes de sentimientos y engañados por los fugaces raptos de calor, nos muestran sus retoños anunciando una primavera que aún no llega. La corta tarde aún invernal, igual que tantas antes, arropada de una espesa niebla que envuelve de gris a la ciudad, marcha inexorable a una nueva larga noche de insomnio, tedio y recuerdos. Desde mi ventanal a treinta metros del suelo, la vista hacia la Bahía no llega más que al adefesio azul, dejando al Cerro escondido en su eterna bruma.

Aislado de la ciudad y sus apuradas gentes envueltas en sus pequeñas vidas de paso, sólo queda la melancolía del paisaje y la música de Ray Charles y la voz de Sachtmo y sus blues, evocando otro igual allá en el Mississipi. En mis manos, viejas fotos sustituyen las novelas que hasta hace un rato leía y ahora mismo no puedo, porque para ello se requiere un estado de ánimo que acompañe al personaje de turno a través de sus propias miserias. Son las mismas fotos en blanco y negro que muestran a gente vieja, otra no tan vieja, chicos y más chicos, pies descalzos y ropas usadas, que tantas veces vi junto a mis padres en otras tantas tardes y que vagamente me recuerdan a lo que eran familia. Mi familia debería ser aunque a los recuerdos les cueste reconocerlos. A veces parece que esos rostros que tantas veces nos sonrieron y nos hicieron llorar, también están envueltos por la bruma y cada vez se hacen más difusos, al punto de no poderles reconocer.

Esa bruma que ahora es ya pertinaz llovizna nocturna parece envolver las imágenes borrosas del pasado que sin pedir permiso vienen a mi mente como un confuso torrente, transportándome en un viaje expreso a mi abuela, la Mamavieja, desde siempre dueña de una vitalidad impropia de su edad, sólo comparable al infinito cariño por su enorme cantidad de hijos, nietos y bisnietos que siempre encontraron en su menuda figura la madre que muchos no tuvieron. Para Mamavieja la pobreza que acompañó su vida nunca significó negarle un plato de guiso, un pedazo de galleta dura ó un vaso de avena con agua –porque la leche era cosa de ricos- a uno de sus polluelos, los que en pago se encargaban de hacerle rezongar del día a la noche. Me parece verla yendo al pozo del fondo de la casa a buscar el balde de agua, sacado a fuerza de cadena desde el fondo, que antes se habían negado a traérselo los mas jóvenes, sabedores que igualmente ella habría de terminar yendo. Puedo ver, o quizá sólo imagino que los veo, sus pequeños ojos de dulce mirada, tras los lentes siempre nublados del vapor de una cocina que, como su vida, no tuvo nunca descanso, esperando a la luz de una esmirriada lámpara de mecha a querosén, a que llegara el último de sus protegidos de sus correrías propias de pueblo chico, para evitar se fueran a dormir con la panza vacía. Para mí esa mujer que era mi abuela, la única que conocí, no tenía pasado; apenas sólo un penoso presente de carencias, mal disimuladas con su inagotable ternura, casi instintiva hacia todo aquel que necesitara de su amparo. La devoción por su familia era también la que profesaba hacia Papaviejo, ese anciano doblado por la vida de trabajo duro, de jornalero de campo y balsero de maroma, que sólo descansaba de su vida de jubilado devenido quintero, fuente de la olla familiar, sentándose en un banquito cruzado forrado con cuero de oveja, a armar un tabaco rubio con hojilla Jaramago y desgranar las habas ó los chícharos para el guiso de mañana o pasado, o desgranar el maíz para alimentar las gallinas y los marlos para surtir el excusado, mientras retaba lleno de cariño a alguno de los traviesos gurises que amenazan pisarle los prolijos canteros.

Mientras la luz se refleja en el ventanal hacia la noche oscura y cerrada, me cuesta reconocer en la figura que veo en el vidrio a aquel gurí de pueblo de campaña, que vivía para los pájaros, aprendiendo a cazar cardenales con pega-pega en los alambrados y al que su madre perseguía a sol y sombra, pendiente de que su único hijo no se viera expuesto a los peligros del cuerpo suelto. Mientras suenan los truenos amplificados en los edificios anunciando un nuevo aguacero, me  veo con cinco años junto a mi padre,  de profesión balsero heredada de su padre, cruzando el imprevisible Parao en el Paso El Peludo con la Balsa que constituía el único medio de comunicación de la zona arrocera con La Charqueada, a maroma de orilla a orilla cargando carros y algún que otro viejo vehículo a motor. Eso siempre que no creciera y como sucedía a menudo, hubiera que abandonar todo a las apuradas, a veces en plena noche, y salir a como diera lugar porque el agua venía dándose vuelta, llevándose todo lo que encontrara a su paso, incluso el rancho de paja y adobe que constituía nuestra vivienda junto al arroyo.

Lentamente la pertinaz llovizna dio paso al vendaval de agua y viento que golpea con fuerza el vidrio, los recuerdos parecen irse con el agua y sólo va quedando el sabor amargo del pasado perdido, tan cercano en el tiempo y tan lejano en la memoria.  Esa pátina de melancolía y tristeza que parece no tener fin y sin embargo, ha de acabar con el auxilio del sueño que una vez más ha de llegar a rescatarnos.

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