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Como si fuese arrastrada por la agitada marea se esparció en el cielo la oscuridad, asomándose por mi ventana y ahogando la más tenue insinuación de luz reflejada por el cristal, cubriendo mis temores en su velo infinito y a su vez cegándome de la afanosa  realidad. Y con ella, como impulsada por la más terrible necesidad de desahogo, de desesperada compañía arribó en lo más alto la dama de las tinieblas, vistiendo  con su seda blanca la incredulidad de mis ojos, sofocando mis más melancólicos recuerdos, subestimados, inmunes a la asfixia, como si quisieran flotar en esta vieja copa de vino, que arraigada de las demás hoy me  acompaña.

¿Y cómo borrar tu recuerdo? Si en una noche así yo te conocí.

Y como si una daga atravesara lentamente el interior de mi corazón, con el más extremo cuidado, con la más sutil delicadeza, sentí un descontinuado palpitar y un prolongado punzón en mi pecho. Con mis ojos desorbitados vi mi habitación opacarse, como si la noche irrumpiera en ella con la cobarde impotencia de la luna al hacerse más pequeña; y sobre mi vi tu silueta empuñando la hoja de plata sobre mi pecho, empujándola espaciosamente, firme y desoladora, letal como tu dulce voz y afilada como cada una de tus palabras, causando en mi el más penetrante y agudo dolor.

¿Y cómo no he de sufrir? Si hace unos instantes te vi partir.

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