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La misma estupidez humana que hace posible revestir de oro el lugar destinado a las necesidades fisiológicas, está presente en la ornamentación de la muerte. Para esto se cuenta con una variedad infinita de ceremonias fúnebres, apropiada a las categorías sociales de los finados. Aunque, por lo que se ve, más parecen adecuadas a los deudos y su necesidad de distinguirse a la hora de rendir honores al muerto, el que jamás, por otra parte, tendrá noticias del ritual de despedida.

Las apariencias son vitales en estos casos. Por supuesto tratándose de velatorios de alta gama cuyos protagonistas han sido ricos en vida.

En cambio los finados pobres, de los que existen a montones, son despedidos entre cuatros velas, apenas si con el dolor y a veces con la angustia de quienes, lejos de heredar alguna fortuna, deben correr con los gastos del sepelio. Aún así, por la carencia de intereses, estas ocasiones mortuorias se tiñen de sincera congoja.

Por el contrario algunas, bien cotizadas, suelen servir de escenario donde comienza a representarse la avidez y la codicia por los bienes que deja el difunto. Es el momento inicial de la sangría que habrá de producirse entre los afectos de una familia, finalmente malquistada por las ambiciones.

Cuando esto ocurre, el muerto, no comprueba la disposición generosa de lujosas ceremonias, ni interviene en ninguna puja materialista. Dejó lo suyo y se lleva nada. En tránsito hacia el olvido no sabrá que su nombre es evocado, con vehemencia, siempre y cuando lo requieran  los trámites sucesorios.

En lo personal, espero no dejar pendientes similares cuestiones tras el último de mis respingos y que se respete mi estilo modesto, contrario a las pompas fúnebres. En cuanto al destino de mi osamenta, me daría lo mismo acabar en el polvo, tras el banquete de los gusanos o en las cenizas de una cremación. Ambas me resultan interesantes: una para fundirme con la tierra y hallar en ella gratitud por el abono; la otra, para guardarme en una urna exhibida sobre una repisa a la que mirarán de reojo, sin tocarla, amigos y parientes.

De la memoria que de mi se guarde no abrigo demasiadas  esperanzas. La vida tiene hoy un valor superfluo y sus glorias son tan efímeras que mal podría aspirar, una vez muerto, a un recuerdo perdurable.

Rene Bacco

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