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Al día siguiente los madrugadores a misa encontraron a Buziraco, el perro más querido del alemán y líder de la jauría, desangrándose como un pavo degollado, colgado de la fuente central  de la plaza todavía con palpitaciones de vida. Lo consideraron como lo que era, una advertencia; lo salvó el cura para demostrarle a todo el mundo sus poderes taumatúrgicos y aquí empezó una época de terror.  Durante los cuarenta días de la cuaresma don Hernández, así lo nombraban algunos, permaneció alejado del poblado; recorrió muchos kilómetros de los Llanos Orientales internándose por los morichales hasta los confines del horizonte y encontró a diez machos dispuestos a trabajar para él duchos en vaquería, labores del campo y temibles en la lucha. En algún momento de  este recorrido decidió rodearse de una familia numerosa y concretó en cinco pueblos, distintos del suyo, a cinco mujeres para procrear hijos: En Quente prosiguió con Clotilde, la mujer que de veras amaba, en honor de Venancio, asesinado por los perros, el hombre dio orden a sus mujeres que el primer hijo varón que le pariera cada una llevara el nombre del difunto y curiosamente la primera en dar a luz fue Clotilde y su Venancio nació sietemesino, sus medio hermanos nacieron después de gestaciones normales y recibieron el calificativo ordenado por su progenitor y el apellido de su madre correspondiente, “para evitar confusiones”, aclaró su papá. Vio a sus hombres manejando el rejo de enlazar y domando potros cimarrones y coleando reses y esgrimiendo el machete y disparando y bebiendo días enteros sin parar, acompañados por la música bravía del llano interpretada con requinto, bandola, sirrampla y carraca; los observó tumbando becerros para marcar y castrar y les dijo “ustedes diez son un ejército, qué  carajo, y se van conmigo para lo que salga” y ellos: “Bueno, patrón, por ser con usted, porque usted es un varón que tampoco se aculilla ante nadie”. Montaron en sus caballos a puro pelo, como montaban los hombres de la libertad de la patria, varias décadas antes, y se hundieron en la lejanía con el sol del atardecer tragados por el horizonte, hacia la noche.

El cura impuso la costumbre de los primeros viernes de mes obligatorios, el escapulario bendito que vendían las beatas, los hombres a la izquierda y las mujeres a la derecha en el templo, para evitar tentaciones, y estableció un orden jerárquico en la distribución de los reclinatorios ocupados por las familias más destacadas  en orden de importancia parroquial: en primera línea las tres señoritas en sus muebles sagrados de lujo, luego los Villalba, los Sabogales, los Leones, en seguida, por tradición los Torres, los Reinas, los Morenos, los Guevara, los Vaqueros y los Moras ; los demás escaños estaban reservados para familias de  menor prosapia, las naves laterales por familias campesinas adineradas y la parte trasera del templo de Dios y el atrio por los peones asalariados y los indios miserables: Todo según la voluntad de quien sería el Santo Padre Querubín, Pontífice de Dios como le llamaron años después las señoritas y los miembros de las nueve familias importantes después de su frustrado viaje a Roma para postularlo en el cónclave de cardenales con la opción de ser el nuevo Sumo Pontífice de la Iglesia Católica. La primera gran confusión mundial les impidió realizar sus ilusiones cristianas y retornaron diciendo que la guerra era un castigo de Nuestro Amos Santísimo contra esos países de Europa tan corrompidos, que si nuestro sacerdote Querubín fuera el sucesor de San Pedro en Roma, por lo menos les enviaba un diluvio de fuego sobre Paris igual que en la remota antigüedad llovió candela sobre la pentápolis, está escrito en el Génesis, incrédulos del demonio, y se persignaban con devoción. Clotilde lloró en silencio la muerte de su hijito durante los cuarenta días que duró la ausencia de su esposo a mediodía, mientras el pueblo dormitaba, salía hasta la esquina de la tienda de Salvador a evocar su amargura.

El párroco no suprimió las siestas por parecerle divertido observarlos, cuando escapaban por las  ventanas y encontrarse en diferentes lugares a continuar las charlas en los sitios donde se habían interrumpido, y así conocía directamente lo que pensaban de él; sólo que debía observarlos con gafas oscuras, de la que se usan para el sol porque en otra forma los asustaba con la fuerza de su vista penetrante y regresaban temerosos a los lechos de origen o se perdían en los rincones de los cuartos abandonados y los zarzos oscuros. Sibilina los halló después afligidos en su aburrimiento y, según el tiempo transcurrido, descoloridos y transparentes.

Clotilde recordó a Venancio con lágrimas angustiadas los cuarenta días; años después descubriría que sus manantiales de llanto estaban secos para siempre cuando se dio cuenta que su destino era perder a diferentes edades a todos los hijos que concibiera y su marido la consolaba “tranquila mi amor, somos jóvenes y podemos engendrar más, además tengo otros que son como suyos...”.

Con el propósito de llenar el vacío de cada uno de los desaparecidos dedicaban las horas de descano no a dormir sino al amor físico sin concesiones al reposo y lo remplazaban por otro muchachito y así hasta dieciséis veces; la última se marchó en los caudales del río de sangre del parto en que llegó el postrero de sus Benjamines, él con su hermano Julio César, llegado de Francia, serían quienes le sobreviviera, sus cuatro hermanos reconocidos, en el momento de la muerte de su mamá, empezaron a ponerse pálidos y luego transparentes igual que los sueños viejos, hasta desvanecerse en el aire cálido del atardecer y ascender al firmamento donde apareció una nueva estrella esa noche que anunciaba el nacimiento de Benjamín Tercero Huérfano, el neonato que destrozó a su madre por el tamaño descomunal y lo primero que hizo para recordar fue orinar a la comadrona, nació con el cuerpo cubierto por una aceite nacarado que misia maría recogió entre un frasquito para utilizarlo en filtros de amor y otras hechicerías.

Clotilde quedó sepultada en el solar de su casa en una tumba pegada a la de sus hijos y el día de su óbito el rey de los gallinazos, el de collar blanco y ojos humanos, se posó en la cruz de la torre y derramó lágrimas como cuajarones de diamante que su hombre conservó en una urna de cristal de roca.  El ejército de Dios destrozó en la plaza a Tobías Villalobos, en el mismo sitio donde apareció colgado el perro, en una hora que nadie conoció, con los puñales asesinos de treinta y seis demonios vengadores del líder convaleciente. El único testigo, Sibilina, en la vigilia conciente dentro de la inconciencia de su descanso vio salir el llanero por una ventana de la casa de las Chicangana, ubicada en las afueras del poblado, y dirigirse sigiloso hacia la parte alta, donde queda la casa del patrón; al cruzar por el parque brotaron incontenibles los diablos con las dagas de sus colmillos al aire, buscando la garganta, no alcanzó a gritar ni decir nada; al día siguiente nadaba en los hervores de su sangre con las manos y los dientes llenos de pelos de perro y el cuerpo despedazado a dentelladas.

 

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