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En el siguiente amanecer la fachada de la casa cural apareció tapizada con excrementos humanos, desde el nivel del suelo hasta el tejado, ventanas y puertas incluidas; en esta ocasión don Frutos no intentó un ataque directo contra las personas porque sabía que el santón con sus cualidades de lo que fuera metería el terror en los corazones y por eso prefirió demostrarle con la pintada asquerosa que no le temía. Lo increíble, que ninguno supo ni pudo explicarse fue de donde sacaron tanta cantidad de mierda de cristiano para cubrir la superficie de la pared de la vivienda más grande de Quente y sus alrededores. Desde el púlpito inició los ataques contra el patrón; “¡...enemigo de la Santa Religión y de sus ministros, que no viene al templo ni participa de las ceremonias piadosas y vive en concubinato (y temblaba mientras vociferaba y alzaba el brazo derecho con el puño cerrado, amenazante)con esa mujer... como si fueran animales; hijos píos en Nuestro Seños Jesucristo, ese hombrote es un masón descreído y fíjense en los demonios que trajo, quien sabe de donde, para atemorizar a la persona consagrada a Dios para su culto en este mundo. Pero está equivocadísimo si cree poder infundirme miedo, con la ayuda del altísimo y de vosotros, mis amados feligreses (y todos temblaban cuando empleaba el vosotros) combatiré el fuego con el fuego, la espada con la espada y la sangre con la sangre; hombres de Cristo, estamos en guerra para defender la religión de nuestros ancestros, de vuestros padres y abuelos y el futuro de vuestros hijos y nietos!”.

Aunque no comprendieron bien lo del fuego y las espadas escucharon con claridad lo de la guerra y no les agradó, no por miedo sino porque la mayoría de las familias estaban disminuidas por causa de las continuas revueltas que sacudían la patria y la mayoría, en alguna forma, estaban en deuda con el hombre que consideraba enemigo el sacerdote; él, en contra de las santonas solventaba sus penurias económicas. El cura continuó “... Dios es omnipotente, omnipresente y omnisciente y ya demostró que nos protege al enviar la muerte violenta a uno de los caifaces de “ese truhán”...”, y acentuaba sus palabras con fulgores celestiales en su aura de santidad, el brillo de sus dientes amenazantes y el vuelo levitatorio sobre las cabezas de sus fieles en plena ceremonia. Muchos temieron los castigos anunciados y evitaron encontrarse con el patrón y sus allegados. Desde el principio permaneció fiel a su compadre del alma Ananás Villalba, el papá de los niños que ocasionaron la fiesta más recordada que se cometiera en Quente y sus alrededores, superior a la que se realizaría  cuando el bautismo masivo de todos sus retoños de los seis pueblos sin vinito francés ni músicos refinados ni comidas especiales, pura chicha y guarapo y aguardiente, carne de res, de cerdo y de animales de monte y canciones de por acá del puro llano bravío y como celebrante el cura de Santa Úrsula, ningún otro quiso desobedecer al santo padre Querubín. El turno correspondió a las fachadas de las casa de las tres ancianas. Aparecieron bordadas como los tatuajes de los marineros con todas las palabras vulgares y alusiones morbosas a la religión, acusaciones indirectas, ironías y sarcasmos de supuestas relaciones íntimas de ellas con el párroco, el cura con el alemán, de este con sus animales. Se atacó al Santo padre de Roma, a los santos, a los mártires de la fe;  fueron tantas y tan grandes las porquerías escritas, tan injuriosas, que el presbítero condenó al poblado a sufrir tres días de oscuridad como castigo por las ofensas cometidas contra personas sagradas y la fe de la mayor parte de los habitantes del mundo, atacadas injustamente por ese masón de los infiernos. Los animales se comportaron de nuevo en forma contranatural, por el pánico se adelantaron partos humanos y animales y se escucharon por todas partes lamentos y quejas; se encendieron cirios, fogatas, antorchas... pero nada lograba atravesar la tremenda oscuridad. Los sueños perdidos despedían ligeros fulgores, al pasar flotando por las piezas, que para nada remediaban la falta de visibilidad, y la mirada del padre iluminaba por segundos la plaza cuando asomaba la cabeza por la ventana a regocijarse con los temores de sus feligreses. Transcurridos los días sin luz la gente se agolpó en fila a lado y lado del confesionario para testimoniarle a José María su adhesión en su lucha contra los enemigos de la FE y los llaneros encontraron muertas gran cantidad de reses y todas las gallinas del corral de su mujer; días más tarde se conoció que las de Concepción Chuza, Encarnación Mora, María del Carmen Baquero, Engracia Reina y Mercedes Fúquen, sus otras esposas, también murieron pasados los tres días de castigo que, misteriosamente sólo afectaron a los habitantes de Quente del Santísimo Sacramento (así se le llamó desde entonces), tampoco se pudo explicar lo de las aves; las vacas amanecieron degolladas por los colmillos de la jauría encabezada por Buziraco, recuperado de sus heridas. El templo apareció pintado de rojo, color del partido liberal, desde el atrio hasta la punta de la cruz cimera, pasando por las puertas, las campanas, los vitrales italianos; una granizada arrasó las cosechas del patrón; y así por varios días hasta que una mañana el edificio de Dios amaneció sin campanas y se acabaron, temporalmente, sus insectos antinaturales, diez años pasaron antes de que fueran halladas en la casa de Encarnación, amante de Don Frutos en Santa Úrsula de los Perdidos  quien las usaba como materas en la mitad del patio; su hijo Venancio regó el cuento de que su madre tenía unas campanas llenas de plantas ornamentales; sucedió por la época en que su hombre compartido decidió que el sexto hijo de sus concubinas llevara como apelativo Benjamín, para recordar al primero de este nombre que parió Clotilde y que se llevaron los perros llano adentro con rumbo desconocido. Lo atraparon enfrente de la casa de Aminta, la principal de Las Santas como dieron en llamarlas. En retaliación los pajaritos que habitaban en las cornisas del templo y alegraban a los asistentes a los oficios religiosos desaparecieron y los perros tasajearon y esparcieron por las calles los trozos sanguinolentos de Ruperto Devia, otro de los diez llaneros; otro perro que se alejó de la jauría detrás de una perra fue desollado vivo y colgado en un gancho en la puerta de la carnicería de Emigdio Villalba con un letrero “Coma carne de animal bendito” escrito con la peor caligrafía del planeta; los panales de la casa cural fueron destruidos y envenenada la leche que salía de los campos del patrón. Todos los pobladores lloraron y se cubrieron la cabeza con ceniza, maldijeron en coro al hacendado ateo, masón y liberal enemigo de la religión, a sus ocho matones  y a las meretrices de sus mujeres, culpables de los castigos sufridos por todos sin distinción: los días oscuros, el nacimiento de animales con dos cabezas, todos los males presentes y futuros y la ira del presbítero, verdadero enviado del cielo; de las iras santas de las beatas salvaguardias de la Santa Fe que nos legaron los españoles y, por los siglos de los siglos “reafirmamos la consagración de nuestro queridísimo pueblo al Santísimo Sacramento. Por su parte don Fructuoso organizó para Quente, y en especial para los hombres del partido liberal, la primera feria ganadera con bandas de música, juegos de azar, riñas de gallos, competencias llaneras, mujeres complacientes  para todos los gustos y de todo para que nada falte porque las que se van  no hacen falta y las que llegan no sobran.

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