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Ir a: Los hinchas del santo padre (1)

Continuación de la novela... Por capricho trasladé el realismo mágico del Mar Caribe a las hermosas llanuras de los Llanos Orientales de Colombia.

No todos en el poblado sufrieron con la misma intensidad la impresión de la llegada del padre Querubín con su estampa arcangélica y su aura dorada celestial. Fructuoso Hernández permaneció pensativo, acostado en el lecho de medio lado, apoyando su cabeza en la palma de la mano derecha, mientras su mujer del momento bajaba hasta la plaza a enterarse el porqué los mosquitos de sonido volaban liberados por todas partes picando en los tímpanos y haciendo ronchas en las orejas.

En la semi penumbra del cuarto con las ventanas cerradas, que no pudieron abrir las órdenes mentales del cura, Clotilde Huérfano había alcanzado a distinguir un sueño perdido que reconoció de Silverio Reina porque era una ensoñación de fornicación pudibunda, haciendo el amor casi vestidos, de noche y sin luces: así se lo había propuesto varias veces y de tantas maneras, matrimonio incluido, que ella rechazó a causa del amor inmenso que profesaba por su hombre. Ella no sabía que él,  años después tendría seis mujeres en seis pueblos y con seis hijos vivos en cada una (Condición que les impuso, riendo) engendrados durante la misma época de luna creciente, para tener sixtillizos en distintas mamas jajaja...) mientras mostraba la hermosa dentadura luciferina en el rostro moreno, tostado por el sol, con dientes de antropófago blancos, relucientes y mortales. 

Cuando sonaron las ventanas chirriando sin abrirse y zumbaron los mosquitos Fructuoso y Clotilde sintieron apenas un cosquilleo desde la nuca hasta el huesito de la risa. Mientras los demás se estremecían hasta los tuétanos continuaron con su entrega pasional hasta quedar rendidos; él la abrazó y le susurró en el oído mientras le mordisqueaba el lóbulo: “Mi amor, vaya a ver que es la vaina”, ella estiró los brazos desemperezándose, se vistió mientras llamaba a su hijito Venancio que dormitaba en un escaño del corredor y caminaron juntos en dirección al centro de la población. 

Las tres componentes de “La tertulia cotidiana” casi nunca dormían la siesta. Pasaban el tiempo en medio de rezos y comentarios de los chismes del momento; eran el poder vigilante y milagroso adjudicando o quitando enfermedades a discreción; desunían parejas en concubinato y concertaban matrimonios; celebraban bautismos en ausencia de párrocos  y, en fin, todo lo relacionado con lo sagrado estaba tan ligado a ellas que en si mismas llevaban desde esta vida un acentuado olor de santidad. Nacieron viejas, con edades eternas y ningún anciano de la localidad las recordaba más jóvenes, siempre de la misma edad. Nacieron ancianas con edades eternas, como corresponde a los auténticos representantes de Dios en la tierra y eran al mismo tiempo jueces y verdugos de los pecados con que ÉL quiso probar al género humano; tenían aureolas de santidad que usaban en el pueblo durante las solemnidades y evitaban usarlas entre muchedumbres desconocidas porque su fulgor sobrenatural cegaban a los presentes y las hacía visibles en centenares de metros a la redonda. En la capital la guacherna miraba las aureolas como indicio de locura y en medio de hilarantes rechiflas les arrojaban cáscaras de frutas, huevos podridos, bacinadas de orines por las ventanas y hasta piedras les tiraban los chinos de la calle.

Las tres escucharon al unísono el flotar del sacerdote desde el parador de las mulas, el abrirse las puertas y ventanas, el repique de las campanas seguido por el despertar conmocionado de los habitantes de Quente, pero continuaron imperturbables la actividad que las ocupaba; igual hubieran permanecido ante la visión del sueño de vigilia de Sibilina acompañando al Padre. Eran tres mujeres olímpicas deificadas dentro de su orgullo acompañado por ese olor de santidad que las circundaba igual que la niebla eterna de los páramos visibles en lontananza. Fueron ellas las autoras de los cambios interminables de párrocos y alcaldes; ellas las culpables de muertes inconcebibles como la de la misma Muerte, que resucitó al tercer día más muerta que nunca para nunca más vivir, después de hacer un pacto de inmortalidad con ellas y con el recién llegado. Sólo ellas y don Fructuoso, su enemigo irreconciliable por liberal y adúltero, no se conmovieron con el mismo temblor interno que afectó a los demás ni se sintieron atravesadas por la mirada distante y telepática ni conocieron el frío glacial en los órganos genitales ante su presencia (que sí afectó a Clotilde) ni los deseos apremiantes de orinar a causa de las acusaciones furiosas que el hombre  de Dios lanzó contra todos y se las gritaba elevándose del piso cada vez que levantaba la mirada al cielo. Él, supo de inmediato que no se hallaban al recorrer con la mirada inquisitiva la muchedumbre. Conoció hasta los pensamientos más ocultos de sus parroquianos, recorrió los laberintos intrincados de sus cerebros, desempolvó pensamientos olvidados e iluminó rincones a donde jamás llegaría la luz de los conocimientos, vio caras y reconoció caracteres pero encontró el vació de personas que desatendieron el llamado de su poder.

El pueblo entero tembló de miedo ante el destello de esos ojos sobrenaturales, parpadeó deslumbrado ante el refulgir con cambio de colores de su aura dorada y esperó tembloroso el torrente de palabras que lo iba a envolver como una riada gigantesca. Clotilde Huérfano era en estas fechas la mujer de turno de don Fructuoso (por decirlo de alguna manera) y se convertiría, sin ella saberlo, en la primera de las seis de los seis pueblos. Bajó corriendo las cinco cuadras que separaban la casa de su marido  de la plaza con su hijito detrás; en esa época su hombre no era tan importante como llegaría a serlo años más tarde cuando acumuló tanta plata que hasta le prestaba al gobierno, en ese momento contaba con la  mayor fortuna  de Quente y sus alrededores. Pasaba el tiempo entre sus negocios, los gallos de pelea y las jóvenes campesinas que visitaban su lecho en los mediodías calurosos y pegajosos cuando estaba lejos del pueblo, en alguna de sus haciendas y de las señoritas beatas rezando y los niños de teta mamando.

 

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