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Hacía cinco años estaba un poco alejado de los quehaceres de la cintura para abajo, decía riendo, porque apareció ella para entregarse en eternidades agónicas que lo hacían quedar sin alientos y dormido como un santo, reía él en su oído. Clotilde recordó muy lejano el día de su Primera Comunión en sus evocaciones de mujer veinte añera a quien su pareja tenía convencida de estar queriendo como a ninguna en la vida, se acomodó la pañoleta floreada y disminuyó el paso con el corazón desbocado ante la cercanía de esa voz que le metía tembladera en las corvas y premura en los riñones, atisbó desde la esquina de la tienda de Salvador González, escuchó el gruñido fiero de los perros y cuando volteó a mirar Buziraco, el más feroz de los animales del alemán Fritz Von Walter, saltaba sobre su pequeño hijo, el menor de los tres que tenía su esposo por ahora y el único con ella. Todos estaban arrodillados, medio cegados por los resplandores emanados de la santa persona del cura Querubín, temerosos de sentirse arrastrados por una corriente demoníaca que los depositaría en los profundos infiernos, vociferaba el prelado, cuando escucharon el sonido de un torbellino salido del fin del mundo, el llanto dolorido de una criatura y el rugido de treinta y seis  demonios enfurecidos atacando la carne pecadora. Sólo cuando escucharon el grito de Clotilde retornaron a la realidad espantosa por lo inconcebible; al principio fue un clamor ahogado y luego desgarrador para los oídos delicados a causa de las picaduras;  se escuchó un alarido inhumano con gemidos de selva y clamor de alma en pena cuando  las únicas palabras que se le escucharon a la pobre madre fueron “Virgen santísima, me mataron al niño estos perros hijueputas” y luego el llanto raudo, incontenible, silente y desbocado.

Ella sería la primera persona en acusar sin palabras al sacerdote por la muerte de Venancio, destrozado por los perros de un alemán sin patria, sin mujer y con dos hijos que mantenía enjaulados y se comunicaban ladrando como forma natural de expresión. Un alemán que apareció quien sabe cuando y se metió en una de las casas de mi marido Frutos porque la encontró desocupada y él, cuando lo supo alzó los hombros y dijo “dejar unos días ahí a ese pobre güevón  mientras la arriendo” pero este la llenó de perros poco a poco y después nadie se atrevió a sacarlo. Algún vecino mal intencionado corrió el rumor que al europeo no le gustaban las hembras y que los hijos que tenía cautivos los había engendrado con una perra pastor ovejera que, dizque, dormía con él y se querían mucho; “mierda de la gente, decía Fructuoso y soltaba una de sus carcajadas, antes de la muerte de su niño y de culpar al cura mal parido y al catire cabrón dueño de los perros que voy a capar como a mis animales”

Las tres beatas suspendieron sus labores de tejido y orales cuando dejaron de zumbar los mosquitos escapados de las campanas, flotó más pegajoso el vaho de temores y su olor de santidad alerta se  tornó más penetrante; sus atenciones se agudizaron al sentir la vibración espiral de remolino, el gemido de una víctima propiciatoria y el rugir de tres docenas de demonios furibundos, sintieron náuseas causadas por el olor de sangre fresca y se horrorizaron con las palabras de Clotilde, “¡Blasfemia!”,dijeron en coro y se santiguaron sin moverse de sus asientos, Aminta Villalba, la más imponente dijo “oremos por el perdón para nuestro pueblo y borrar de los ojos de Nuestra Señora las lágrimas que debe estar derramando  por causa de esa mala mujer y, ojala, que su Santísimo Hijo la condene...”; en medio del murmullo de oraciones se  diluyó el tiempo de las tres señoritas mientras esperaban el mensajero que debía traerles toda la información que creían merecer, sin levantarse de sus sillones. Sibilina las observaba desde su puesto detrás de la puerta principal de la casa cural, su marido no regresó para darle la autorización de presentarse ante el sacerdote o salir a la calle; ella fisgoneaba  los habitantes del pueblo reunidos al frente de la iglesia y al cura con los ojos físicos y a las señoritas importantes, a don Fructuoso y al alemán con los ojos de sus sueños conscientes. Encontró ensoñaciones en los zarzos y los rincones sombríos, refundidos desde la hora de llegada del eclesiástico, los tranquilizó llamándolos por sus propios nombres porque en sus sueños si poseía el don de la palabra hasta cuando tropezó con dos inidentificables, desconocidos y absurdos, tímidos y escurridizos que no parlaban lengua de cristianos sino gruñidos indescifrables ; estaba tratando de comunicarse con ellos cuando vio de manera simultánea con sus dos pares de ojos el ataque de los perros desde dos puntos diferentes convirtiéndose en la testigo más idónea para cualquier juzgado humano si el hecho hubiera ido a juicio. La otra persona que vio todo desde el principio fue el párroco en tanto su mirada centelleaba y su halo cambiaba tonalidades y su cuerpo se suspendía a varios centímetros del piso. Clotilde presenció desde el salto de Buziraco seguido por Lucifer, Barrabás, Satanás, Herodes, Caín y los demás perros con los dientes desnudos sobre el niño pero nunca vio lo que si presencio Sibilina y que jamás hubiera podido contar a causa de su mudez eterna: como se abrieron las jaulas de los animales solas, como movidas de voluntad propia, luego la puerta del patio y por último la de la calle; los perros, amaestrados, no salían esperándola orden de su amo pero, de pronto un chasquido de látigo espiritual los azuzó y una voz autoritaria del cielo los obligó a salir en tropel silente.

El nuevo día amaneció nublado, triste y lleno de presagios; el niño recibió sepultura en el solar de la casa de su padre porque el cura negó un espacio en el cementerio: “es un irrespeto, dijo, enterrar en lugar sagrado a una persona, así sea un niño, que no haya recibido la gracia del bautismo; además sus padres viven sin la bendición de la Madre Iglesia”. Estas palabras despertaron muchas sospechas entre los liberales porque ¿cómo diablos sabía esto si acababa de llegar?. Se cumplieron dos horas exactas cuando pronunció lo que dijo y desapareció por la puerta grande del templo mientras sus feligreses se paraban con las rodillas doloridas y el alma asustada; los gallinazos se descongelaron en las alturas y descendieron raudos sobre el cadáver. Sibilina temblaba dentro de su mundo silente y su analfabetismo y no percibió al sacerdote como demonio, como le ocurrió a su marido, si no un santo varón, el más terrorífico que pudo enviar mi Dios a este pueblo sin fe; diez años sin prelado permanente porque el último que llegó, hacía cuatro años, sólo alcanzó a unir en santo matrimonio, durante la misa mayor del domingo, a Carlos Guevara con Amanda Moreno y a bautizar a los tres hijos de Ananás Villalba que apadrinó don Fructuoso. Lo regresaron a la Arquidiócesis las tres señoritas por considerarlo muy joven. Otro enviado de la capital se desbarrancó en una sima sin fin y jamás fue encontrado; afirman que hasta nuestros días sale al paso de los viajeros nocturnos que cruzan el páramo flotando muy triste y solicitando compañía; aseguran que si alguien se arriesga y habla con él lo encamina hasta el sitio donde enterraron un gran tesoro los indios para salvarlo de los conquistadores españoles pero, hasta hoy, nadie se ha arriesgado.

 

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