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MATSUALÍ

“La que ve lo que aún no ocurre”

Capítulo 5: El sueño de las pirámides

 

El tiempo se devoraba a sí mismo mientras en aquel valle escondido la tribu prosperaba. Matsualí guiaba en las siembras y cosechas, aquello que en su tierra había visto tantas veces y que fue la causa de sus primeras preguntas, ahora ponía en práctica lo aprendido y añadía a todo sus propias ideas. Su mente que no olvidaba una palabra y que analizaba pros y contras desde distintos ángulos, que reflexionaba profundamente sobre cada aspecto, que miraba el comportamiento de la tierra y hacía comparaciones. Esa mente prodigiosa estaba al servicio de cada aspecto de la nueva aldea.

Habían pasado un poco más de 3 años desde el  naufragio que los había arrojado a esta tierra inhóspita y primitiva. Y eran 3 años desde que se habían apostado en el valle. La celebración tendría lugar en dos días.

Matsualí caminaba por el valle reflexionando siempre, pensando en las maneras de resolver los retos diarios que se presentaban, sean importantes o nimiedades propias del ser humano.

Había prácticamente exprimido el conocimiento de todos sus “hermanos” como llamaba a ella a todos sus compañeros de viaje. Esas experiencias conjuntas eran la principal herramienta para el desarrollo de la aldea.

A sus quince años la madurez de Matsualí la había convertido en la líder natural de la aldea. Más allá de haber sido siempre el sostén de todos, y la que sabía las cosas que pasarían antes que sucedieran. Para todos era magia, para ella era simple deducción.

Los jóvenes leones habían crecido fuertes y potentes. León y Leona, Makut y Marakut. Habían aprendido a conocer a cada uno de los habitantes de la aldea, y no era raro verlos sentados en cada costado de la aldea hasta que regrese el último de sus habitantes.

Acompañaban a los cazadores y eran salvajemente certeros a la hora de cazar.

Pero a pesar de todo, si Matsualí salía a recorrer el valle, Makut y Marakut iban con ella. Indefectiblemente. Para ellos era su madre y la cuidaban con una ferocidad indómita.

La fiebre la atacó la noche siguiente, a dos días del festejo, sin previo aviso. 

Estaba sentada tejiendo con las demás mujeres los últimos retoques a las ropas de la ceremonia, cuando un profundo gemido salió de su boca.

Soltó lo que tenía entre las manos y se tomó las sienes presionandolas con las palmas. Cayó de rodillas al suelo mientras su cuerpo se convulsionaba. Gruesas gotas de sudor perlaban su frente y su cuello, cayó de bruces inconsciente sobre la hierba.

Todos se lanzaron a ella pero la pareja de leones se interpusieron en su paso, rugiendo suavemente y mostrando los dientes poderosos.

Matsualí temblaba inconsciente en la hierba, Makut lamió el rostro de Matsualí y se sentó a su lado. La leona Marakut todavía dió unas cuantas vueltas alrededor de ella y se acostó del otro lado. Todos miraron temerosos a los leones sin atreverse a acercarse.

Missa, la mujer de más edad de todas, tomó una piel de la choza de Matsualí y se acercó directo a los leones, caminando erguida y casi sin mirarlos. Los leones sí la vieron siguiendo sus pasos firmes hacia ellos.

Pasó entre ambos y cubrió a Matsualí con el abrigo de piel. Los leones se levantaron y se acomodaron de nuevo dando espacio a Missa

Los demás  encendieron hogueras para ahuyentar a los espíritus, cantaron sus viejas canciones en sus lenguas antiguas, cada quien rogando por la salud de su joven líder.

Matsualí no estaba en el mundo de los despiertos.

La fiebre y el delirio la llevaron al mundo de los sueños.

Soñó que el valle se llenaba de agua, de mucha agua, tanta agua que parecía que el mar se lo tragaba, pero no era la furia del mar, sino una corriente mansa pero poderosa que lo atravesaba de sur a norte, nutriendo la tierra con limo oscuro y fértil. Vio crecer las espigas y los rebaños, su pedazo del valle se extendía hacia el horizonte con la llegada del agua y vio multiplicarse las chozas hasta volverse una gigantesca ciudad de piedra blanca.

Gente de todos los colores caminan por sus calles, la gigantesca ciudad es un ente que bulle de vida.

De pronto Matsualí levantó la vista hacia el horizonte y vio que las dunas que se ordenaban y sombras gigantescas de piedra se elevaban en el firmamento. Tres montañas hechas por manos humanas, con puntas de oro que tocaban las nubes y caras de piedra blanca que reflejaban el sol como espejos pero sin dañar la vista. Distinguió que tenían cornisas que delineaban sus costados de un azul profundo con grabados donde contaban la historia del pueblo y de ella misma. Las montañas eran hermosas en su sencillez y en la posición de las puntas de las pirámides que se alineaban con las constelaciones del cielo con una exactitud matemática perfecta.

Vio las pirámides antes de que existiera la palabra para nombrarlas. Y no eran tumbas, eran testigos de piedra, un legado distinto para las gentes de un futuro lejano,  un futuro al que le hablaban con palabras que decían: "Aquí hubo alguien que comprendió el lenguaje del universo".

En el sueño, Matsualí caminaba hacia ellas con pasos de giganta. Volando sobre la ciudad que la mira y la señala. Se detiene sorprendida ante la efigie levantada delante. Es gigantesca. Es ella misma de pie, con Makut y Marakut a sus costados. Viste ropas extrañas y los leones llevan corazas sobre sus cuerpos musculosos.

Rodea la efigie y cuando queda frente a su propia figura, una voz sale de la pirámide más alta y le habla :

“Esto será tu legado. No te recordarán por tu rostro, porque ésta figura será la primera en caer por el tiempo y la guerra, sino por la forma que tu inteligencia quedó grabada en la tierra. Cada piedra será una de tus ideas. Cada sombra, una de tus victorias.

Estás viendo el apogeo de un imperio que no llegarás a ver pero que se construirá en base a tu sabiduría. Porque no habrá pueblo que pueda derrotar a los dueños del ingenio. Harás muchas cosas. Tu mente resolverá muchos problemas y creará mas de lo que el mundo podrá descifrar”

Matsualí quiso preguntar si su soledad terminaría allí, pero la voz ya se había ido. Las pirámides comenzaron a brillar con una luz interior, las cornisas azules brillaban en contraste a las blancas paredes y la dorada punta. La efigie triple vibraba con el aire, parecía que los gigantescos leones y su propia figura saldrían corriendo de un momento a otro. El río inmenso murmuraba su nombre al chocar a la costa llamándola, la blanca ciudad seguía ritos en los templos creados para ella, los constructores y centros de enseñanza tenían su imagen por símbolo y supo que este sueño no era un sueño, sino una profecía.

Despertó con el cuerpo frío a pesar de las pieles. los leones se levantaron de su vigilia y lamieron su rostro con cariño, acarició los enormes hocicos y se incorporó aún débil pero con la mirada encendida de determinación.

Salió de la tienda a donde la habían llevado bajo la vigilancia de los leones, todavía cubierta con las pieles,  contempló el valle desierto y, donde otros veían vacío, ella ya veía los cimientos de la primera gran civilización. 

Los encargados de perpetuar su conocimiento

Su soledad era el precio de ser el primer eslabón de una estirpe de dioses. Vio las dunas interminables, las franjas de tierra en los límites del valle que algún día también se teñirán de verde. La intrigaba el río, la profecía le mostraba el valle a orillas de un inmenso río. Un río que parecía un mar de agua dulce y negro limo. “Creo que la naturaleza aún no ha dicho la última palabra” pensó para sí.

—Lo construirán —murmuró al aire—. Será mi mensaje para los siglos La tarea que deberán cumplir los que me siguen.

Sus compañeros no entendieron, pero guardaron silencio. La respetaban como a una sacerdotisa, aunque ella nunca pidió ese culto. Solo quería construir.

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(Fin del Capítulo V)
Banda sonora El sueño de las pirámides

Siguiente capítulo
Capítulo VI : Nilo

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