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MATSUALÍ

“La que ve lo que aún no ocurre”

Capítulo 7: La llamada del Clan

 

Poco a poco el pueblo crecía a medida que iban llegando gentes de todas partes, tal y como Nilo había pronosticado a Matsualí en su primer encuentro.

Una pareja desde el sur, familias que habían abandonado la vida nómada al escuchar de la tierra pacífica de la niña hechicera. Grupos de esclavos huidos del norte. Viejos amigos que al pasar con sus caravanas por el territorio elegían quedarse allí. Entre ellos,entre los viejos amigos, regresó Ayarea, con el niño a su lado, el niño había crecido mucho en esos años que la antigua compañera había vivido con los nómadas.

– ¿Me permites regresar Matsualí? - Preguntó al llegar al centro del pueblo y ver a la niña ya joven caminando con varios hombres que parecían consultarse sobre temas importantes.

Matsualí la reconoció al instante y la abrazó con genuina alegría.

– Por supuesto Ayarea, éste siempre será tu lugar. Vayan a la casa grande y coman y beban algo. Estaré con ustedes cuando el sol esté en el cenit -

Ayarea y el niño se despidieron de Matsualí y se fueron a la casa grande que había al centro del poblado.

Al entrar al lugar vieron pintada en la pared principal una orden: “Si puedes leer esto puedes quedarte. Si quieres hacerlo, aprende a leer” A todos los que llegaban les traducían el texto. Una orden expresa de Matsualí. 

Los residentes originales del pueblo, es decir, el grupo inicial que había llegado al valle, era el encargado de enseñar el idioma. Nadie más, solo ellos. Y era el requisito indispensable si querían quedarse. Extrañamente era un lenguaje fácil de aprender, tenía resonancias cognitivas naturales acordes a los idiomas que resonaban por el desierto. Y bastaba una tarde para que todos se comunicaran con órdenes básicas y generales.

Aparte del grupo original, habían varias personas indicando a los recién llegados lo que tenían que hacer. Desde ayudar a servir la comida, hasta limpiar las vajillas o recoger el lugar. Nadie se estaba quieto.

Mientras Ayarea miraba el caos ordenado de todo aquello, todo el mundo se quedó quieto de terror cuando el rugido grave y quedo de un león que venía de la puerta de entrada se oyó por todo el lugar.

Los que ya conocían a Makut calmaron a los demás gritando ¡Guardian!¡Guardian! ¡Makut!¡Makut!

A pesar de las advertencias o de ya conocerlo, la entrada al lugar del imponente y gigante león dorado heló la sangre de todos. La enorme melena se bamboleaba al paso cansino del león. Caminó por el centro del lugar mirando de reojo a todos. Luego se acercó a la vieja Missa y se sentó a sus piernas como un gatito consentido.

Todos respiraron aliviados por un segundo. Marakut apareció detrás de él. El porte grácil de la leona emanando fuerza con cada pisada poderosa parecía congelar a todos. Gruñía por lo bajo, pisaba con fuerza y miraba hacia adelante, solo sus orejas parecían estar vigilando, se movían de un lado a otro como radares intempestivos.

¡Marakut! ¡Marakut! ¡Guardiana!¡Guardiana! gritaron todos y la leona apenas movió un músculo para saltar por lo menos cuatro metros hasta el final de la sala. Acarició a Missa con la cabeza y se sentó cerca de su compañero.

Todos miraron hacia la puerta para ver si entraba un tercer león, pero nada apareció y respiraron por fin algo aliviados.

El pueblo crecía constantemente, por lo menos había 3 familias nuevas cada semana, todos los que llegaban debían de aprender el idioma durante horas enteras, dedicados solo a eso. Había disputas, peleas y frustraciones entre los nuevos porque estaban obligados a aprenderlo. Matsualí solía acompañar las sesiones y les explicaba la razón en los lenguajes originales de los llegados. Atenta y paciente, siempre conseguía que después de su conversación, todos le pongan verdaderas ganas. Entendían que el idioma era la puerta de entrada a su nueva vida.

Matsualí tenía una segunda regla, después del idioma, y era que todos debían ser capaces de hacer todo. En el puerto del río se veía siempre a gente explicando de pesca y a la misma gente escuchando de agricultura. El proceso era lento, pero los réditos eran enormes, siempre había alguien que daba una solución inteligente a un problema específico. Matsualí solía evaluar esas soluciones y añadirles algo más para que todo funcione más allá de lo esperado.

El tiempo transcurría sin demasiadas novedades, pero Matsualí nunca estaba quieta, le pidió a Nilo que viaje por el río y que busque noticias sobre los nómadas y los clanes que habían tomado su ejemplo. Nilo había adoptado a un par de halcones imitando a Matsualí. “Ellos se encargarán del aire” le había dicho una tarde durante los largos paseos que solían dar mientras él la instruía en los secretos del agua. “El es Aisún y ella Araisún. Los que vigilan.”

Matsualí descubrió que los halcones se podían entrenar y fue un arte que abrazó con esmero. Varios de los recién llegados conocían las técnicas para entrenar halcones, pero cada uno a su manera. Como siempre, Matsualí absorbió todo, y construyó una nueva técnica más efectiva y que se volvió el sello del valle.

Las caravanas de nómadas que solían pasar por el lado del desierto comerciaban cada vez más con el pueblo del valle. Y traían y llevaban noticias a través del desierto. 

Nilo regresó después de 6 meses de travesía por el río y sus alrededores, el grito de sus halcones sobre el puerto anunció su llegada. Matsualí salió a recibirlo con varios líderes del grupo original a los que todos llamaban “Asfaon”, “los que enseñan”, porque eran los que transmitían lo que Matsualí necesitaba que aprendan.

Nilo y sus halcones descendieron del gran bote. Los halcones volaron hasta la cabeza de los leones que vigilaban a la muchacha de lejos.

– ¿Qué noticias traes amigo? - le dijo luego de que el hombre le hiciera una respetuosa reverencia.

– Lastimosamente ninguna buena, los clanes de las tierras altas han tenido problemas de cosechas y están mirando con codicia nuestros sembradíos. No quieren hacer tratos, no tienen con qué y temo que se estén preparando para un asalto a gran escala -

Matsualí se quedó en silencio mientras Nilo se dirigía a la gran casa y lo seguía concentrada.

– Cuéntamelo todo y no omitas ningún detalle, los detalles son importantes - Le dijo Matsualí a Nilo cuando se sentaron en la sala de consejos. Junto a ellos se sentaron casi todos los Asafon del valle. Intrigados por la preocupación en los rostros de sus dos líderes naturales.

– Regresé lo más pronto que pude, no sé si será tarde. Pero no lo creo. Allá en las tierras altas descubrí pueblos devastados por completo, no dejaron ni rastro de gente o algo que pudiera reconocerse. Los halcones volaron por la región por días hasta que descubrieron a los culpables. Es un gran clan de siete clanes. Todos de tierras que antes eran verdes y ahora el desierto las ha devorado En lugar de convertirse en nómadas se convirtieron en plaga. Roban recursos y luego que los consumen buscan nuevas víctimas. Antes de partir habían devastado la costa oriental del río. Así que tenían recursos nuevos, pero tienen la mirada puesta en el valle, creen que les pertenece por derecho y vendrán aquí cuando se les acaben esos recursos. Las leyendas del lugar cuentan de un Djinn loco que los expulsó del valle hace generaciones, enloqueciendo a sus jefes. -

Matsualí sintió una punzada en la boca del estómago a la mención del Djinn, sin olvidarse de él completamente lo había pasado por alto todos estos años.Temía que ahora esté detrás de todo esto.

La noticia de la prosperidad del valle había corrido por el desierto como fuego en hierba seca: una hechicera de apariencia siempre joven y un gran espíritu del agua gobernaban el valle fértil. Para los clanes de las tierras altas, eso era una afrenta y una tentación. Ese valle había sido prohibido por sus ancestros a causa de un Djinn que perturbaba las mentes de los que pretendían quedarse allí. Ahora estaba poblado y lo gobernaba la magia. Era hora de tomar lo que siempre consideraron suyo.

Pasaron semanas hasta que los recursos se terminaron en las chozas de cada uno de los siete clanes.

Los clanes de las tierras altas se unieron para atacar en conjunto, envidiosos de la prosperidad del valle. Los siete clanes eligieron un solo jefe, un guerrero tuareg de ojos fríos que creía que la fuerza era la única ley.  

En el recuento, las fuerzas de los clanes se contaban por miles, las del valle eran apenas unos cientos. 

La horda cayó sobre el valle un amanecer, con gritos de guerra que retumbaron por todo el valle, como una tormenta, e hicieron temblar las chozas.

Matsualí los esperaba. No usó la fuerza para un choque frontal, sino para canalizar el ataque enemigo. 

Había previsto el ataque con semanas de antelación, leyendo las señales sobre el movimiento de los cazadores y la posición de las estrellas. 

Usando su fuerza sobrehumana, la potencia natural de Nilo y la ayuda incondicional de cada habitante del valle, movieron rocas colosales para crear un embudo estratégico. Dispuso trampas en las dunas, pozos cubiertos de ramas, defensas que canalizaban la caballería hacia pasajes angostos entre las montañas, donde la ventaja numérica se difuminaba y se convertía en una desventaja que inmovilizaba las tropas.

Makut y Marakut estaban tensos en la pradera, esperando la llegada de los jinetes, eran los encargados de crear el caos entre las cabalgaduras. Y se veían ansiosos.

Cuando el grito de los miles que atacaban cruzó el valle, los leones rugieron con todas sus fuerzas. Helando la sangre de cientos de asaltantes que corrían hacia el pueblo.

Pero la batalla fue brutal. Los clanes eran guerreros feroces, y los defensores del valle eran apenas un grupo de esclavos liberados, algunas decenas de familias nómadas que se habían unido a ellos y Matsualí, Nilo, Los leones y los Halcones..

Matsualí dirigía la batalla como un tablero de ajedrez infinito. Anticipó cada emboscada y cada flanqueo, lanzó a los leones contra los guías de la caballería, destruyendo la escala de orden, los halcones sacaban ojos al vuelo, el ataque se retrasó por el caos formado por las estrategias defensivas de Matsualí, pero no era suficiente, las hordas de atacantes parecían una marea incontenible.

Ahí brilló Nilo.

Matsualí lo había colocado en el punto exacto donde el río—su río—creaba un delta angosto. Cuando la carga principal de los jinetes llegó, él alzó los brazos y el agua respondió. No una crecida, sino un muro líquido que brotó hacia la arena y arrolló a los atacantes. Los caballos se encabritaban, los hombres caían en el lodo, y la formación se rompió. 

Nilo golpeaba con la fuerza de una inundación.

Luego fue lucha cuerpo a cuerpo. Matsualí peleó junto a los suyos con una ferocidad que nadie esperaba de ella; su cuerpo, fortalecido por el don del Djin, se movía con precisión matemática, cada golpe en el lugar exacto. 

Las fuerzas de defensa del valle atacaron sin misericordia, los leones destrozaron gargantas, los halcones cegaron, Matsualí lanzaba rocas como una catapulta y la gente luchaba por su vida por el valle.

Pero fue Nilo, el hombre hecho de agua y tierra, quien sostuvo la línea cuando todo parecía perdido.

Se movía entre las líneas enemigas como un fluido, intocable, indestructible, indetectable. Parecía verlo todo, Su objetivo eran los líderes de cada grupo de ataque y los encontraba con gran facilidad. eliminandolos de un golpe de cimitarra. Pero sus ojos estaban en el cielo. Los halcones miraban desde arriba y un grito, un chillido, un silbido guiaban al hombre a su nuevo objetivo. Los que miraban al musculoso hombre de tez morena cimitarra en mano pasar, solo veían el haz de plata de su arma y la cabeza de su líder rodar por el suelo.

Aquella horda que era mar, se estrelló con el dique de defensa dispuesto por Matsualí. Cientos murieron en las trampas, ahogados entre las dunas, aplastados en callejones indetectables, cayendo al vacío cuando los leones empujaron a la caballería aterrorizada a la muerte. Aplastados por rocas en lluvias de piedra.

A pesar de su dolor, Matsualí había creado máquinas de guerra. Catapultas que lanzaban lluvias de piedras. Palancas para subir esas piedras a las máquinas. Sus propios brazos. Los brazos de Nilo. Que ayudaron a llenar las máquinas que acabaron con incontable número de atacantes.

 Al caer el sol, los invasores huyeron, aterrorizados por la mujer que leía sus pensamientos, el hombre que peleaba con el poder del agua, y sus animales demoníacos.

El valle había sobrevivido, pero Matsualí contó a sus muertos con el corazón apretado. Caminó entre las huestes y recogió a los heridos de ambos bandos, llenando carretas que llevaba sola desde el campo de batalla hasta el centro del pueblo.

Makut y Marakut se lamían las heridas en un costado de la plaza. Tenían cortes por todos lados y los hocicos rojos de sangre hasta los ojos.

Las mujeres miraban a Matsualí incansable, yendo y viniendo trayendo más heridos en la carreta. Dejándolos cuidadosamente sobre el suelo y volviendo a salir.

Hasta que bien entrada la noche caminó por ese campo de muerte y no escuchó ningún ruido. Nada, solo un silencio estremecedor cubría el lugar y los cuerpos muertos.

Detrás suyo escuchó de pronto el siseo de la arena al caer y el calor de una presencia conocida.

– Diste batalla niña -

Matsualí se giró y ahí estaba, el Djinn de ojos verticales y cuerpo de arena, fuego y estrellas. Sus brazos sobre el pecho y su largo pelo azul.

– Fuiste tú el que provocó todo esto ¿verdad? -Le dijo Matsualí directamente

– No se de que hablas niña, solo vine a castigarte por dañar mi valle -

–¿Castigarme?, ¿no es suficiente para tí tanta muerte? - abre los brazos mostrándole el campo sembrado de cadáveres

– No lo creo - dijo el Djinn con odio en los extraños ojos de fuego vertical.

– Pues no puedes hacer nada. El valle no fue dañado, esta gente viene de las tierras altas y algunos son gente que buscaba la paz del valle. Algo que tú no pareces apreciar -

– No seas insolente niña humana. Seré paciente, un día cometerás un error. - Le dijo el Djinn con la voz profunda y grave.

– No provoques mas guerras, porque te venceré en todas - Le dijo Matsualí furiosa

– Niña estúpida. No he provocado nada - Dijo el Djinn antes de desaparecer, con una sonrisa torcida de satisfacción.

De vuelta al centro de la gran casa, mientras Nilo limpiaba sus heridas y ella se las curaba le susurró:

—No puedo salvarlos a todos. Pero juntos, podemos construir algo que los proteja después de nosotros.

Él la besó en la frente – seguro tienes un buen plan, pero es hora de descansar. Tu también tienes heridas – le dijo señalándole el corazón.

La pena de las pérdidas de su gente la atormentaban sin dejarla pensar claramente. Miró a Nilo con el torso casi completamente vendado y se levantó.

– Es cierto, es hora de descansar. Hazlo tú amigo mío. Yo debo atender un asunto antes. Luego también descansaré-

Matsualí se fue a donde estaban los leones, Makut tenía una gran herida en la espalda. Se la curó con paciencia, sabía que le quedaría una terrible cicatriz. El león se dejó hacer, débil por la pérdida de sangre. Pero aun indomable. 

Marakut lamía a su compañero solícita, Miraba a Matsualí con ojos casi humanos de preocupación.

– Va a recuperarse, no temas, es el rey de la selva. nadie lo vencerá tan fácil - Le dijo a la leona, que bajó la cabeza pareciendo entenderla. Luego se recostó a su lado lamiendo su rostro. 

Matsualí volvió a la gran casa y trabajó aún unas horas más con las mujeres que cuidaban a los heridos. Su mente tomaba notas y separaba hechos. Cada herido era una oportunidad de aprender de sus particularidades y sacar conclusiones que sirvan a todos. 

– Traigan agua limpia, deben lavarse  siempre las manos si van a tocar a un enfermo. ¿o acaso cocinan con las manos sucias si van a alimentar a sus hijos? -

Las mujeres se miraron entre ellas y dos de ellas trajeron una tinaja y una gran taza. 

– Matsualí cabeceaba de cansancio vigilando a los heridos -

– Nilo se acercó a ella y la recostó sobre la hierba. la cubrió con unas mantas y la dejó dormir por fin -

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(Fin del Capítulo VII)
Banda sonora La llamada del clan

Siguiente capítulo:
Capítulo VIII: Danza Ritual

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