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LOS HOMBRES SON UNOS IDIOTAS

 

 

- Detente …  en cualquier momento puede venir Andrés. 

Ella omitió lo que acababa de decirle, como si no le importara que en cualquier instante su marido podía a travesar aquella puerta y propinarme tremenda zurra. En vez de eso, desabrocho mi cinturón y el botón que sostenía mis pantalones cayendo hasta mis tobillos. Puso una de sus manos ahí abajo. Con sus dedos enrosco mi miembro y comenzó a agitarlo lentamente hacia al frente y hacia atrás.  << Para>> le volví a decir, aunque me gustaba lo que hacía. Ella comenzó a agitar cada vez mas de prisa. Yo comenzaba a excitarme.

- ¿Que no te gusta lo que estoy haciendo?, me pregunto - ¿Quieres que me detenga?

Para ese entonces la calentura abarcaba casi por completo mi cuerpo, y la mente no me ayudaba mucho que digamos. El temor de que el esposo apareciera y me encontrara a mí con los pantalones en el suelo, el miembro de fuera, y a su esposa masturbándome se fue al carajo.

-No, no, le dije.

Ella se hincó. Mi miembro creció entre sus dedos ,lo tomo y lo introdujo en su boca repitiendo el mismo movimiento, adelante y atrás. Yo tome su cabeza con ambas manos siguiendo el ritmo en la que se movía. Y cuando estuve a punto de venirme, la aparte. Le pedí que se colocara de pie, la tome de la cintura y la arrincone contra el escritorio. La bese, me beso. Nuestros labios chocaron bruscamente uno contra el otro como si el mundo fuera acabarse en ese momento. Mientras la besaba, yo metía lentamente mi mano derecha por debajo de su vestido, navegue entre sus piernas llegando hasta su coño. Aquel lugar caliente, que conforme pasaba el tiempo se ponía cada vez más húmedo. Una vez estando ahí, comencé a frotar por encima de su ropa interior. Ella también estaba excitada. Saque mi mano de aquel horno y cuando hice el intento de voltearla, de tal manera de que su culo estuviera frente a mí, ella declino. <<Espera>> Saco un condón que por casualidad había encontrado en su bolso, que estaba asentado en una de las sillas. Me lo puse. Entonces ella misma se dio la vuelta, recostando ambos hombros y parte del abdomen sobre el escritorio, levante su vestido, baje la tanga roja que traía puesta, y ustedes ya se imaginaran lo que paso después. Ella gemía, o al menos fingía que lo hacía. El escritorio daba pequeños brincos cada que yo entraba en ella.  Una vez sacado todo lo que tenía que sacar, le dije:

- Tenemos que dejar de hacer esto, o al menos dejar de hacerlo en este lugar.

- ¿Tienes miedo?, me contesto mientras se subía la tanga.

-Nada de eso. Solo que...

-No te preocupes, no pasara nada.

Subí mi pantalón, y mientras enganchaba la hebilla de mi cinturón, dijo:

-Los hombres son unos idiotas al pensar que el amor de una mujer es para siempre.

- ¿Qué quieres decir con eso?, conteste yo, sin haber entendido lo que había dicho. Sus labios reflejaron una risa un poco irónica.

-Nada, si quieres puedes irte, yo seguiré buscando los papeles.

Papeles que no eran más que un pretexto para invitarme a que la montara. Llevaba apenas tres semanas de entrar a trabajar en la compañía y dos, desde que empecé a tirarme a la esposa de mi jefe, Andrés Anderson.

Andrés era fundador y dueño de la compañía; un buen tipo, elegante, exitoso, el ejemplo claro de un hombre con futuro. Siempre con la barba bien cortada, los zapatos lubricados y oliendo a perfume, seguramente de los más caros. Salía constantemente a arreglar asuntos, según Karla Mcwell; su esposa y asistente, de suma importancia. Era ahí cuando aprovechábamos para hacer de las nuestras. Al principio ella me mandaba a llamar, porque decía que necesitaba ayuda para encontrar documentos o papeles que se habían perdido y no podía encontrar. Como el almacén se encontraba a unos cuantos metros de las oficinas, yo iba al llamado, y siempre terminaba de la misma manera. Ella empinada sobre el escritorio y yo, con los pantalones en el suelo.

En una ocasión, mientras teníamos una de nuestras repetidas reuniones, ella me contó que solía ser camarera en un restaurante muy lujoso en Londres. Andrés se encontraba en un viaje de negocios por toda Europa. Había visitado Alemania, España, Italia, Portugal e Inglaterra, este último, fue el último país que visito. Una noche entro a cenar al restaurante donde ella trabajaba. Ella fue su camarera esa noche, desde el primer momento, noto que Andrés comenzó a mirarla de una forma un poco inusual. La invito a cenar con él, pero ella lo rechazo, diciendo que no podía porque estaba en horas de trabajo. Andrés visito el mismo restaurante por los siguientes cinco días, y le pedía al gerente que Karen fuera la que le entendiera en todas las noches que visito el restaurante. Andrés volvió a invitarla a cenar, pero no ahí, si no en otro lugar diferente, y no exactamente ese mismo día, podía ser el dia que estuviera libre, sin trabajos ni obligaciones, ella accedió. Paso por ella un viernes por la noche. Llegaron a un restaurante más lujoso que en el que trabajaba Karen, bebieron champán, cenaron, rieron, hablaron de sus vidas y lo bien que la estaban pasando. De la nada surgió el primero beso y seguidamente lo acompaño el segundo. Terminaron la noche en el hotel donde se hospedaba. Al día siguiente Andrés le ofreció que viniera con él a México, ella no estaba muy de acuerdo. Él le insistió y le prometió que no le haría falta nada si decidía acompañarlo, ella volvió acceder. A los quince días de a ver llegado a México le propuso matrimonio, y a la semana siguiente ya se estaban casando. 《Un poco precipitado》, le dije yo. A lo que ella me contesto que él estaba completamente enamorado de ella. 《¿Y tú?》 le pregunte. 《Al principio sí》me dijo《él era muy tierno conmigo, era caballeroso y muy bueno en la cama, hasta que un día todo eso cambio》Dejamos la plática hasta ahí, porque realmente no me importaba mucho lo que haya pasado en la vida de esos dos. Yo solo estaba ahí por el buen sexo que me ofrecía.

Yo me encargaba de verificar toda la mercancía que entraba y salía del establecimiento. Pasaba el día entre cajas enormes que pesaban una tonelada, y me dejaban un dolor de espalda al día siguiente. Pero el esfuerzo valía la pena todos los días, aun que terminaba agotado.

Me levante muy temprano un lunes por la mañana, más temprano de lo habitual. Me prepare un café y un par de huevos estrellados con tocino. Me dio tiempo de ver televisión, normalmente nunca me da tiempo de verla. Dieron las 11:00 horas de la mañana; me bañé, me puse el uniforme, le serví comida y agua suficiente a Bruce, mi perro, y me dirigí al paradero de autobuses. Tome la ruta 44 con Avenida Nichupte. Llegue a la compañía, registre mi hora de entrada, me dirigi al almacén, conte un par de cajas, el teléfono sonó, era de la oficina. Fui, abrí la puerta, ella ya me esperaba desnuda sobre el escritorio, lo hicimos como las otras veces. Cuando terminamos, aquel temor volvió a mí. El temor de que la puerta se abriera y que de ella surgiera un esposo lleno de rabia. 

-¿No sientes nada …  al saber que un día de estos tu esposo pueda enterarse de lo que haces cuando él no está?.

-En realidad no, me dijo, mientras se abrochaba los botones de su blusa. -Si él se llegara a enterar creo que sería lo mejor para mí.

-No entiendo.

-Lose.

Y volvió a soltar aquella risa un poco irónica.

-Los hombres son unos idiotas al creer que el amor de una mujer es para siempre, ¿Sabes?

Espera, es la segunda vez que escucho eso.

-Si quieres puedes irte.

-Claro, conteste.

Al fin de cuentas mi trabajo ahí ya había terminado. Abandone la oficina. Regrese al almacén junto a esas cajas pesadas llenas de algo que no sabía que era exactamente. Solo sabía que debía de a ver la misma cantidad de cajas en el almacén, como en la hoja que Andrés me había entregado hace un par de horas antes. Doscientas de doscientas, todo en orden. Dieron las 20:00 horas de la noche, entregue mi inventario, registre mi hora de salida y me dirigí a casa. 

¿Los hombres somos unos idiotas al creer que el amor de una mujer es para siempre? En todo caso, el único idiota aquí seria su marido; pensé, mientras recostaba mi cabeza contra el cristal del autobús.

El amor se acaba. Pero eso era algo que yo ya sabía, o al menos tenía la idea que así era. Había leído un artículo sobre eso hace unos días atrás, mientras buscaba en el navegador películas que aún no se estrenaban en el país. Donde según, con los estudios realizados por una tal Georgina Montemayor, especialista egresada de una universidad muy famosa en México, decía lo siguiente:

 

"El amor es, en términos neurológicos, un estado físico-químico de demencia temporal que también acaba. Suele durar un máximo de cuatro años o hasta que aparece otro ser que despierte esa pasión romántica, y solo pervive el apego a la compañía hacia una persona."

 

¿Cuatro años? ¿Y qué pasa con las personas que tardan más de 40 años de casados? Si el amor se acabó ¿Por qué decidieron permanecer juntos 36 años más? que tortura. Pensé en ese momento, cuando terminaba de leer lo que los estudios de aquella especialista concluían. Pero quizás tenga razón. Puede ser que …  ¿Se haya apagado la pasión que había entre aquella mujer y su marido? ¿Acaso soy yo, ese ser que enciende en ella aquella pasión romántica de la que habla Georgina Montemayor? ¿Acaso es amor? Yo siempre he pensado que lo nuestro solo es sexo y nada más.  Pero si en dado caso de que tuviera razón, y el amor solo durara cuatro años o menos. Entonces los hombres no seriamos los únicos idiotas, ya que el amor se termina para ambos bandos. Pero si no la tuviera. Tal vez ... a lo mejor …  el amor aún sigue ahí. Aquella pasión romántica también. Solo que se les ha olvidado como encenderla nuevamente. ¿Quién soy yo para terminar con eso? Mierda que pasa conmigo, últimamente me he vuelto más sentimental.

Sin darme cuenta ya me había pasado cinco cuadras, presione el botón para bajar. Camine hasta la puerta de mi casa, tome una buena ducha, me prepare un café y me fui a la cama. Al día siguiente lo primero que hice al llegar al trabajo, fue esperar a que Andrés saliera de la oficina. Pasaron aproximadamente tres horas para que eso sucediera. Me acerqué, abrí la puerta, y ahí estaba ella. Traía puesto una mini falda, que al verla pensé, si realmente estaba seguro de que lo iba hacer.

-Justamente estaba por llamarte, me dijo.

Caminé unos cuantos pasos de la puerta, y le contesté:

-Solo he venido para decirte, que ya no puedo seguir con esto.

Me di la media vuelta y cuando estaba atravesando la puerta se escuchó un: 《Pues vete al carajo》. Regrese al almacén junto a las pesadas cajas, llenas de perfumes, con que era eso. Dieron las 20:00 horas de la noche. Entregue, registre y me marche.

Pasaron dos semanas cuando me dirigía a la compañía. Pero mi asombro fue, cuando vi que la muchedumbre estaba acumulada a las afueras del establecimiento, separados por un cordel amarillo. Había camionetas alrededor, que iluminaban las paredes de color azul y rojo. Uniformados que entraban y salían del establecimiento. Me percate, que entre la muchedumbre se encontraba Don Rafa, un viejo loco que se encargaba de la limpieza. Me acerque, y como si ya supiera lo que iba a preguntarle me dijo:

-Henrry...Henrry Home. Lo hallaron muerto en la oficina del jefe con dos balas en el pecho. Eso después, de que el mismo Andrés los encontrara, a su esposa y a él, teniendo sexo encima del escritorio. El jefe enloqueció, tomo un arma que escondía en uno de los cajones y le planto dos balazos, también su esposa recibió un par. Lo bueno es que los seguridades escucharon los gritos del pleito, mucho antes que se escucharan las detonaciones. Lograron controlarlo cuando estaba por terminar con la vida de esa zorra a punta de plomazos. Pobre Henrry, eso le pasa por calenturiento.

-Entonces, nos hemos quedado sin empleo por lo que veo.

-El dueño de la compañía se encuentra arrestado, y seguramente pasara muchos años en prisión, me dijo mientras negaba con la cabeza.

Me despedí del viejo con un: 《Nos estamos viendo》, o tal vez no.  Tome el autobús, aún seguía intrigado por lo que acaba de escuchar. Le bastaron solo dos semanas para encontrarse otro amante, lo que quiere decir, que yo no era aquel ser que encendía la pasión romántica que había en ella como decía Georgina. ¿Entonces que es? amor no creo. De alguna manera me sentí aliviado, porque pensé, que pude a ver sido yo el que terminara con dos balas en el pecho y no Henrry Home. Para la otra mejor solo me masturbo, antes que revolcarme con una mujer casada.

Pasaron siete días desde que sucedió todo eso. Me encontraba en el sofá leyendo el periódico, exactamente en la sección de empleos. Encerré con un círculo rojo dos que me llamaron la atención. Uno era de seguridad en una tienda de ropa y calzado, y el otro de cajero en un supermercado. Pase un par de páginas cuando me tope con la siguiente noticia:

 

La mujer de nombre Karen McWell se dio de alta la tarde de ayer del hospital 27 de mayo. Después de a ver recibido dos disparos con arma de fuego por parte de su propio marido, el señor Andrés Anderson. El cual fue sentenciado a 40 años de prisión por la muerte del joven Henrry Home. El señor Anderson, era dueño de la compañía Anderson Boutique. La cual pasa a manos de su esposa, la misma Karen McWell.

 

¿Los hombres somos unos idiotas al creer que el amor de una mujer es para siempre? En mi opinión no. No somos idiotas al creer eso. Tampoco somos unos maricas por soñar con un final feliz como el de las películas. Somos idiotas al creer que la mujer que hemos escogido nos dará ese tipo de Amor. Mientras tanto unos pasaran el resto de su vida tras las rejas. Otros ya habrán muerto, y otros, seguirán esperando a la persona indicada que les de eso.

 

 

 

 

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