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Surgió una vez,
En medio de un desierto,
Un oasis azul,
Hermoso, bello.

A miles acogió,
Sin importarle color ni raza.
A miles de beber les dio
y árboles prestó por casa.

Escuché sobre aquel lago divino,
Que en medio de la nada,
A aquel que era requerido,
Abundancia dispensaba

Llegué hasta aquel lugar reverenciado,
Que en medio de la nada,
Todo daba,
Al viajero necesitado.

Más cual no sería mi sorpresa,
Al encontrar en lugar del lago,
Un hueco en la arena
Todo resquebrajado.

Los árboles,
Que en ese lugar había,
Yacían sobre el caliente suelo,
Sin vida yacían.

Cuerpos de pájaros,
Todos momificados,
Compartían su tumba,
Con otros viajeros necesitados.

¿Qué ha pasado?
En voz alta me lamento,
¿Un lugar tan bello,
Convertido en parte del desierto?

Y la respuesta me llegó
Por medio de mis ojos.
Y ¡qué respuesta!
Cadáveres de hombres
Muertos, agarrados como lobos.

Todos en sus manos
Espadas sujetaban.
Y todos esos metales
De sangre cubiertos estaban.

No tuve que pensar mucho,
Para decidir la suerte
De aquel lugar,
Ahora maldito.

Pelearon entre ellos mismos,
Para tomar posesión
De aquello que a todos
Su puerta mantenía abierta.

Y su sangre,
Que ahora maldigo,
Envenenó el lago
Y a todo lo que de él vivía.

Penetró incluso el humus,
Y a la tierra envenenó,
Ya no daría más frutos,
En parte del desierto se convirtió.

Y aquellos necesitados,
Otra ruta buscando están,
Porque este camino,
Por toda la eternidad maldito está.

Pero, ¿para que buscar nuevas rutas?
¿Para que lagos divinos encontrar?
Y la respuesta es muy lógica,
Es muy sencilla y aquí está:

Para clamar posesión de ellos,
Para burlarse con su divinidad,
De aquellos necesitados,
Que aquella ayuda buscando están.

Para profanar sin necesidad,
Esos lugares divinos.
Para mofarse y cobrar
La estadía en esos sitios,
Que pueden gratís
Al cansado viajero
Cobijo dar.

Lunes, 13 de marzo del 2000

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