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PUNTOS SUSPENSIVOS

Tu nombre se escribe con mayúscula.
Y mi nombre. Y el de aquél también.
Y el amor, siendo el eje del mundo,
el amor, digo, siempre en minúscula.
Pero no siempre. En verdad, no.
El Amor que estoy sintiendo. Mi Amor,
este Amor comienza con mayúscula.
Y con mayúscula transcurre.
Y con mayúscula termina.
Y no termina, en verdad. Porque no puede.
Porque no quiere ni sabe terminar.

Aun sabiendo, como sabe sin duda,
que adiós y olvido y olvido y adiós
con frecuencia tan frecuente, también
suelen comenzar con mayúscula.
O con mayúsculo dolor tal vez.
Con el corazón lleno de accidentes
gramaticales, sintácticos y sentimentales.
Como cada punto y cada coma,
que pudiera ser yo mismo.
Sólo que no sé cuál podría llegar a ser.

Y no tengo vocación de punto y aparte;
dar media vuelta la página cobardemente.
Y sabes, y sé, porque lo he intentado,
que no puedo ser punto final.
Ni siquiera punto y seguido o punto y coma
que es irse sin ir o quedar sin quedarse.
Ni que hablar de ser simple coma
delimitante de una frase dentro de otra;
ni muy juntos, ni muy separados.

Acaso puntos suspensivos.
Esos que dejan volar la imaginación.
Y que vuela en cada quien a su manera
¿Puntos suspensivos?... puede ser.
Esos que retienen el aliento y aguardan.
Con sus puertas abiertas aguardan
a esos quizás y tal vez. Aquellos.
Esos de mis adverbios más preciados.

Esos que hace rato le han dado la espalda
a aquellos otros. Los nunca. Los jamás.
Puntos suspensivos, Amor mío, podría ser.
Con el corazón abierto y en lo más profundo
de ese diccionario inclaudicable que improvisa
y memoriza nuevos adjetivos cada vez que te miro.
Que recorre mis sentidos y te inventa.
Como cada noche, Como en cada ausencia.
Si... definitivamente... puntos suspensivos.

 

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