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Al parecer vivimos momentos desesperados desde hace algunos años, los modelos de pronóstico vaticinaban eventos catastróficos de alcance global, se hablaba, incluso, de la posibilidad de epidemias y pandemias, de una tercera guerra mundial y los impensables estragos que esta haría en la humanidad, pero pocos imaginaron que hoy estuviésemos en guerra contra un enemigo común, silencioso e invisible que la ciencia todavía no ha podido controlar, pues aún no cuenta con todas las armas necesarias, y de una recesión económica de enorme intensidad.

Lo más importante se refiere a la coyuntura internacional de científicos, médicos, enfermeros, otros trabajadores del sistema de salud y de múltiples áreas del conocimiento que se encuentran de frente al combate, ya sea desde un laboratorio o en el diseño de un modelo de predicción científica, o directamente con el paciente. Son el ejército de batas blancas creado por esta Revolución para combatir, sin miedo, bajo el concepto de salvar no solo una vida, sino a la humanidad. Nada supera ese actuar, nada supera esa consagración y a esos valores.

La pandemia del coronavirus (Covid19) a mi modo de ver, ha venido a confirmar los vaticinios de la incapacidad de la estructuración actual de los modelos obsoletos en educación, salud, economía y bienestar social. En pleno siglo XXI pobladores y mandatarios del planeta no están preparados para encontrar el equilibrio de proteger la salud, minimizar los trastornos económicos, educativos y garantizar el respeto de los derechos humanitarios.

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El coronavirus ha obligado a los gobiernos y ciudadanos a adaptarse a la llamada “nueva realidad”. Vamos a seguir confinados durante muchas semanas más en estado de emergencia, con las mismas medidas de distanciamiento físico que en la fase inicial. La epidemia de Covid19 sigue activa entre las urbes más cosmopolitas de “la tierra”, invadiendo el mundo sin respetar fronteras, nacionalidades o latitudes del planeta que habitamos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) a través de sus líderes, ha declarado que todavía no hay un tratamiento que haya demostrado ser realmente efectivo y muchas de las esperanzas para superar la COVID19 -por no decir todas- están depositadas en los proyectos de antivirus y vacunas que desarrollan decenas de laboratorios en todo el mundo. Desde Estados Unidos hasta Australia, pasando por Reino Unido, Alemania, China y Rusia, son varios los países que han dirigido sus esfuerzos para buscar una cura a la enfermedad, de momento tampoco es garantía de nada ya que las vacunas requieren años de investigación y pruebas antes de llegar en masa a la población.

La curva epidemiológica aún no se ha reducido significativamente. Para desacelerar la propagación de la enfermedad del coronavirus 2019 (Covid 19), debemos seguir confinados irremediablemente sin movernos y sin chistar, salvo que nuestro trabajo cumpla con la lista de las 41 excepciones del Aislamiento Preventivo Obligatorio y nos obligue a ello. De lo contrario Hay que quedarse en casa, teletrabajar siempre que sea posible, reducir al mínimo las salidas para realizar las compras esenciales y seguir en todo momento las instrucciones de las autoridades. Mantener el 70% de reducción de movilidad en la ciudad: significa menos contagios. Y para lograrlo hay que aprender a movernos y trabajar de otra manera. Más frecuencia de paso y menos ocupación del transporte público, la mayoría de los sectores económicos deben cumplir con los protocolos de bioseguridad, prevención y mitigación y el distanciamiento físico entre nosotros en todas partes: en el transporte, en la empresa, en la oficina en las largas colas que se hacen para ingresar a los bancos; tiendas, centros comerciales, etc. Usar mascarillas higiénicas (tapabocas) siempre que sea posible, lavarse las manos con mucha frecuencia (igual si usamos guantes), limpiar bien las superficies y utensilios y ventilar bien la morada.

La pandemia ha dado lugar a imágenes permanentes de zozobra alegórica que lleva a la tensión, la irritabilidad, la intolerancia, a la frustración, la duda y la inseguridad en todos los campos del desempeño vital, circunstancias que ante cualquier tropiezo pueden escalar a un estado de agitación. Todos somos dependientes en mayor o menor grado. Eso lo entendemos bien cuando pensamos en los hijos menores y en los ancianos, los extremos de la existencia humana. En un momento como estos de crisis enorme, la más extraña de nuestra existencia, esperaríamos ver de los gobiernos es que unan a las personas, fomenten la solidaridad y se esfuercen por proteger a quienes mayor riesgo corren. De hecho, en medio de la conmoción de las primeras 22 semanas de la pandemia del (Covid19), muchas personas nos atrevimos a albergar la esperanza de que esta inmensa convulsión fuera una oportunidad para crear un mundo más justo, una sociedad cuidadosa, atenta a los demás, que procura su bienestar, pues sabemos que los seres humanos somos frágiles y estamos necesitados de cuidados que son formas de consideración, de reconocimiento de una humanidad.

La vida de miles de niños y ancianos alrededor del mundo han sido afectados, los párvulos tienen que ver con la esperanza y en el caso de los ancianos con la gratitud. Todos somos dependientes en mayor o menor grado de sus cuidados dando valor a sus vidas; inclusivos y solidarios, y respetuosos en el futuro de su hábitat. Sabemos que en ambos casos solo con amor y muchos cuidados son el modo de asirlos a la vida sanos y salvos. En pocos meses, el mundo se ha visto envuelto en una gran adversidad que quedará en la historia como una de las pandemias más grandes que hemos padecido en los últimos 100 años. La pérdida de tantas vidas dejará huellas sobre todos nosotros, y la repercusión psicológica de la incertidumbre es otro elemento impactante que conllevará a cambios en nuestras vidas futuras cuando esta pandemia termine.

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