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La ola de calor no abandona la ciudad. Sofoca. Con la venta masiva de electrodomésticos algunas calles se pueden rebautizar como Del Ventilador o Del Aire Acondicionado, según qué sea lo que más venda.

La mía podría llamarse Del Abanico Improvisado, De la Ventana Abierta o De las Viejas en la Vereda: el chismorreo aquí ventila más que cualquier aparato chino y se asemeja en su mala calidad. Por supuesto, todo comentario por lo bajo patea como si estuviera conectado a 220v. No me importa el qué dirán, camino en calzones y descalzo por mi casa. Sorprendo a más de una octogenaria diciendo quién sabe qué sobre mi mucha desvergüenza delante de la ventana, los ruleros me los pongo sólo para molestar y mi panza ya prominente les paseo felina reinando de ancho y de frente.

No siempre fui así, hubo un tiempo en que me ganaba la introversión y la timidez. Fue ella la que me volvió con su desparpajo lo que soy ahora. Ella, la que pasea oronda delante de mi casa todas las mañanas. Ella, la que ni siquiera sonríe cada vez que me ve. Pero qué me importa. Ahora no soy viejo pero ya la frente se me ensanchó. Algunas canas pierdo cada tanto. Transpiro mucho con esta gordura y las moscas no escapan a mi mano pesada que cuando no las espanta, las mata. Yo, que supe ser jabón de marca en la vida, ahora huelo a barato. Malditas viejas, siempre mirándome con asco ¡Qué se creerán! No saben que hace tiempo supe ser romántico y lindo tipo, aunque ahora me vean enchastrado de comida.

En aquel entonces yo sentía la frescura de la vida, creí haber encontrado mi mujer y vivía contento sintiendo su brisa en mi cuerpo. Hoy es el calor el que me abrasa, y por lo único que desvivo es por secarme la gruesa caricia del sudor. Así transpiro los lunes, los martes y el resto de la semana. Ella era simplemente linda, muy linda mi chica linda. Y por sobre todo qué mirada. Decía todo con ella, la pasión y el odio, la dulzura y el desprecio. Y, había sido, que también la dureza de sus distancias. Aún siento en la mañana de mis labios ese beso que daba, esa mordida cariñosa. Tan despacio pero con tantas ganas. Su aliento a frutas no se me va más. Pero en esta noche de pocas estrellas de mi boca ella ya no está. Tan sólo queda su nombre que se me escapa entre sueños y deseos. Yo la recorría entera con mis manos. Me detenía, la veía suspirar. Y humedecía sus párpados acercando mis labios, mi lengua, llenos del agua para beber de mis besos.

Así me hizo ella: dado al amor, de cuerpo entero. Y así me ve al pasar hoy: dado al desamor, de cuerpo rechoncho. Tanto me equivoqué, qué sé yo. Nunca fui todo para su corazón. Yo la sentía luna llena de mis noches, arena cálida que mis aguas bañaban una y otra vez, pan y leche de mis desayunos. Y todo terminó en esto, mezcla de tierra árida, asfalto y cemento bajo un sol de desilusiones que reseca las miradas. “Ya-no-la-quiero-pero-cuánto-la-quise”, qué gran mentira.

Nunca la quise todo lo que hacía falta, y lo poco suficiente de ayer me es, sin embargo, mucho para olvidar hoy. Duele tratar de olvidarla. Y ahoga su falta. Me mudé al callejón Del Abandonado para pagar el doble. Suspiro profundo desde hace un rato, por la ventana entra ese vaho de asfalto caliente, cemento y plantas aguantando la sequedad. Parece fuego la siesta y las cenizas de mis recuerdos vuelven a arder viéndola a ella deseable, generosa, con cara de enamoradita. Los restos de mi almuerzo están ahí, un plato sólo, las venas duras de tres bifes baratos, la sal de las papas fritas a caballo y los restos calientes de mi cerveza, mi rica cerveza, espuma adoctrinada en sabor. Ya no me cuido ¿Para qué? Si el espejo solo me devuelve la ojera de las mañanas y de cuerpo entero no alcanzo a verme. Ayayay, entre vaho y sobremesa a lo único que doy importancia es a esta modorra que siempre me puede. Mi cama es mi último placer, dormir mi única compañía.

Estiro las piernas hinchadas, respiro con dificultad por mi pobre estado físico y cierro los ojos. Duermo, sonrío, a pesar del calor intenso. Ella tan fresquita como siempre vuelve en mis sueños.

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