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La idea de Barrantes fue descabellada, aunque la finalidad que se propuso desearíamos todos que pudiera cumplirse. Quiso tomar distancia de su rostro, perderlo de vista para no tener con él a un delator implacable del paso del tiempo. Abstenerse de mirarse en los espejos no fue tarea sencilla. Debió deshacerse de todos ellos y cubrir o empañar, según el caso, las superficies vidriadas o de material espejado donde su cara pudiera reflejarse. Por caso las ventanas, a las que pintó de blanco. Entre los recaudos extremos, eliminó los retrovisores de su automóvil reduciendo así, peligrosamente, el campo visual en medio del tránsito siempre caótico. 

Dejó también de frecuentar peatonales y grandes centros comerciales donde abundan las cristalerías y los escaparates. Su empeño pasaba por prevenirse de cualquier material que reprodujera su imagen facial.

Abstenerse del rostro no significó desatender a su cabeza que lo lleva  estampado. Cuidó de su higiene con recursos incómodos. Por ejemplo, al no poder cotejar el peinado de sus cabellos impedido de mirarse en un espejo, los rasuró por completo. No así a la barba, que dejo crecer con frecuentes recortes al tacto y con una tijera.

El lavado lo realizaba salpicándose agua que secaba abanicándose para no pasarse una toalla con la que palparía la superficie del rostro y verificaría sus modificaciones, especialmente por efecto de las arrugas. Era precisamente lo que no quería comprobar que sucedía.

A su rostro pretendía conservarlo como a la mejor fotografía de los buenos años juveniles. Para eso lo interiorizó y puso a su memoria en la tarea de preservarlo inalterado. La faz exterior, de la que prescindía, ya podía continuar su proceso de envejecimiento sin que lo constatara. Con este ardid evitaba la influencia de un aspecto declinante sobre su espíritu al que mantenía en alto, vigoroso, bien dispuesto a gozar de sensaciones vitales. No debemos ser como nos ven, sino comportarnos tal el modelo oculto y joven que llevamos dentro, solía repetirse en voz alta.  

La acechanza de las edades para Javier era un asunto de calendarios sin que los años le pesaran en tanto se mantuviese ajeno al aspecto exterior.

A menudo le preguntaban  por un cierto aire sombrío que expresaba su semblante. Esto lo fastidiaba por tener que remitirse al mismo para dar una respuesta ligera, cuando lo que deseaba era desentenderse y olvidarlo. De todas maneras y con el tiempo, logró perder la noción de poseer el más notorio rasgo de la fisonomía corporal.

Le fue doloroso y cruel quitarse la costumbre de pasarse las manos por la cara, de hurguetearse la nariz y las orejas y de restregarse los ojos. Era importante no percibir al tacto lo que ocurriera sobre la topografía facial.

Por esto, especialmente, lo atacaba de vez en cuanto la melancolía. La culpa lo afectaba por ese obligado desprecio hacia un entrañable componente de su anatomía, congénito y determinante de su identidad como persona. Tantos años de convivencia con ese rostro multiplicaban el pesar por dejarlo de lado.

Su relación con cada mujer comenzaba con euforia y se extinguía a poco que confesara su método para negarse al envejecimiento. Ellas dudaban de su sensatez, temían por su equilibrio psicológico, sospechaban de un sujeto que podría traerles problemas en su condición de descarado voluntario.

No más que una, de entre muchas, supo entenderlo en su extraño modo de vincularse con el yo. La mayoría, no ilustrada, creía de este corto vocablo que servía sólo para indicarse a uno mismo.

La excepción fue Roxana, una joven viuda plenamente identificada con Javier por llevar adelante, también ella, su propio intento de anular la imagen, aunque no ya la suya, sino la de su difunto esposo.

Las paredes espejadas de los albergues transitorios le fueron un calvario a la hora de ingresar acompañado. Hubo mujeres que se negaban a permanecer a oscuras con la luz apagada como lo proponía Javier que se cuidada de no enfrentarse a esos enormes espejos. Ellas desconfiaban de algún defecto anatómico suyo impresentable, pero más les molestaba su indiferencia para con los atributos femeninos al desnudo. Javier alegaba que lo invisible, a falta de luz, le provocaba doble excitación… Veinticinco años pasaron en constante guardia para no toparse con su propio rostro. Tanto hizo para exiliarlo fuera de su vista que logró sustraerlo de la conciencia como representante cabal de su identidad, la de Javier Barrantes.

Pero el día llegaría para una señal largamente postergada. Ocurrió en el verano del 2000, treinta años después de iniciado su descabellado método. Así como un hijo adoptivo se siente impulsado a la búsqueda de sus progenitores, su rostro requirió ayuda de la razón para que Javier lo acepte como integrante de su persona humana. Y la razón golpeó a las puertas de la conciencia y ésta lo convenció al hombre de lo vano que significaba luchar contra el tiempo. Más aún si lo pretendía a costa de sacrificar un rostro. De ese, suyo, que igualmente siempre estuvo sobre sus hombros.

Y Javier asumió el arrepentimiento por tantos años de desprecio. A su cara congénita, la de su personalidad expuesta, la de sus expresiones de dolor y de alegría, la primera de sus amantes desde la cuna la recuperarían sus ojos y volvería él a tenerla en cuenta.

Encargó un gran espejo a una casa del ramo. Ordenó traerlo bien embalado y colocarlo en su habitación, cubierto por un lienzo. Fijó el día y la hora para darse de cara con la suya olvidada.

Se armó de coraje y estuvo despierto en la noche de la víspera. Su ansiedad era tanta como la de dos amantes que aguardan para reencontrarse tras una larga ausencia.

El gran cristal oculto bajo el paño negro, semejaba una puerta misteriosa detrás de la cual Javier imaginaba a un extraño visitante a punto de  trasponerla.

Cauteloso y al amanecer apoyó una mano sobre el lienzo y con la respiración entrecortada le dio un tirón a la tela que cayó al suelo.

Su cuerpo entero, de pie, quedo reflejado. Era mucho, pero no lo era todo. Resuelto a recibir el impacto miró a la altura del cuello y vio una cara que lo estremeció.

Sintió una ráfaga de arrepentimiento por haberse prestado a esa cruel revelación.

En la luna del espejo su rostro semejaba la réplica del busto de un prócer esculpido en piedra. En este caso en la frialdad del vidrio.

Observó gruesas hendiduras en la piel marchita y a los ojos lánguidos asomarse por los párpados caídos.

La boca, de comisuras en baja, acentuaba una faz opaca, sin lozanía. Como único elemento a favor, una barba rala de mejilla a mejilla, le confería un aspecto atemporal.

Se sintió decepcionado. Su ilusión había sido la de encontrarse con un firme heredero, no importa si algo desmejorado, de aquél semblante enérgico y luminoso de sus remotos días.

Por el contrario a este, deslucido y marchito, no lo reconoció como al suyo de medios siglo atrás, cuando lo ostentaba orgulloso, como a un estandarte de su juventud.

En un momento Javier escuchó una voz interior que le decía quejosa acerca de lo tarde que se había hecho para ambos.

Desolado pegó un fuerte golpe de puño en el centro del espejo haciéndolo pedazos. Al inclinarse, observó sobre el piso retazos de su cara reflejados en cada uno de los fragmentos. Con ellos habría podido armar un rompecabezas pero, en cambio, los recogió de prisa y guardó en una caja sin atinar a recomponer el espejo roto.

No se recordaba de nadie que haya
podido hacerlo con un cristal hecho
trizas.

René Bacco   

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