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Cuando el  “Si hubiese hecho” nos rebasa, aparecen
 pensamientos circulares que según nosotros
solucionan los momentos rotos.

 Todos los días se podía apreciar como de aquella casa grande que despedía tanto olor a hogar, se atiborraba de pequeños y grandes grupos de caras etéreas y almas inhibidas de colores, eran ¨ LOS CLANES FAMILIARES EN CRISIS ¨, así los llamaba el Doctor Juan Elías, excelente psicólogo pero sobre todo consejero familiar en: Borrar, succionar, desvanecer y desaparecer desde los pequeños visos de desintegración y desapego familiar hasta aquellos clanes que encarnaban la crisis de soledad interna y eterna.

  Después de una o dos sesiones cuando mucho, las personas de alma incolora se despedían repletos de colores del ¨ Sabio Juan ¨ (como lo llamaban tantos y tantos clanes que al final se convencían que su familia era algo así como una ¨ arcadia unívoca ¨ , ¡no había  más discusión!)

  Todos recordaban siempre los consejos del Sabio Juan, hasta se llevaban los CD con los consejos dichos de lengua y palabra del propio  sabio. Uno de los veintiocho pasos para integrar un clan familiar consistía en ¨ Demostrar siempre el amor del uno hacia el otro, sin reservas; aprender a comunicarse dándole rienda suelta a los sentimientos y a la manifestación de los mismos, sin temor a la cursilería ¨.

  El paso del tiempo golpeaba las horas, una a una: de ocho a doce, de dos a cinco y de seis a diez. Pero aún con sus horas cansadas, Juan estaba pleno con la misma satisfacción de un niño con las manos llenas de crayones y una pared blanca enfrente.

  Juan también tenía su ¨ Clan ¨: Una esposa y tres hijos que lo acompañaron siempre en las sesiones, en distintos horarios. Juan solamente se detenía por un momento a llenar de ilusiones su estómago; no había siesta y la convivencia familiar no era cosa que le quitara el sueño. –Total   -Pensaba- había algo que los unía, que todos compartían: El trabajo y eso al final de cuentas era la vida misma. Todo iba a flor de deseos, los estados vibratorios de la vida de Juan y su familia, parecían estar hechos de susurros de paz, paz que consumía el camino, paz a fuerza de costumbre, a golpe de rutina; pero Juan nunca lo percibió así, ni siquiera se dio permiso para pensarlo así, sólo repetía a sí mismo constantemente: -Mi trabajo me exige serenidad y nunca, por ningún motivo mi equilibrio debe quebrantarse. Por esa misma razón, aquella mañana en los diez minutos del desayuno, cuando su mujer le informó su decisión de esfumar sus pasos de la casa, irse por un camino atípico que diera paso a los altibajos en su vida, para que la misma dejara de ser una línea continua; él solamente se limitó a preguntar: - ¿A quién vas a dejar tu horario? Era peligroso para él inmutarse, peligroso para su integridad como consejero familiar, como tal no podía sufrir ninguna metamorfosis interna; por eso tampoco permitió que ninguna emoción hecha lágrima lo ensordeciera con sus alaridos por salir, simplemente las regresaba y ahí adentro se convertían en duras estalactitas y estalagmitas, que no las derretía el calor de ninguna emoción; ni cuando entró al cuarto de su hija mayor, Rosario, y la descubrió con muchas pastillas en el sueño, inmóvil. SIN VIDA. Ni cuando sentenció a su hijo Juan José como si fuera un ángel condenado a salir del paraíso, sólo le dio con qué aplacar el frío y un pasaje al exterior sólo de ida. SIN REGRESO (esto por entorpecer su comprometida labor con las familias).

  En ningún rescoldo frío de su interior se erosionó su sentido de la responsabilidad.     Por eso mismo, tampoco se reflejó emoción alguna cuando en el jardín contempló el último manantial de vida de su hija menor, Ana Lucía. SIN SANGRE.

  Cada día se acrecentaba su necesidad de ser piedra, agua muerta; lo trastornaba el sentido de la realidad, (de esa realidad) pues la única que debía existir para él era la de la ¨ Asociación de Clanes ¨.

  En los minutos de haraganería, como él les llamaba, buscaba en los resquicios de su casa algo para amordazar a esas estúpidas lágrimas que se habían amontonado de tal manera que amenazaban con desbordarse; cada día, cada minuto la contienda se tornaba estéril, le temía tanto a que su vida volviera  a ser indómita hazaña. Cada día trataba de asesinar minutos en el desayuno, hasta que encontró en los colores del alba cómo pintar sobre el lienzo ya pintado de su vida. Una dulce y morbosa realidad detenida, le asaltó cuando se llevó a sus labios la taza de café y de la taza a su mente, casi imperceptible pasó un rápido recuerdo que se borró automáticamente al mirar hacia fuera, miró  al jardín y se le hizo curioso esa nube que no sabía porqué razón desde hacía días se había estacionado allí, no se movía, no reventaba, no se evaporaba, sólo estaba allí, casi a ras del suelo; sintió de pronto un ligero aletear en sus párpados y…Exabruptamente decidió ir a cumplir con su labor.

  En los minutos del la comida, cuando se disponía a regalarle algo a su apetito, lo sobresaltó el sonido de la puerta que se cerró con el viento y de la puerta a su mente corrió un vapor que entibió sus sentidos, rápidamente los enfrió y con ello su epidermis se enfrió también, tomó lo primero que le pidió su cuerpo para cubrirse y el contacto de sus yemas con el abrigo le electrizó las sienes, tanto y tan hondo que al unísono brotó una solución  que esfumara los recuerdos. Hizo un recuento sensorial de los minutos del desayuno y de la comida y sin pensarlo una vez más, resolvió actuar en ¨ pro de su labor ¨. Desde ese momento rehizo su Clan, le pareció tan hermoso estar con su familia nuevamente: La taza fue su esposa, imprescindible cimiento de una familia, resolvió con ella tener hijos y así poder ser un  padre modelo, tuvo tres hijos: Una nube llamada Ana lucía, un puerta a quien bautizó Rosario y su único varoncito: Un suave y peludo abrigo, llamado Juan José.

Ahora sólo trabajaba de dos  a siete, pues poco a poco se fue enflaqueciendo la afluencia de los grupos de caras etéreas y almas incoloras, tanto y tan pronto que sólo quedaron cinco. Él ya no quiso mirar cómo se desvanecía toda su labor, prefirió encontrar otras respuestas a la reducción de trabajo,  pensó que se debía a que ahora había decidido dedicar más tiempo a su familia y no incluirlos en su trabajo.

  Era maravilloso, todos tenían autonomía e independencia y había más comunicación que nunca; se sentía un padre perfecto, tenía tiempo para todos. Aquellas mañanas oscuras de invierno mantenía largas  y amenas conversaciones con su esposa, la acariciaba largo rato, él mismo la aseaba y ella se quedaba tan tranquila, tan ecuánime, ahí sentada en un plato, blanca de piel lisa, siempre lo escuchaba con la mano en la cintura, cuando él se sentaba a la mesa, parecía que ella sabía que necesitaba de alguien… ¡Ah! Pero él también sabía cuando a ella le pasaba algo, pues su piel blanca se ponía amarilla y se ensombrecía en el polvo, entonces él la tomaba con mucho cariño y hablándole con buenas intenciones en chorro, lavaba todas sus penas.-Es un matrimonio perfecto  -pensaba-  -Y tengo a la mujer perfecta, apenas si habla, pero me llena de lindos momentos y vierte sobre mí sus líquidos calientes o fríos de comprensión; cuando la cargo y la beso se queda tan quieta, ¡Ahhhhhhh!  ¡Qué diáfana comunicación!

  ¡Sus hijos! Ana Lucía, la pequeña, era muy susceptible, cuando hacía mucho aire y venían a jugar con ella sus amigas se escuchaba un trueno y pronto, pronto se ponían todas a llorar, lloraban tanto que se podía confundir con un  aguacero de sustos, a veces, lloraba sola sin más ni más, lloraba de melancolía en los días sombreados y pocas veces de alegría en los soleados, a pesar de la hipersensibilidad con el llanto siempre en un punto vulnerable, trataba de agradar a su padre, poniéndole destellos de vida al jardín, haciendo fértil todo a su alrededor. Pocas veces salía, por lo menos ese invierno no salió, cuando lo hacía era para llamar a sus amigas a jugar, era una trifulca de sudores de energía que empapaba todo el jardín. En ocasiones Rosario no le permitía entrar a la casa por sus travesuras de huellas húmedas. Rosario,  era la mayor, alta, elegante, su piel de nazareno se confundía con las paredes, muy recta en sus cosas, tenía la habilidad y la madurez de cerrarse en sus convicciones o abrirse en comprensión y tolerancia; ella fue la primera que abrió los brazos a su padre y el alma también cuando no hubo más clanes que integrar, ella lo convenció y le abrió la posibilidad de disfrutar más en familia. Cada vez que miraba a su padre entrar, chirriaba de alegría y no lo dejaba salir más, aunque ella después se quedara ahí balanceándose de un lado a otro.

  Cuando el padre se sentaba a escribir, todos guardaban religioso silencio en su lugar, solamente a Juan José se le permitía que  lo acompañara por doquier, como era muy inseguro este hijo suyo, siempre andaba pegadito a su padre, abrazándolo siempre. Él era el de en medio, sin embargo se le miraba casi tan viejo como su padre, muy inseguro, Juan José, se aferraba a la espalda  no sólo para protegerse sino para cuidar de su padre, lo perseguía diciéndole secretos al oído, haciéndole cosquillas, esos eran sus juegos. Su hijo, quien lo acompañaba siempre, piel a piel.

 Así transcurría la vida de aquel padre y esposo, cuya obsesión por la familia se fue magnificando a tal grado de no permitir que nada entorpeciera su relación con ellos, era su Clan y tenían que estar solos, por eso arrojó a los demás invitados de su casa: Muebles, cuadros, alfombras, vajillas, ropa, en fin, a todos. Era necesario quedarse en la casa sólo con su taza, su puerta, su abrigo y su nube.

  Pasó el invierno y se asomó aquella terrible  primavera que le escurrió el líquido a su hija, Ana Lucía,  la vio desintegrarse al calor del sol, destilando sangre y sintió de pronto el mismo aletear de párpados que dio paso a una lágrima escurridiza, furtiva, que se suicidó lanzándose al vacío. Le pidió a su hijo Juan José que la quitara con su brazo lanudo, pero al sentirlo en su cara lo electrizó de tal manera que se lo quitó  de encima y al empujarlo, Juan José cayó sobre la taza y ambos, madre e hijo, cayeron al suelo. Cuando el padre miró a su esposa hecha añicos se ofuscó tanto que encerró a Juan José en una bolsa y lo condenó a perderse en el olvido. Al dejar a su hijo en el bote de la basura que estaba en la banqueta, quiso ir a contemplar las últimas partículas de vida de su esposa, pero la puerta se cerró y no pudo entrar a la casa, Rosario no quiso chirriar de alegría esta vez, le dio la espalda a su padre y con ese gesto lo obligó a irse para siempre.

  Ahora al sabio Juan, se le derriten los puños de hielo y su llanto inunda las calles que lo hacen navegar por la vida; llanto no de los recuerdos de pérdida, no, llanto del mal pago de su familia hacia él. Llanto que empañó su vista de oscuridad, lo que él agradeció para así evitar encontrarse con una taza, una nube, una puerta y un abrigo que tuvieran algún parecido con su esposa, su Ana Lucía, su Rosario y su Juan José.

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